El chiste político: reír para no llora

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José Ramón Huerta

¿Fuerza liberadora y catártica o síntoma patológico de evasión ante la realidad? La mayoría de talentos que en el mundo han estado dedicados a su estudio prefieren clasificar al humor, y a una de sus más celebradas consecuencias, el chiste político -(lacerante y absurda máxima o mini historia), dentro de la primera categoría. Porque, aunque desde luego se forja con una buena dosis de ingenio, este tipo de chiste es la democrática respuesta que acota y desenmascara los principales abusos y defectos de aquellos instalados en el poder.

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Samuel Schmidt, nacido en la ciudad de México, decidió desarrollar ahora desde -territorio chicano —es director de estudios interamericanos y fronterizos de la Universidad de Texas, en El Paso— un análisis que va mucho más allá de la descripción -costumbrista de la chanza política mexicana (es decir, no se quedó en el enfoque simplón y complaciente del “de veras... qué ingeniosos son los mexicanos”).

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Empezó lo que posteriormente sería un sólido trabajo de investigación tal y como mandan los cánones: siendo el “chistosito” de las reuniones entre amigos. A ese paso le siguió una larga -compilación que se tornó sistemática de cuanta broma política caía en sus oídos, fax y hasta -e-mail. En sus pesquisas sobre el chiste descubrió elementos interesantes: uno, que la mexicana no es la sociedad que hace más chistes; dos, que nadie sabe quién diablos hace la mayoría de ellos (a veces sólo son traducciones adaptadas) y, tres, una ecuación: a mayor democracia, mayor cantidad de chistes, pero de un impacto muy limitado; por el contrario, a menor democracia, menos chistes, pero con fuerte impacto -simbólico.

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“En México padecemos una cultura política autoritaria, donde estamos acostumbrados a que el poder se maneja omnímodamente sobre nosotros”, comenta Schmidt a esta revista. “En tal ambiente la sociedad civil tiene reducidos espacios de influencia, no puede participar. Entonces, ¿qué queda cuando se sabe que un partido ganará —con trampa o sin ella—, y los partidos de oposición no son creíbles? Si no hay espacio para conducir la protesta, la opinión, las demandas, el humor llena ese hueco... y la gente está lista para que le cuenten algo muy irreverente.”

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El análisis de Schmidt frente a la chanza política se remonta a la Conquista, pero por cercanía -cronológica (y debido al carácter eminentemente verbal de su objeto de estudio) la búsqueda se torna menos tortuosa a partir de los años 70, época en la que el chiste —según el autor en su más reciente libro -Humor en Serio, de Editorial Aguilar— adquiere un cariz mucho más cáustico. Una selección de elocuentes bromas sobre -presidentes y demás fauna y flora política es reseñada con explicaciones que sitúan el contexto histórico o la coyuntura que permitió la creación de tales chascarrillos.

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“La sociedad trata de lidiar con un pasado traumático de país conquistado, con tres siglos de opresión colonial, con liberación y guerras de invasión, largas dictaduras, otra liberación y otra larguísima -dictadura”, comenta Schmidt, sobresimplificando. “Todo eso crea una mentalidad de opresión y, ¿cómo lo sacamos?, riéndonos de todo: del himno, de la bandera... No hay nada respetable, nada se salva de la irreverencia”.

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A diferencia de Estados Unidos, donde existe toda una industria del chiste político escrito para la televisión (y donde contarlo no acarrea consecuencias graves), en México los hacedores de chistes corren el peligro de ser reprimidos. “Eso le pasó a Manuel ‘el Loco’ Valdés, a Héctor Suárez y a Jesús Martínez ‘Palillo’, a quien durante años, después de su función, lo llevaban a la cárcel y la comunidad pagaba la fianza una y otra vez. Héctor Lechuga (con guiones de Marco Antonio Flota) ha logrado evadir la represión pues siempre corta el chiste o el programa antes de aludir directamente al ‘señor presidente’.”

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Y para casos graves de enfrentamiento con el poder Schmidt cita el de Luis del Río -Rius, “a quien casi lo matan. A principios de los 70 la intolerancia llegó a niveles espectaculares y de hecho lo obligó a dejar de hacer la historieta -Los agachados. Si bien los caricaturistas del diario La Jornada (Magú, -El Fisgón, Helguera y compañía) tuvieron un enfrentamiento serio con Carlos Salinas, ya las cosas habían cambiado. A partir de 1968 la imagen del presidente se fue deteriorando aceleradamente, y esa figura —el símbolo del poder— se hizo el principal blanco del humor cáustico”.

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El investigador sostiene que de Alvaro Obregón a la fecha los chistes han ido en un -crescendo paulatino. “Incluso Miguel de la Madrid, cuyo gobierno suele calificarse como menos corrupto, no pudo evitar las puyas. Si bien a partir de Luis Echeverría aumenta la cantidad de bromas y su calidad ácida, con Salinas fue el acabose. De hecho en mis registros quienes acumulan mayor cantidad debites son, en ese orden, Salinas, Zedillo y Echeverría”.

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Pero, al calor de la rabia social ante el abuso de poder, ¿qué tan injusto suele ser el chiste? “No lo es en forma alguna”, tuerce Schmidt. “Si digo que los Salinas son como el nopal porque cada vez se les encuentran más propiedades, no es injusto. La chanza demuestra cómo se siente la sociedad, es la reacción ante lo que le irrita. Cuando se le dice tonto a un presidente no es que lo sea en realidad, sino que sus políticas afectan negativamente a la sociedad. Por esa razón los políticos debieran no enfurecerse ante la broma, sino tratar de solucionar lo que lo motivó”.

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Y el chiste en México, ciertamente, corroe parejo (aunque para ello tenga que arrebatar las esencias de chistes elaborados en el extranjero o en épocas remotas). Schmidt cierra con un chascarrillo que engloba el descrédito ante la sociedad civil de la clase política mexicana: “Iban Zedillo, Cárdenas y Diego en un avión que pierde altura, y entonces necesitan perder peso para salvarse. Zedillo pesa 50 kilos, Cárdenas 65 y Diego 80. ¿Quién sobrevivió? México... pues los tres murieron.”

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