El bosque de la discordia

Luego de las recientes reformas a la ley forestal, los empresarios del ramo afinan sus proyectos y c
Gerardo Moncada

No todas las industrias sin chimeneas consiguen ondear la bandera del ambientalismo. Ese es el caso de las plantaciones forestales comerciales, una de las cartas fuertes del actual gobierno que, sin embargo, lleva ya un año en el ojo del huracán. El motivo de la polémica son 875,000 hectáreas donde se sembrarán árboles que –en el lapso de una década– abastecerán a las fábricas de celulosa y papel. Los industriales que se aventuren en esta empresa recibirán atractivos subsidios e incentivos fiscales. Se trata de un novedoso proyecto de grandes dimensiones anunciado desde 1995 y que ahora, finalmente, comienza a caminar, entre reproches de los ecologistas.

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La Secretaría de Ecología, Medio Ambiente, Recursos Naturales y Pesca (Semarnap) considera que fomentar esa lucrativa industria es la mejor opción para contrarrestar la tala desmesurada y la pérdida de bosques, que en México asciende a 600,000 hectáreas al año, la tasa más alta de América Latina. Los ambientalistas, por su parte, afirman que los aportes biológicos de tales cultivos son reducidos; además, vislumbran escasos beneficios para los campesinos propietarios de las tierras. Y mientras autoridades y agrupaciones civiles intercambian recriminaciones, los empresarios forestales afinan sus proyectos productivos y compiten por los apoyos económicos que concederá el gobierno, pero todavía con cautela. Es cierto que en abril pasado –con las reformas a la ley forestal– quedó legalmente reconocida su actividad; sin embargo, prevalecen ambigüedades, de ahí que los plantadores prefieran avanzar con pies de plomo.

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Utilidades desde la raíz
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Puede ser el negocio del próximo siglo. La referencia gubernamental es Finlandia, donde las exportaciones de madera superan los $25,000 millones de dólares, más del triple de las exportaciones petroleras mexicanas. Los suelos de México son aptos para cultivar las mismas especies del país nórdico, con una ventaja: debido al clima, su ritmo de crecimiento es cinco veces más rápido.

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Desde la óptica oficial, las plantaciones forestales comerciales levantarán el alicaído sector -forestal que –en sus mejores tiempos– ha representado apenas 1% del Producto Interno Bruto (PIB) y hoy está en 0.48%. Por otra parte, según Armando Fernández Murguía, presidente de la Cámara Nacional de las Industrias de la Celulosa y del Papel, las plantaciones permitirán un ahorro sustancial de divisas. “En 1996 se importaron 3.5 millones de toneladas de materia prima por un monto de $2,152 millones de dólares. Y la cifra aumenta cada año. Son capitales que están saliendo del país”, advierte.

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A fin de estimular dichas plantaciones, la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP) autorizó un seductor paquete de incentivos. Se creó un fideicomiso con un fondo de $250 millones de pesos para subsidiar hasta 65% del costo de los proyectos. Los inversionistas no pagarán impuestos en tanto no obtengan beneficios por la extracción de madera, lo cual representa una prórroga de entre 10 y 20 años. Otros beneficios son: reducción del impuesto sobre la renta hasta en 50%, depreciación inmediata de 93% del desembolso en maquinaria y equipo, dispensa del gravamen al reparto de utilidades entre accionistas y no cobro del impuesto al valor agregado en los insumos necesarios para las labores silvícolas.

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La puja por los apoyos comenzó en mayo. La Semarnap entregó 177 bases para la licitación, sobre todo a empresas privadas, pequeños productores y organizaciones comunales. Sin embargo, las primeras hicieron las propuestas más ambiciosas. Tan sólo Pulsar –a través de Desarrollo Forestal– pretende plantar 300,000 hectáreas. Asimismo, International Paper Comercial de México, Grupo Industrial Durango, Kimberly-Clark, Plantaciones Forestales del Sureste (filial de Temple-Inland), Smurfit Cartón y Papel de México y Plantaciones Industriales Mexicanas planean trabajar en 210,000 hectáreas. En conjunto, los siete consorcios cubrirán 58% del plan oficial. Dichas compañías están agrupadas en la Asociación Nacional de Plantadores Forestales (Anaplan), cuyo presidente, José B. Pontones, se muestra confiado: “Esperamos tener un porcentaje importante de los recursos licitados debido al tamaño de los proyectos.”

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El 1o. de agosto termina la recepción de propuestas; el 9 de septiembre se sabrá quiénes podrán aspirar a los subsidios, cuya subasta se llevará a cabo el 22 del mismo mes. Aunque el panorama parece inmejorable, Pontones aún tiene dudas. Considera que los recursos son adecuados para iniciar, pero insuficientes para desarrollar las 875,000 hectáreas. “Se nos dijo que el fideicomiso recibirá aportaciones anuales del gobierno federal, pero no sabemos por cuánto.” También refiere que los incentivos fiscales no han sido reglamentados, de manera que algunos aspectos relacionados con el pago de impuestos no quedan claros.

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Verde, pero sin matices
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La dilatada regeneración natural de los bosques –ese minucioso milagro que puede constatarse en varias regiones de México– no tiene cabida en las plantaciones forestales comerciales. Mientras el proceso natural suele transcurrir en medio siglo, las plantaciones lo reducen a una década, máximo dos. Por supuesto, las cosas no salen igual y esa es justamente una de las mayores críticas de los ecologistas: la pérdida de diversidad biológica, lo cual entraña un empobrecimiento de la riqueza natural, tanto en flora como en fauna. Los plantadores no niegan esta situación. Es más, la consideran necesaria.

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Carlos González, integrante de la firma de consultores Cintron Lehner Barrett y asesor de la Anaplan, explica: “Tan sólo en pinos tenemos 54 especies y -subespecies, somos el país más biodiverso. Esa es una complicación mayúscula en términos de producción, porque las características de la madera son distintas. Tenemos un gran patrimonio en germoplasma (variedad en semillas y riqueza vegetal), pero desde el punto de vista industrial eso no es bueno. Conforme nos aproximamos al trópico, la estructura del bosque se hace más compleja hasta convertirse en selva; ahí encontramos de 150 a 250 especies maderables por hectárea. Es una locura. No hay tecnología que pueda aprovechar eso. Además, las densidades de la madera son muy altas, rebasan la tonelada por metro cúbico. La industria de la -celulosa y el papel necesita densidades más bajas.”

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De acuerdo con cifras de la Anaplan, existen proyectos para sembrar especies celulósicas en 531,680 hectáreas, principalmente en los estados de Tabasco y Veracruz. Ahí se pretende cultivar eucalipto, pino y melina (una especie de pino). En otras plantaciones habrá mayor pluralidad. Abarcarán 297,930 hectáreas en 22 entidades, donde destacan por su extensión Puebla, Durango y Campeche. Las especies serán cedro, caoba, encino, liquidámbar, pino, roble, teca y oyamel, entre otras. Según González, en las plantaciones se reduce la diversidad pero no la variedad. “Difícilmente, un plantador experimentado usa la misma especie en una superficie superior a las 20 hectáreas”, afirma.

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Grupos ecologistas y algunos biólogos critican la siembra de varias hectáreas con una sola especie, pues eso propicia la desaparición de insectos, aves y otros animales que cumplen un papel básico en el equilibrio ecológico. Sin su contribución, la tierra no logra sostenerse por sí misma, de ahí que resulta necesario el uso de plaguicidas y fertilizantes químicos. En especial, cuestionan la siembra de eucaliptos ya que estos árboles –debido a su vertiginoso crecimiento– absorben grandes cantidades de agua del subsuelo, de manera que resecan los terrenos e impiden el crecimiento de otras plantas. Incluso su hojarasca, al no degradarse con facilidad, termina por empobrecer los suelos. Al respecto, González objeta: “No hay ninguna evidencia científica, a nivel mundial, que confirme esa información. Lo que pudiera estar mal son las prácticas que siguen algunos plantadores en la preparación del terreno o durante el aprovechamiento.”

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Pontones aclara que las plantaciones se ubicarán en suelos degradados. “Ahí se creará una masa forestal que ya no existía, que no desplazará al bosque natural sino que lo protegerá. Más aún: las plantaciones restarán presión sobre los bosques, porque incluso los productos secundarios –derivados de la poda de ramas o aclareos– pueden emplearse como leña.”

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Las odiosas comparaciones
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En 1992, ante una imparable debacle de la industria forestal y silvícola, la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos (SARH) reconoció que en México el aprovechamiento forestal es tres veces inferior al promedio internacional y diez veces menor al de Francia, Estados Unidos y los países escandinavos. En opinión de Armando Fernández, esa calificación se refiere a los rendimientos del bosque natural, lo cual cambiará radicalmente con las plantaciones comerciales.

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Por su parte, González admite que los finlandeses hacen aprovechamientos sumamente intensivos y tecnificados, al grado que logran una elevada eficiencia productiva con troncos de 35 centímetros de diámetro. En México, en cambio, predomina la extracción manual.

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En cuanto al crecimiento natural de los bosques, el promedio mexicano es de un metro cúbico por hectárea al año; los finlandeses quintuplican esa cifra con sus coníferas. “Es un bosque -biológicamente inferior al nuestro, aunque superior desde un punto de vista industrial. En las regiones tropicales tenemos una ventaja: con plantaciones forestales podemos llegar a 40 metros cúbicos al año en menos de dos décadas. Costa Rica lo está haciendo”, comenta González.

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Pontones no se lamenta por la falta de tecnificación, pues ve en esta circunstancia la oportunidad de emplear abundante mano de obra para preparar los suelos, atender los viveros, trabajar en las zonas de amortiguamiento o las vallas cortafuego. Advierte que, por ley, el personal contratado pasa a integrar una nómina, con Seguro Social y otras prestaciones. “Además, los poseedores de la tierra recibirán dinero ‘nuevo’. El impacto social será importantísimo.”

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Mientras en otras naciones la mayor parte del territorio es de propiedad federal, en México 80% de las tierras son comunales y ejidales. De ahí surge una objeción a las plantaciones, por considerar que alterarán los patrones de vida local. Pontones señala que las tierras fértiles se seguirán empleando para cultivar alimentos, “si no fuera así habrá una generación suficiente de ingresos para comprar el producto de otras regiones”.

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Lo que sí reconocen propios y extraños es que se necesita la anuencia de las comunidades para que prosperen las plantaciones. Existen casos en Venezuela, Guatemala y otros países latinoamericanos donde los proyectos de plantaciones forestales quedaron varados. En Oaxaca, la fábrica de papel Tuxtepec creó una vasta infraestructura pero no pudo resolver los conflictos locales, por lo cual hoy transporta madera desde Chihuahua. ¿Será que, para que la cuña apriete, ha de ser del mismo palo?

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