El golf, rejuvenecido

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Mauricio Mejía Velázquez

Si se lo ve así, el golf parece no ser otra cosa que la manera más elegante de jugar a las canicas, el más depurado estilo del antiguo juego infantil. Sin embargo, es algo más que eso. Equivale a tres horas y media de profunda concentración, a una caminata de más de siete kilómetros sobre un accidentado terreno repleto de informales matorrales, de bunkers de arena y lagos artificiales, y a dar cuando menos 71 golpes exactos a una diminuta pelota blanca de casi cuatro y medio centímetros de diámetro.

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No es más que un pretexto para la informalidad.

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Al menos así lo ven los más de 30,000 hombres y mujeres que lo juegan en México. A la mayoría de ellos la vida les ha regalado más de 30 años, aunque a decir de Enrique Acosta, director -general de la Federación Mexicana de Golf, cada vez son más los jóvenes quienes se interesan por el hábil deporte de meter la pelotita en el hoyo. Pero ¿qué es lo que hace caer a uno en esta seducible asignatura?

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“El golf –ha dicho Manuel Lapuente, director técnico de la selección nacional de futbol– es el deporte más técnico que puedan jugar los seres humanos. Sólo en él es posible meditar”. ¿Acaso la meditación no es, por sí sola, la manera más elevada de la fuga: de la renunciación a la oficina, a la agenda y al horario?

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Es por eso que más de un empresario mexicano considera como sana la costumbre de cargar en la cajuela del coche los palos de golf (14, como bien marcan las reglas; los suficientes y los máximos permitidos para realizar cualquier golpe, bajo cualquier superficie) y estar así listo para el momento que dejen libre las tareas diarias. Ese preciso instante de la fuga hacia el campo de verde alfombra recién rasurada.

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Según números de la Federación Nacional del Deporte, en México existen más de 140 campos de golf, de los cuales más de 80% son de 18 hoyos. Y según sus informes, más de 20% de los jugadores registrados tiene menos de 30 años: “Cada vez son más los jóvenes y los niños que se interesan por este deporte –sostiene Acosta–, ya no es un deporte de personas mayores”.

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Seres que poco a poco van creando una nueva cultura deportiva, con sus propias marcas de ropa, con peculiares lugares de reunión y medios únicos de comunicación.

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A decir de la gerencia de mercadotecnia de la distribuidora DIMSA, en México circulan cada año 257 revistas deportivas extranjeras, de las cuales 89 son mensuales. De estas últimas, ocho se especializan en golf, es decir, un poco menos de 10%. Además, del universo de 51,000 ejemplares que se distribuyen al mes en toda la república, 3,500 tienen que ver con ese deporte.

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Pero, la popularidad cada vez más notable de la que ha gozado el golf desde hace algunos años parece -desapercibida por las autoridades deportivas gubernamentales. Según resultados de la Guía de Servicios Deportivos, realizada por la Dirección General de Promoción Deportiva del otrora Departamento del Distrito Federal, en la Ciudad de México existen 1,790 escenarios de toda clase de deportes, desde los clavados hasta el -pentatlón moderno. Pero en ninguno de los apartados se toman en cuenta los dos campos de golf que se encuentran en la capital del país y, por su puesto, no se indica cuántos jugadores -practican en cada uno de ellos. Ni qué decir sobre la historia de este deporte que lleva jugándose en México casi 100 años .

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Datos confiables aseguran que el deporte que conocemos hoy como golf nació en Escocia, aunque las fechas aproximadas de su origen son todavía muy dudosas. Según esta versión (existen otras menos probables, pero creíbles, que aseguran que evolucionó de un antiguo juego holandés llamado - kolf o de uno francés conocido como mallo o de otro romano llamado Paganica), el golf es la expresión más evolucionada de un ancestral juego escocés al que se denominaba -gowff, que se practicó en esas tierras desde los primeros siglos de este milenio.

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Parece que durante la primera mitad del siglo XVI la práctica del golf fue muy popular en el reino escocés.

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La popularidad regional que tuvo este deporte entre los siglos XVI y XVIII se convirtió en una fiebre universal a partir de la segunda mitad del XIX. Tan sólo en Estados Unidos se contaron, en 1950, seis millones de jugadores activos y más de 5,500 clubes.

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A nadie debe extrañar, pues, la seducción de este relajante deporte: tiene atributos de sobra.

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