El decálogo económico

El país ha desperdiciado demasiadas oportunidades de progreso económico. Es necesario prestar más
Mauricio González

Qué ironía que con un apoyo popular tan grande como el que inició el régimen del presidente Fox, las reformas económicas se hayan frenado más que en la época del autoritarismo rampante del PRI. No en balde algunas encuestas de opinión señalan que una porción significativa de la ciudadanía considera que este partido gobierna mejor que los demás. Por su parte, el PRD se perfila como opción para ocupar el poder presidencial en 2006, con Andrés Manuel López Obrador a la cabeza de las preferencias electorales (hasta el momento). Ningún precandidato tiene el triunfo amarrado y la pelea será reñida.

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En México los ciudadanos seguimos acostumbrados a fijarnos en lo superficial de la competencia política, en especial en lo anecdótico y en la rudeza personal de los contendientes. Lo que más cuenta es la imagen de los candidatos. Cómo se visten; cómo hablan; con quién se reúnen; en qué trastabillan y cómo tratan de desbancar a sus contrincantes exhibiendo sus debilidades personales.

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Como nunca antes, el país tiene una agenda económica pendiente. El estancamiento de las reformas económicas estructurales (fiscal, energética y laboral) ha provocado que el diagnóstico de estos temas se explore hasta la saciedad y que, en ocasiones, la discusión se convierta en excusa para no emprender las acciones correctivas. Los ejemplos abundan. El gobierno federal recauda poco y está condenado a gastar poco, en la medida que desee preservar la estabilidad macroeconómica. A pesar de los avances logrados durante la última década, seguimos siendo un país mayoritariamente de pobres y nos faltan recursos públicos para erradicar ese flagelo con mayor celeridad. La infraestructura nacional es insuficiente y la que existe literalmente se desmorona por falta de recursos para invertir en ella. Asimismo, en el campo energético, nos sobra petróleo, pero somos incapaces de ponernos de acuerdo para explotarlo en provecho del desarrollo económico, además de que el costo creciente de los energéticos asfixia a la industria nacional. A su vez, el mercado laboral mantiene los mismos vicios y la rigidez que lo han caracterizado por décadas; el rezago de capacitación de la mano de obra se eleva y no hay manera de asegurar a todos los trabajadores del país que al final de su ciclo productivo podrán disponer de una pensión digna.

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Los expertos en mercadotecnia política señalan que es demasiado temprano para que los aspirantes a la candidatura presidencial se pronuncien al respecto. A mí me parece al contrario. Vamos tarde, por lo menos seis años tarde, en las definiciones económicas que el país requiere, máxime cuando todo parece indicar que una vez más ningún partido dominará absolutamente la Cámara de Diputados en 2006 y en consecuencia la negociación de  la estrategia económica 2006-2012 es imprescindible.

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 Todo aspirante presidencial debería explicar su decálogo económico, portarlo y exhibirlo con el mismo fervor con el que cuida su imagen. En este decálogo no hay que ocupar más tiempo y espacio en el diagnóstico de la problemática económica. El aspirante a un puesto de elección popular que no lo tenga claro es por negligente. Lo que se requiere son planteamientos concisos y directos para hacer frente a una problemática que, al igual que las reliquias arqueológicas, se ha examinado desde todos los ángulos posibles.

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Las campañas políticas pasarán de la forma a la sustancia solamente si los ciudadanos insistimos en ello con mayor fuerza que la de algunos políticos, que han encontrado en la inmovilidad una herramienta para desacreditar al contrincante. La clave está en cuestionar y cuestionar y después de eso, seguir cuestionando las plataformas económicas de todo aquel que pretenda el poder público. Contribuyamos todos a erradicar la superficialidad económica de las campañas presidenciales.

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El autor es economista.
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magg01@hotmail.com

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