Dolencias de un pías débil

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José Cuauhtémoc Valdés Olmedo

El 1° de enero del 2001 el Occidente experimentará, por segunda ocasión en su historia, el paso a un nuevo milenio. Después de todo, ese lunes, cercano en alrededor de 400 días, será un día como cualquier otro; lo que cambiará en lo fundamental será nuestra actitud ante una nueva época que se inicia. Los problemas, los retos, las oportunidades que surjan en esa fecha serán producto de tendencias que ya transcurren ahora y que se marcarán en el devenir de los años del siglo XXI. Cabe entonces hacer algunas reflexiones y esbozos de lo que probablemente serán los perfiles de la salud en México en los albores de la próxima primera década.

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El nuevo perfil demográfico se hará manifiesto ya desde el último censo general de población que se levantará el año próximo. Seremos un pueblo más numeroso y una sociedad más longeva: rebasaremos los 100 millones de habitantes; tendremos una mayor esperanza de vida –superior para las mujeres que para los hombres–; si bien la mayoría de la población estará integrada por jóvenes, la edad media aumentará respecto de la que se tenía en los dos últimos censos; el grupo de edad de mayores de 65 años crecerá en números absolutos y relativos, y a una velocidad mayor que el ritmo de crecimiento de la población en general.

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Seremos en forma preponderante una sociedad urbana, con sus ventajas, pero también con sus desventajas. Si bien los bienes y productos serán más accesibles a muchas más personas, la falta de ellos podrá acendrar la violencia que ya lacera a ciudades medias y grandes del país. La polarización entre pobres y no pobres acentuará las diferencias del medio rural y del medio urbano, pero también en la marginación urbana de cinturones de miseria. Los hábitos y estilos de vida de una sociedad globalizada tendrán implicaciones en los valores individuales, en la cohesión del grupo familiar, en la interacción con la vecindad próxima al hogar, en los sitios de labor, en fin, en la vida cotidiana.

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Deseablemente seremos una sociedad más educada, si es que queremos sumarnos a la evolución de la humanidad. Deberemos redoblar los esfuerzos para tener un capital humano más rico en posibilidades y potencialidades. En forma especial, la mujer aumentará sus oportunidades de más y mejor educación para acceder a más y mejores oportunidades de empleo, a riesgo de lesionar en alguna medida su papel en el seno familiar. Las formas de organización de la sociedad civil se multiplicarán en modalidades que ahora se gestan y abordarán campos en los cuales el Estado y la empresa dejan un vacío social que necesariamente habrá que llenar con modelos novedosos que propicien el desarrollo de personas y comunidades. La justicia, la participación, las oportunidades, la riqueza social serán valores que puedan guiar nuevas instituciones que fundamenten el desenvolvimiento de una sociedad plural y democrática.

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Estos perfiles tendrán sus implicaciones en la salud de la sociedad mexicana.

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La salud es un concepto amplio, que tradicionalmente acotamos por su aspecto negativo: la enfermedad. En buen medida valoramos la salud en la medida que atenuamos sus efectos adversos, o por la forma en que los padecimientos laceran el potencial de personas y comunidades. Visto de esta forma, hay tres grupos de enfermedades que caracterizan el perfil epidemiológico de una sociedad. El primero se refiere a las enfermedades transmisibles, aquellas cuyo patrón de diseminación es un agente intermediario, sea una bacteria, un virus, un insecto, el propio hombre. El segundo se constituye por las enfermedades que no se transmiten sino, en buena medida, surgen de nuestro acervo genético o que se producen por disfunciones en nuestro organismo. El tercero lo integran las lesiones que se producen por accidentes o por agentes agresivos del medio ambiente, natural o producto de la conducta humana.

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Si bien disminuyen las enfermedades del grupo I, en los albores del nuevo siglo persistirán en México padecimientos infecciosos, producto de la falta de acceso a mejores condiciones de higiene, a satisfactores básicos de empleo y alimentación o a servicios esenciales de salud. Ha sido demostrada la correlación entre pobreza y diversos indicadores sociales como la esperanza de vida y los años de vida saludables perdidos. Por ello, la desnutrición proteico calórica afectará a poblaciones rurales en forma significativa, lo mismo que las diarreas, las afecciones perinatales, la tuberculosis; todas ellas y otras más seguirán cobrando sus cuotas de enfermos y muertes, no obstante el avance de la tecnología médica. El Sida también es un problema de salud pública y social que está vinculado en cierta medida a la pobreza. Se requerirá un esfuerzo supremo como país para superar las condiciones de pobreza y marginación, pues la inversión social que se haga en infraestructura sanitaria, educativa y de servicios básicos de salud redundará en el mediano y largo plazos en poblaciones más sanas, con menos desventajas sociales para su superación.

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El cambio más drástico en el perfil epidemiológico se observará en las enfermedades no transmisibles. Estos padecimientos afectan por igual a ricos y pobres, a hombres y mujeres, a poblaciones urbanas y rurales. Las neoplasias malignas y las anomalías congénitas se detectan lo mismo en el Hospital Infantil de México que en el Hospital Infantil Privado de México; la cirrosis hepática afecta tanto a teporochos como a bebedores sociales ; las cardiopatías isquémicas afectan al tranquilo vagabundo lo mismo que al empresario abrumado por la economía de su empresa; la diabetes mellitus correlaciona el nivel de pobreza con la riqueza; la obesidad ya es un grave problema de salud pública que se expresa en diversos padecimientos. En buena medida, se ha dicho, las enfermedades de este grupo son la otra cara del triunfo sobre las enfermedades del subdesarrollo, al prolongarse la expectativa de vida y los estilos y patrones de consumo de una sociedad más proclive a éstos.

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En menor medida, pero en forma contundente, irrumpirán las lesiones. El aumento de homicidios es un indicador de la creciente violencia que se da en las grandes ciudades. La violencia y la salud pública son cuestiones cada vez más relacionadas que se explican no sólo por el registro de lesionados violentos o por asesinatos sino por correlaciones con marginación urbana, con drogadicción, con maltrato en el seno del hogar. La vida urbana cobrará cada  vez más sus cuotas de choques y atropellados, en la medida en que las áreas verdes para la recreación y el deporte ceden terreno para estacionamientos y vialidades.

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Para enfrentar problemas de salud las sociedades han desplegado una respuesta organizada. En un principio  fueron chamanes y curanderos, después los barberos y las parteras, más adelante el médico de la familia y tiempo después el médico institucional y el equipo de salud que culmina en una compleja industria de la salud en la que intervienen facultades y escuelas de medicina, clínicas y hospitales, la industria farmacéutica, la biotecnología, las comunicaciones y la informática. Cada vez más estaremos mejor armados para desentrañar los misterios de la biología molecular para propiciar terapia génica, para producir vacunas en mayor número y más potentes, para develar el código genético contenido en el Ácido Desoxirribonucleico (ADN). Pero cada vez más necesitaremos de una sólida sociedad que enfrente los retos y desafíos de la salud en el siglo XXI.

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José Cuauhtémoc Valdés Olmedo
es directivo de la Fundación Mexicana para la Salud.

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