El comic, humanamente agresivo

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Teresa Carreón

El cómic, dicen quienes lo avalan, no sólo constituye una industria y un medio de expresión al alcance de todos, sino que se ha afirmado como una forma de arte. Como vehículo de la cultura de masas las tiras cómicas son, según enterados, un reflejo de la sociedad, por lo que puede resultar un medio eficaz para entender al hombre en su contexto.

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Varios dibujantes han escogido a la tira cómica para hacer de ésta un testigo de las luchas políticas y sociales. Por ejemplo, desde la segunda mitad de la década de 1960 la juventud estadounidense protestaba contra la política exterior e interior de su país; así nació el cómic underground, casi clandestino, donde los personajes ya no son los inhumanos héroes con -súper poderes, sino que manifiestan sentimientos y se cuestionan su existencia misma. El cómic, por lo menos el made in USA, se humanizaba.

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Así como las primeras historietas se caracterizaban por el uso casi exclusivo del humor y de la caricatura –herramientas que no han desaparecido y siguen rindiendo frutos–, poco a poco se fueron introduciendo temáticas en algún tiempo tabú, con contenidos de violencia, erotismo y conflicto interracial. La trama de las tiras se empezó a complicar con los cómics realistas de los años 30, pero no fue sino hasta 1956 cuando surgió el primer antihéroe. Un neoyorquino, Jules Feiffer, lanza en The Village Voice su tira titulada Feiffer, una de las primeras dedicadas al público intelectual, con argumentos un tanto filosóficos que reflejaban la esquizofrenia estadounidense.

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En 1967 Robert Crumb y Gilbert Shelton crearon el cómic clandestino, que defendía tanto el uso de la droga, el sexo y la violencia, como criticaba la brutalidad -policíaca, eterna defensora del sistema. José Luis Mansur, coordinador de la sección de cómics del diario Excélsior, confiesa: "De repente nos gusta abordar ciertas cosas violentas; es como sacar nuestro lado oscuro. Nos divertimos con ello porque sabemos que no es real, no afecta a nadie. Puedo tirarle a alguien un edificio encima y no pasa nada... es un dibujo".

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Estudios psicológicos afirman que todos nacemos con las expresiones intactas. A medida que uno crece, la conducta empieza a ser gobernada por nuevas expresiones, casi en su totalidad aprendidas. Una de ellas es la agresión, en algunos casos exacerbada o motivada por los medios de difusión. Tal agresión está tan difundida que podría pasar como parte inevitable de la existencia. Se vive con ella, se platica acerca de ella y aprendemos a exteriorizarla muy fácilmente. Algunos etólogos (estudiosos de las costumbres humanas) están convencidos de que la violencia en el hombre es parte del instinto congénito de matar y destruir, vestigio de sus orígenes remotos.

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Con esas bases se especula que un cómic violento es resultado de lo que no se atreve a hacer el creador mismo en la vida cotidiana. Jorge Alfaro, vendedor de tiras cómicas, dice que, por ejemplo, "Batman es el reflejo de mucha gente. Cuando alguien es asaltado o le roban el coche, siente una ira enorme. Dan ganas de desquitarse con todos los ‘rateros’. Eso, precisamente, es lo que refleja el personaje del ‘hombre murciélago’: le matan a sus papás, entrena muy duro y se venga de todos los maleantes. Es un reflejo de lo que uno quiere hacer cuando nos pasa algo; nos identificamos con los personajes, no tanto con su carácter violento".

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Alfaro recula, sin embargo: "Me gustan más las historias extrañas, locas, que se salgan de la realidad o que sean hiperrealistas, a la manera del cómic europeo (Perfume de lo invisible o Verano indio), el cual no contiene tanta violencia y cuyos personajes son como gente normal, como en una novela".

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¿VIOLENTOS POR NATURALEZA?
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Mansur coincide en que la violencia en los cómics es el reflejo de nuestra sociedad, pero ha visto que, paradójicamente, la mayoría de los lectores asiduos son introvertidos. "Toda su violencia y frustración la enfocan sólo en las tiras, rara vez la exteriorizan. Si bien los dibujantes reflejamos el mundo en el que vivimos, muchos de quienes nos leen no se influencian con la agresión."

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Armando, un fanático de los cómics, ratifica que por medio de estos se puede canalizar el famoso "lado oscuro". Admite que le gustaría hacer cosas violentas, pero "no las hago porque sé que están mal, y además, porque son motivo de castigo".

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Los aficionados de hueso colorado piensan que el reinado de los super héroes ya da síntomas de agotamiento (en Estados Unidos, debido al gigantesco número de comic-books, la imaginación de los autores comenzó a hacer agua), por lo que prefieren leer tiras cómicas que se apeguen más a la realidad. Y la realidad, en este caso, muchas veces significa violencia.

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Así, junto con las historietas que buscan vender por medio de mujeres imposibles con poca ropa y hombres fuertes indestructibles, hay cómics –comparativamente los que menos son explotados en el mercado– con personajes muy urbanos, con gran apego a la realidad de ese entorno.

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Frente a ellos el super héroe llega a ser aburrido, "porque ya se sabe que siempre va a ganar –dice Mansur–; es mejor una historia urbana donde la gente comete equivocaciones y se conflictúa, lo cual enriquece al mismo personaje".

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La tendencia "humanizadora" en los súper héroes parece, pues, incontenible. Se empieza a redondear su personalidad, y las historietas tienen un tono más "social" y crudo. Ejemplos: Flecha Verde se percata de que su amigo es adicto a la cocaína y un amigo del Hombre Araña se muere a causa de una sobredosis; han surgido muchos personajes homosexuales que crean controversia dentro de la sociedad conservadora, como Crom, historieta alternativa donde el humor negro y la crítica social están muy concentrados.

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Pero, ¿hasta dónde llegará la violencia en los cómics? La respuesta que dan expertos lectores es: "Hasta donde sea posible, hasta donde el público deje de pedirla". Y si esos lectores quieren que los "buenos" se sigan moliendo a palos con los "malos", destruyendo ciudades y vidas, así seguirá siendo. Como en las historietas, todo puede pasar entre los lectores del siglo XXI. -Tanto se pueden aburrir de las tramas truculentas, como reclamar, quién sabe, mucha mayor intensidad agresiva entre cuadro y cuadro.

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