Distrito Federal <br>El callejón de los

Pese a una nueva autoridad -quizás militarizada- en la seguridad pública, los 666 delitos promedio

El que pretenda asomarse al actual universo delictivo de la Ciudad de México no necesita observar la fotografía de un crimen, el reportaje morboso de un programa televisivo ni tampoco deambular por los peligrosos callejones de la colonia Buenos Aires. Bastaría con dejar que las cifras hablaran por sí solas.

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En cuestiones de criminalidad, las estadísticas oficiales hielan la sangre y los números impactan como balazos: durante los cinco primeros meses de este 1996, en el Distrito Federal se han cometido 25,000 robos de vehículos; 12,160 robos a transeúntes; 12,060 a repartidores; 8,891 a negocios; 3,788 a casas habitaciones; 8,788 lesiones dolosas; 515 homicidios dolosos y 578 violaciones. En promedio, este año se han cometido 666 delitos diarios, lo que representa un incremento de 11% con respecto a 1995.

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En el D. F. existen aproximadamente 635 bandas de hampones. Por delegaciones, la mayor cantidad de denuncias de ilícitos pertenecen a la Cuauhtémoc (16%), Iztapalapa (14%), Gustavo A. Madero (13%) y Benito Juárez (10%), mientras que Tláhuac, Cuajimalpa y Magdalena Contreras representan por separado 1% del total. La colonia más peligrosa de la urbe es sin duda el Centro Histórico, seguido de la Del Valle, El Carmen, Lindavista, Morelos, Agrícola Oriental y San Ángel, que han resultado ser paraísos para los asaltantes.

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Como cualquier otra actividad cotidiana, la delincuencia tiene también sus horarios. Los robos violentos a casas habitaciones ocurren de preferencia entre las nueve de la mañana y las tres de la tarde; a transeúntes, de mediodía a tres de la tarde; a los negocios entre las tres de la tarde y las nueve de la noche; el robo de autos con violencia, en las tres horas siguientes, y los homicidios y violaciones entre la medianoche y las tres de la madrugada. Se trata, según las estimaciones, de las horas pico del crimen, los momentos en los que los delincuentes actúan bajo las circunstancias más propicias para cometer determinadas fechorías.

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Sin embargo, y más allá de las generalizaciones, la delincuencia no tiene horas de descanso ni menos aún días de asueto.

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¿Policías o delincuentes?
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Al poco tiempo de haber tomado posesión de su cargo, el general Enrique Salgado Cordero, nuevo titular de la Secretaría de Seguridad Pública, hizo una declaración fulminante: “En los servidores de la seguridad pública hay egoísmo, autosuficiencia, malos entendidos y equivocadas tendencias al emplear el cargo y la función para intimidar, extorsionar y ofender la dignidad de las personas. Hay unidad para molestar, para no escuchar y para no ayudar a la víctima, lo cual hace crecer la desconfianza y la falta de credibilidad en las instituciones.”

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Tales afirmaciones, que cayeron como un balde de agua helada sobre las cabezas de muchos uniformados, vinieron a corroborar lo que la mayoría de los ciudadanos ya sabía: en muchas ocasiones, la policía no es la solución a la delincuencia, sino que conforma una parte fundamental del problema.

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David Fernández, director del Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro, muestra cifras y porcentajes alarmantes sobre la participación de los policías en los delitos: “Según nuestros registros, que se apegan a los informes de los jefes policiales, creemos que los policías o ex-policías participan directa o indirectamente en más de la mitad de los asaltos violentos en la Ciudad de México.” Según él, la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal (PGJDF) recibe alrededor de 40 denuncias diarias de asaltos cometidos por policías, y además reconoce que esta cifra sólo representa el 30% de los que deberían ser denunciados. “Tenemos entonces cerca de 150 asaltos cometidos por policías cada día. Es una cifra terrible, y son datos de la propia Procuraduría”, afirma Fernández.

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De los 15,200 elementos que integran la Policía Preventiva, Auxiliar, Industrial y Bancaria, así como de los 3,700 que forman la Policía Judicial del Distrito Federal, pocos son los que gozan de la simpatía ciudadana. “Es una pena que la población sienta temor y desconfianza hacia los policías judiciales”, dice el Procurador de Justicia del Distrito Federal, José Antonio González Fernández después de anunciar un drástico recorte de personal por renuncias, ceses y consignaciones.

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Hay quienes afirman que actualmente existe la suficiente voluntad en el cuerpo para cambiar las cosas. Pero, aunque así fuera el caso, la solución integral de la corrupción policíaca parece ser mucho más complicada: “El otro origen de estas conductas delictivas —señala Fernández— es que efectivamente se han empezado a limpiar los cuerpos de policía. Sólo en enero, fueron despedidos 40 agentes judiciales del D.F. Pero en cuanto salen, como no saben hacer otra cosa, organizan su propia banda de delincuentes, se dedican a asaltar aprovechando el entrenamiento que tienen, las armas que han adquirido y la protección de la que aún gozan dentro de la policía. Así, el problema de la depuración de los cuerpos policíacos es muy grande. Parece un callejón sin salida.”

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En el Manual Jurídico de Seguridad Pública de la Policía del D.F. existe un Código de Ética Policial para todos sus efectivos. Se trata de un prontuario de principios que guían la conducta del encargado del orden, y que lo inducen a cumplir las leyes, proteger a los ciudadanos en la vía pública, entregarse a su oficio, cuidar las vidas y propiedades sin hacer uso innecesario de la fuerza, respetar invariablemente los derechos humanos, ejercer la autoridad con dignidad, trabajar con disciplina, actuar con rapidez y jamás ser parte de la delincuencia, la inmoralidad y la corrupción.

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No se trata de letra muerta, porque se ha sabido de muchos casos de policías cuyo esfuerzo en sus labores de servicio les ha valido el reconocimiento público. Muchos de ellos —50 en 1995— han perdido la vida en el cumplimiento de su deber.

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Sin embargo, no son pocos los que señalan que el ejercicio moral se facilita al tener remuneraciones decorosas, y que mucho se ayudaría a la ética si no tuvieran que buscar compensaciones a sus raquíticos salarios, extorsionando a los automovilistas y al público en general. Y efectivamente, hay bastante razón en ese argumento: si se comparan los sueldos de los uniformados nacionales con los de sus colegas estadounidenses, resulta que en México un policía gana en promedio entre $1,500 y $2,500 pesos al mes (más una compensación de $360 pesos cuando expone la vida), mientras que en el país vecino reciben mensualmente entre $2,500 y $11,500 dólares. Todo un abismo.

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De todo un poco en esta viña del delito
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Desde el inmaculado ejecutivo estafador hasta el pillo que asalta a los transeúntes amagándolos con un desarmador en la mano, la gama de los delincuentes citadinos es un conjunto abigarrado de pandilleros, policías, carteristas, raptores, violadores, falsificadores, asesinos y asaltantes de diversa extracción social y con diferente experiencia.

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Aunque no existen estadísticas sobre el número de delincuentes que pululan por la capital, se sabe que son los suficientes para que el año pasado se produjeran 55 consignaciones diarias ante los jueces y un total de 9,998 órdenes judiciales cumplidas, entre arrestos, aprehensiones y reprehensiones.

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Al seguir en las estadísticas la pista de los delitos, resulta notable su incremento en los últimos dos años, lo cual ha obligado a muchos analistas a establecer una estrecha relación entre la crisis económica y el incremento de la delincuencia. Muchos desempleados se han visto obligados a desempeñarse en actividades ilícitas, las cuales pueden ir desde el comercio ambulante hasta el asalto.

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Sin embargo, establecer las causas de la delincuencia no es tarea fácil. “No podemos decir que la delincuencia crece únicamente por los efectos de la crisis económica. La gente necesitada que busca qué comer no se roba un auto, ni asalta un banco, ni atraca una empresa. En todos esos casos se trata del crimen organizado, de bandas bien estructuradas”, asegura Mario Crosswell Arenas, Coordinador de Investigación y Recuperación de vehículos robados de la Procuraduría General de Justicia del D.F.

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Por lo tanto, amén de la crisis, existen otros factores que sirven de espuela para las acciones delictivas. Pedro Peñaloza, asambleísta del PRD y presidente de la Comisión de Seguridad Pública de la Asamblea de Representantes del D.F., distingue dos grandes grupos de delincuentes: “Unos son los hijos de la crisis: esos asaltan con una pistola calibre .22, un cuchillo o un desarmador. Otros conforman el crimen organizado. Los primeros son novatos en el asunto, y no tienen sangre para matar. Los segundos están perfectamente entrenados para hacerlo si el caso lo amerita. Están dispuestos a lo que sea para obtener sus fines.”

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Para las víctimas, todos aquellos que se enfrentan por el más puro azar con el cañón en la frente o el cuchillo en el cuello, el desenlace puede ser una simple cuestión circunstancial: a veces se pierde el reloj y la cartera, otras veces se lleva una paliza, en ocasiones el atraco se convierte en secuestro y conlleva diferentes tipos de tortura, y a veces también el asaltante dispara y el episodio termina en una muerte absurda. Todo esto ocurre porque el criminal tiene también su propia evolución.

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“Cuando una persona comúnmente roba y huye —dice Peñaloza—, llega a pensar que puede hacerlo con impunidad. Entonces se siente motivada para volver a delinquir, y no permite que ninguna de sus víctimas le rompa la cadena de éxitos. Así se construye el primer piso de la conciencia del delincuente. El que roba y luego se echa a correr, es un principiante. Pero cuando pone la pistola en la cabeza de la víctima, la humilla, amenaza, hace que se arrodille, la llena de improperios, le dice 25 veces que la va a matar y corta cartucho, se trata de una persona que ya perdió todo valor moral: ese es el delincuente experimentado.”

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Con todo ello, y a pesar de que los capitalinos experimentan la inseguridad pública como una pesadilla colectiva que rebasa cualquier imaginación apocalíptica, la Ciudad de México no es ni remotamente una de las urbes más violentas del mundo. De acuerdo a las mediciones internacionales de hace un par de años —que señalan el promedio de delitos diarios por cada 100,000 habitantes—, esta metrópoli estaba ligeramente por debajo de los índices delictivos de Madrid, y muy por debajo de los delitos cometidos en otras ciudades. Roma, por ejemplo, presentaba un índice delictivo cinco veces superior al de México, y Hamburgo 10 veces mayor. En Estados Unidos, las ciudades de Nueva York, Houston y Los Angeles presentaban índices cinco veces superiores a los de la Ciudad de México; Washington mostraba seis veces más delitos, y Miami tenía un índice 10 veces superior al de la capital de la república.

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La industria del robo automotriz
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Uno de los rubros más lucrativos de la delincuencia capitalina es el robo de vehículos, cuyas ganancias se han estimado en cerca de $3,000 millones de dólares al año. Este delito representa más de la tercera parte de los cometidos anualmente en el D.F. y las cifras que arroja son apabullantes: en el primer semestre del presente año se han reportado 29,967 vehículos robados, de los cuales se han localizado y han sido devueltos a sus propietarios un total de 18,152, es decir, 60% de la cifra total, según las autoridades de la PGJDF.

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Para ellas, el robo de autos es una actividad típica del crimen organizado. Sólo así se explica la desaparición de aproximadamente 25,000 automóviles en 1995. Algunos vehículos terminan en los deshuesaderos, donde las partes se desmontan y se venden a más del triple de su valor original; otros son llevados a provincia con documentos falsificados y placas superpuestas y se venden en diferentes puntos de la república; otros más se venden en el extranjero, lo que representa un tipo de exportación muy singular, realizada en plataformas, trailers y contenedores, que pasan desapercibidos por las autoridades aduanales. Las camionetas Ram Charger, Cherokee y Suburban se cotizan en más de $20,000 dólares en el mercado negro de Estados Unidos, Centro y Sudamérica. Los autos blindados representan un negocio tan redondo como sus llantas.

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A la orden, mi general
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Desde que fue designado como nuevo titular de la Secretaría de Seguridad Pública del D.F., Enrique Salgado Cordero enfrentó una fuerte oposición a su cargo. Primero, por parte de los partidos opositores que fustigaron su nombramiento porque juzgaban que su ingreso sería el primer paso para la militarización de la policía y de la ciudad; después, por los propios policías que sintieron amenazados sus hábitos y privilegios.

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Así, en un lance por demás insólito, a principios del pasado mes de julio 200 motopatrulleros realizaron un paro de protesta porque el general despidió a dos elementos que se encontraban almorzando en horas de trabajo, y el paro se convirtió en una protesta contra la disciplina militar que empieza a imponerse entre los policías. Otros elementos, acostumbrados a la extorsión de sus subordinados, empiezan a vociferar porque las cosas están cambiando demasiado rápido, y las habituales cuotas que recibían por parte de sus subalternos ya no llegan. Se trata de una guerra que apenas empieza. Y mientras tanto, los capitalinos siguen tratando de comerse el miedo y la inseguridad.

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