El efecto Titanic

La mente puede engañar al inversionista, a tal grado que olvida tomar precauciones para enfrentar l
Adina Chelminsky

Desde el principio de los tiempos, los marineros tenían una máxima en su navegar: alejarse de los iceberg; en caso de divisar uno a lo lejos, virar a babor o a estribor (o a donde sea que los marineros viren) y evitar, por cualquier motivo, acercarse a esa mortífera masa de hielo.

- ¿Por qué fue, entonces, que el 14 de abril de 1912 uno de los capitanes más experimentados de la época, Edward J. Smith, decidió ignorar seis enormes icebergs y continuar sin cambio su plan de navegación? La respuesta es sencilla: porque comandaba el Titanic y se aseguraba que ése era un barco imposible de hundir.

- El resto es historia (todos ya vimos el final de la película): el séptimo iceberg que encontraron causó un daño tal al cuerpo de la nave que en menos de tres horas la embarcación completa y 1,500 de sus pasajeros estaban en el fondo del mar…

- El efecto que esta percepción de seguridad crea en el cerebro es que nos hace tomar riesgos innecesarios, que de otra manera no tomaríamos, y se conoce como el efecto Titanic. Es una consecuencia perversa que se presenta muy a menudo en el manejo que hacemos de nuestro dinero.

-  Así como no hay un barco insumergible, tampoco existe ningún evento imposible de ocurrir, ninguna empresa inmune a la quiebra o ningún instrumento financiero completamente seguro.  Sin embargo, en medio de un mercado financiero cada vez más competido, muchos productos y personas se anuncian o se ostentan como diferentes por la seguridad que ofrecen. Puede ser que lo sean o puede que no, ése no es el punto. El problema es el efecto que esta ilusión de invulnerabilidad tiene en nuestro actuar.

- Cuando la mente humana asume (o compra la idea) de que un instrumento financiero es completamente seguro; un manejador de inversiones, muy experto, o una institución financiera, intachable, elimina las precauciones necesarias, que normalmente observa, y actúa de una manera mucho más laxa en la toma de decisiones. Olvidamos leer la letra pequeña, dejamos la prudencia a un lado, omitimos hacer las preguntas incisivas y bloqueamos las opiniones contrarias. Irónicamente, generamos una mayor probabilidad de incurrir en los riesgos que buscamos evitar.

- La misma filosofía que aplicaron los marineros en el Titanic fue, por ejemplo, la que asumieron muchos de los expertos financieros que canalizaban una importante cantidad del dinero de sus clientes a los fondos administrados por Bernard Madoff. El hombre era una institución en el mundo financiero (fundador y ex presidente del Nasdaq, entre cientos de títulos), cuestionar su capacidad financiera era, casi casi, un sacrilegio. Muchos de los grandes bancos y de los sagaces über-inversionistas, obviaron o relajaron las acciones y los resguardos prudenciales que siempre tomaban porque consideraban a Madoff insumergible… Todos ya vimos, también, el final de esa película.

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- Lo mismo nos pasa, a un nivel con cifras menores, a los inversionistas más pequeños. Asumimos que cuando algo es cero riesgo (o así nos lo venden) podemos relajar los parámetros de control que utilizamos generalmente. No es que seamos tontos, sino que las falsas percepciones de seguridad crean en la mente una zona de confort de la cual es muy difícil salir.

- ¿Cómo contrarrestar este efecto? Regresemos al caso del Titanic. El máximo error de este barco,  no estuvo en las decisiones que se tomaron en altamar, sino en su construcción inicial. Lo que más muertes causó, no fue el iceberg sino el hecho de que a bordo no había suficientes lanchas salvavidas… La lección es clara: en todos nuestros esquemas y decisiones de inversión y de manejo de dinero siempre deben estar incluidos, desde la construcción inicial, suficientes mecanismos enfocados no a eliminar la posibilidad de error (algo que es imposible), sino a reducir las pérdidas en caso de que éstas ocurran. Cuentas de emergencia, estricto apego al stop-loss y al rebalanceo sistemático del portafolio; pasos sencillos de seguir que permiten que, pase lo que pase, nuestro dinero pueda llegar sano y salvo a buen puerto.

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