Economía nueva, ¿mundo nuevo?

Las reglas ya cambiaron. A grado tal, que parece inevitable destruir y construir modelos para ser

Había una vez un mundo extraño en el que las empresas sin utilidades rebasaban en valor a compañías tradicionalmente exitosas. Un mundo en el que el apellido “.com” estableció nuevos estándares de negocios. Un mundo en el que los valores tangibles cedieron el paso a los intangibles: la gente, las ideas y las estrategias de manejo de información. Un mundo nuevo. Una economía nueva, basada en el conocimiento.

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Las reglas ya cambiaron. Ese mundo extraño lo habitamos nosotros. Comprar discos, libros, ropa, regalos y hasta automóviles sin salir de casa, trabajar a distancia o comunicarse con desconocidos en grupos de discusión virtuales, parece ser sólo el principio. Internet, y todo lo que le rodea, ha dado paso a una transformación que va mucho más allá de la manera de hacer las cosas. En el simbólico año 2000 estamos en un entorno en donde, más que un producto o marca específica, la capacidad de innovación supone la ventaja competitiva de un negocio; en donde los clientes son inestables y una empresa puede sucumbir ante la competencia de un desconocido al otro lado del planeta; en donde los empleados trabajan más con sus mentes que con sus manos.

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Pero todavía hay gente que duda sobre la existencia de ese fenómeno que, de pronto, invadió a universidades, escuelas de negocios, publicaciones especializadas y empresas: la nueva economía. ¿Qué diablos es eso? Debemos entender, primero, los factores que la hacen posible: el veloz desarrollo de las tecnologías de información, la globalización y la convergencia entre los distintos sectores económicos. ¿Revolución? ¿Evolución? Ambas cosas a la vez. Es el nacimiento de un nuevo paradigma tan diferente del anterior como la revolución industrial de la era agrícola.

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Todo cambia. Y aceleradamente. Aunque, cabe recalcarlo, en países como México una etapa no entierra a la anterior: conviven juntas la era agrícola, la era industrial, la era de la información. Dicho de otro modo, es un país donde la economía del trueque, la de los productos físicos y la de los bits y bytes se entremezclan de una forma curiosa, casi única. La locomotora de la modernidad arrastra vagones despintados, algunos en muy mal estado. Por ahí existe, pues, mucho, muchísimo trabajo que hacer, que exige imaginación, creatividad, talento, compromiso.

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Porque la locomotora no se detendrá. Pase lo que pase. Cuando usted tenga en sus manos este ejemplar, las elecciones presidenciales se habrán llevado a cabo. Las instituciones del país son hoy mucho más fuertes de lo que eran apenas hace unos años, por fortuna. Deben evolucionar, aún más, en medio de tantas transformaciones. El cambio de paradigma que representa la nueva economía (y la nueva política, esperemos) está aquí y es ahora. Las empresas triunfadoras están dispuestas a romper con su pasado y construir su futuro. Y lo mismo aplica a los países.

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