El &#34kitsch&#34 después de las elecci

La emoción todavía nos engaña a unos y a otros. Por los correos electrónicos deambula la emotivi

Puede parecer injusto. Usted que lee esta página ya sabe el resultado (espero) de las elecciones presidenciales en México; yo no. No puedo saber cuál “kitsch” político ganó. ¿Ganó el “kitsch” de “qué padre es ver que los del tricolor hacen sus maletas para abandonar Los Pinos” o el “kitsch” de siempre: “Déjense de quejas estériles, vamos a ponernos a trabajar por México”?

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Pero no es tan injusto. Yo sé que estos días, a pesar de que ya han pasado las elecciones, México vive la plenitud del kitsch político. La emoción todavía nos embarga a unos y a otros. Por los correos electrónicos deambula aún la emotividad del triunfo o del desengaño.

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Todo eso y más es el kitsch político que ha llegado a extremos de epopeya en el proceso electoral mexicano.

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Pero ¿qué es el kitsch? Intentemos, siguiendo a Milán Kundera, algunas descripciones: Kitsch es ese estado de ánimo que en la multitud se siente sublime y en la soledad se encuentra ridículo. Kundera dice que la raíz del kitsch es un acuerdo fundamental con el ser. Un estado de ánimo exaltado pero armónico que disipa toda duda. “Kitsch” es estar del lado correcto de la historia... y saberlo. El medio por excelencia de lo “kitsch” es la televisión: imagen, sonido, emoción pura.

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Mi amigo, de correo electrónico, creativo de la campaña de Fox es un mago del kitsch. El mensaje “México ¡ya!” o “México, 3 de julio” es una ejemplo del kitsch y del poder demoledor de la televisión: la emoción.

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La fiesta. El reencuentro del pueblo con su gobierno en las imágenes de las banderas ondeando cuyos colores han sido rescatados, de las sonrisas, del baile, de la gente decente tomando la calle mientras en los verdes campos mexicanos el sol naciente anuncia que ha comenzado una nueva era.

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Tarde, pero los publicistas del PRI hicieron intentos kitsch con su producto. Las manitas con el “nuevo PRI” son un ejemplo de kitsch que no pegó, que nadie se tragó.

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Por su parte, los segundos publicistas de Cuauhtémoc Cárdenas encontraron, cuando los dejaron hacer, el kitsch cardenista: las plazas llenas, las multitudes, el grito: “¡Que se oiga recio!”

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Es la esencia del México viejo, de ese México noble unido en torno al caudillo que se disfraza de patriarca. Es el México de orgullo nacionalista que no sabe inglés, ni quiere entender de computadoras, ni acepta la fatalidad de la aldea global, del México cerrado sobre sí mismo. El México del antiguo testamento que el hijo se empeña en no traicionar, aunque viva en Polanco y no en Jiquilpan.

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En el cierre de su campaña en el Zócalo, Labastida reencontró el kitsch priísta auténtico, sólo posible sin rechiflas entre puros fieles o acarreados. Carmen Salinas definiendo las razones del voto por el PRI: “Los mamilas y los corruptos ya no están en el PRI”. Juan Gabriel revelándose como un pésimo compositor de “jingles”.

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Volvamos a Kundera: Uno. “El kitsch es un biombo que oculta la muerte”.

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Dos. “El kitsch elimina desde su punto de vista todo lo que en la existencia humana es esencialmente inaceptable”.

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Tres: “El kitsch provoca dos lágrimas de emoción. La primera lágrima dice: ¡Qué hermoso, los niños corren por el césped! La segunda dice: ¡Qué hermoso es estar emocionado junto con toda la humanidad al ver a los niños correr por el césped!”

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Y cuatro: Si bien el enemigo del kitsch es el hombre que duda, “quienes luchan contra los llamados regímenes totalitarios difícilmente pueden luchar con interrogantes y dudas. También necesitan su seguridad y sus verdades sencillas, comprensibles para la mayor cantidad posible de gente y capaces de provocar el llanto colectivo”.

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No, no sé todavía quién ganó las elecciones. Pero mi amigo por correo Santiago Pando ganó la batalla del kitsch en las campañas por televisión.

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México, ¡ya!

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