El Gordo y el México profundo

López me provoca cierta ternura enfermiza, como la que se experimenta ante la mosca zumbona que aca
Ricardo Medina Macías

Cuando el Gordo Basurto escuchó en la radio el himno de la ciudad de la esperanza, una presunta canción que un sedicente compositor sometió al visto bueno del tabasqueño que gobierna la capital del país, soltó un taco –es decir, habló como los protagonistas de las telenovelas avant garde, cosa rara en él– y decidió mudar su hogar y su negocio a San Juan de los Lagos.

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El Gordo masculló: "¡Que el señor López se regrese a los pantanos insalubres de donde es originario!" Lo reprendí: "No debieses hablar así de Tabasco."

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Aceptó la corrección y se disculpó: "Este personaje me saca de quicio. ¿Por qué tengo que salir de la ciudad donde nacimos yo, mi padre, mi abuelo y mi bisabuelo, asustado por esta plaga del sureste?, ¿qué pecado cometimos?"

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Votar por él –le respondí–; bueno: tú no, pero la mayoría simple de los electores del DF.

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Reflexionó: "Dices bien: mayoría simple, hasta cándida, que sucumbió a la tosca demagogia de este sujeto."

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Ya habrán adivinado que el Gordo detesta al señor Manuel López. Le repugnan su primitiva dicción, su carácter ladino o zafio, los abismos de su incultura, su pose de pobre profesional. Le preocupan sus inocultables ambición y doblez. En fin, no lo quiere.

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La cancioncita –horrenda como suelen ser las composiciones por encargo político– fue sólo la puntilla que colmó su paciencia franciscana. Antes el Gordo ya había criticado, protestado, satirizado decenas de actos del señor López. En especial, ridiculizó con saña las declaraciones en las que "explicó" el execrable linchamiento de un presunto ladronzuelo de iglesias, como expresión del México profundo.

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–¡Qué sabrá de profundidades ese retoño de los pantanos!– exclamó entonces. Lo único profundo aquí es su ignorancia.

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Acto seguido tomó un grueso Diccionario de la Real Academia Española y con presteza encontró la definición de "profundo". Leyó en voz alta: "Que tiene el fondo muy distante de la boca o borde de la cavidad."

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¡Correcto! –añadió–, López tiene desconectada su neurona solitaria de la boca, por eso profiere tantas sandeces. Por eso es profundamente lerdo.

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He de confesar que me divierten los exabruptos que López provoca en el Gordo, pero no los comparto. A mí me provoca cierta ternura enfermiza. Como aquella que se experimenta ante la mosca zumbona que acabará por estrellarse en la ventana.

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Uno ve a esta clase de individuos caminar por la vida muy seguros de sí, secretamente enamorados de su imagen de austeros, astutos o incorruptibles y, sin necesidad de dotes de adivinación, puede ver su inminente futuro: la alcantarilla abierta en la que habrán de caer, el charco lodoso que van a pisar, el muro contra el que van a chocar. Lo divertido es que estos López del mundo son los últimos en enterarse de la futura catástrofe que se fabrican a pulso.

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Cuando dicen pavadas como la del México profundo es fácil deducir lo que imaginan. Carecen de ilustración y siguen atados a imágenes primitivas: creen en consejas añosas y superadas, como los arquetipos colectivos o la improbable memoria histórica que mágicamente ha atravesado siglos y leguas para instalarse en el subconsciente de los pueblos. Los que sueltan tales frases son, en realidad, el México profundo, hundido en la peor ignorancia: la de aquellos que ni siquiera saben que no saben.

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