Ecos del Foro Económico Mundial

Como nunca antes, los temas sociales abundaron en el escenario de discusión más importante del mun
Javier Martínez Staines

Corre video. La producción es de Oliviero Toscani, el fotógrafo a cargo de las siempre polémicas campañas publicitarias de Benetton. Se contraponen imágenes de prosperidad y desarrollo (la NASA, robots, tecnología de punta, avances médicos, monorieles…) con el rostro olvidado del mundo (desnutrición, miseria, furgones cargados de seres humanos…). ¿Hay algo de novedoso en esto? La verdad es que sí: en ese momento están sentados en el salón plenario del centro de congresos de Davos los hombres y las mujeres más influyentes del planeta. Y esa cinta es la bienvenida al Foro Económico Mundial 2001, que como nunca antes pone en la agenda de las discusiones los temas sociales.

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“Espero que este video refleje, de manera dramática, la razón por la que estamos aquí reunidos: para construir puentes a las divisiones del mundo, encontrar la manera en que cada ciudadano global viva de manera digna”, señala Klaus Schwab, presidente del Foro. A continuación, desglosa los siete mayores retos de la agenda global (ver recuadro). Son un llamado a la conciencia social, casi un grito desesperado frente a la cruda realidad mundial: la pobreza crece a niveles alarmantes, sobre todo en las economías en vías de desarrollo.

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Lo cierto es que en el más influyente think tank del orbe se discuten asuntos trascendentales (la agenda global, la corporación del siglo XXI, las revoluciones digital, biotecnológica, ética y de valores en las sociedades, tendencias regionales, potencial humano y economía mundial), con la participación activa de grandes empresarios y ejecutivos, líderes políticos y sociales, académicos, economistas, periodistas, activistas ambientales y de derechos humanos, artistas y diplomáticos. Es un microcosmos efervescente, en el que se llenan salones de conferencias y se realizan reuniones informales en los pasillos, mientras otros consultan mails en las pantallas y decenas caminan inseparables de sus teléfonos móviles. Todos los que deciden están aquí.

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De ahí a que el llamado de Schwab a que se asuman compromisos y se practique la responsabilidad social adquieran un tono casi mandatorio. Porque, además, del otro lado del Atlántico, el fantasma de Portoalegre (el autodenominado Foro Social Mundial, realizado por varias ONGS en Brasil) está presente, en todo momento, en Davos. Claude Smadja, director ejecutivo del Foro, apunta al respecto: “La mundialización no puede ser un sentido de una sola vía. Necesitamos un proceso más equilibrado, más incluyente”. Y están, de hecho, presentes en esta cumbre muchas de las propias ONGS: Greenpeace, Amnistía Internacional, The World Wild Fund, etcétera. Muchas sesiones se dirigen a convertir la diatriba en diálogo.

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El aterrizaje del coloso

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Además de las protestas de los globalifóbicos, otro fantasma presente al interior del Foro, inevitablemente, es la desaceleración económica de Estados Unidos y su repercusión mundial. El tema se discute tanto en los pasillos como en las salas de conferencias.

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Quizá el más claro de todos los ponentes sea Alan S. Blinder, profesor de Economía de la Universidad de Princeton y ex vicepresidente de la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed). Él vaticina un aterrizaje de “medio a forzoso” del gigante, pero le da una probabilidad de una a tres a que esto se convierta en una recesión. “Dado que la economía estadounidense viene de un crecimiento elevado y sostenido, una baja de un par de puntos en la tasa de expansión puede sentirse como recesión. Y algunos sectores, como el automotriz, están de hecho en recesión. Pero el panorama no es tan desolador, si se consideran sobre todo factores de riesgo que podrían complicar aún más la situación, como el endurecimiento de la política monetaria por parte de la Fed, alzas mayores en los precios de los energéticos y la incertidumbre de los consumidores estadounidenses, después de las difíciles elecciones presidenciales, que puede provocar mayor contracción en sus niveles de gasto.”

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Otros, como Jacob A. Frenkel, de Merrill Lynch en Londres, son bastante más optimistas. “La economía mundial no se aproxima a una recesión, sino a una simple desaceleración de un crecimiento insostenible. De cualquier modo, cualquier proyección es difícil. Los pronósticos cambian todos los días. Lo único cierto es que la revolución tecnológica, la desregulación y la apertura mundial son reales, lo cual implica una salida rápida. Canadá y México son quienes sufrirán con mayor fuerza este proceso, porque afectará a sus exportaciones. Soy optimista, pero esto no significa que no habrá ganadores y perdedores.”

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Interrogado sobre el acierto de disminuir los impuestos en Estados Unidos, como ha propuesto Bush, Frenkel es enfático: “Afinar una economía no funciona de este modo. Usar recortes fiscales para frenar recesiones implica terminar peleando la guerra anterior”.

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¿Conclusión? Bueno, nadie se atreve a pronosticar qué diablos puede ocurrir en este sentido. Lo único cierto es que se respira, en general, un ambiente más cargado hacia el optimismo. Pero, dada la efervescencia de las discusiones en seis días de encuentro, al interior de un pequeño centro de congresos de un pequeño pueblo nevado de un pequeño país europeo, nadie debería salir de ahí sin un compromiso por hacer de este planeta un sitio más habitable para todos.  

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