El Gordo y el pánico

¿Cuánto costaría asegurarse, con certeza absoluta, de que un sistema de ingeniería nunca falle?
Ricardo Medina Macías

Durante una larga temporada el Gordo Basurto fue víctima de repetidos y crecientes ataques de pánico. Sus amigos lo recordaran. Todo empezó en el otoño de 1987, con el último gran crack de los mercados de valores.

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Como resultado de esos ataques el Gordo fue angostando su mundo. Primero debió renunciar a los ascensores que lo llenaban de sudores fríos, palpitaciones, descargas inútiles de adrenalina. Después, se abstuvo de los centros comerciales, de los espectáculos públicos, de los estadios, de asistir a la iglesia. Y así gradualmente el pánico avanzaba comiéndose lugares, tiempos, pasatiempos, ocupaciones.

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Llegó el día en que la lista de todo lo que se abstenía de hacer por pánico al pánico fue enorme: arañas, aviones, alturas... y apenas vamos en la primera letra del abecedario.

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Competente y más paciente que sus pacientes, el Chango Sarabia –psiquiatra de cabecera– logró curar al Gordo, quien ahora es dueño de sus medios, sin dejarse poseer por éstos.

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Por eso, tras el cataclismo vital del 11 de septiembre, cuando lo impensable sucedió y la peor de las barbaries –la de los fanáticos– segó miles de vidas y dejó temblorosos a millones, el Gordo se limitó a decir: "Ya ven lo que se siente."

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Sí, ya vimos lo que se siente tener pánico a los aviones y enterarse de pronto que todo el tiempo hemos estado trepados en el aeroplano a quién sabe cuántos pies de altura respecto del querido piso firme.

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Lo que sigue son reflexiones del Gordo, acerca de los ataques de pánico, como el de la Torres Gemelas, y cómo evitar que nos vuelvan locos los esclavos.

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¿Cuánto costaría asegurarse, con certeza absoluta, de que un sistema de ingeniería nunca falle? Costaría literalmente todo… y sería insuficiente.

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La vida es una constante administración de riesgos. Es tolerable que el suministro de energía eléctrica, ocasionalmente, falle. Pero se antoja insufrible ese riesgo en la unidad de cuidados intensivos de un hospital. Por eso es raro que un hogar normal tenga planta eléctrica de emergencia, pero es impensable un hospital sin ella.

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De ahí el concepto de redundancia en la ingeniería. Si "A" falla existe "B" y eventualmente –si se trata de una operación vital– existe también "C", por si "B" y "A" fallan; es raro pero puede pasar; ha pasado.

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Sin embargo, la redundancia es costosa. Es económicamente imposible aplicarla a todo. Es una locura. Es el principio de la locura.

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La vida se vuelve intolerable si imaginamos todos los riesgos posibles: el ascensor que se atasca entre dos pisos, la eventualidad de un asalto, la posibilidad de que este avión, precisamente en el que ahora viajamos, sea secuestrado por unos fanáticos que lo utilizarán como misil contra tal o cual edificio…

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Lo que permite reducir los costos de la incertidumbre se llama confianza. Y eso fue lo que se dañó el 11 de septiembre. Pero atención; confianza no es sinónimo de certeza; es asumir una dosis de inseguridad tolerable. Confianza es la probabilidad (baja) de que el ascensor falle, como un evento cuyos costos pagaríamos –en caso de darse– a cambio de los beneficios que recibiremos la mayoría de las veces, cuando funciona de acuerdo con lo deseado.

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Lo más grave de los ataques del 11 de septiembre perpetrados en la gran manzana es que no estamos ante la amenaza de un sistema de ingeniería falible –todos lo son de una u otra forma– sino ante una voluntad humana de destrucción que no parece susceptible de disuasión.

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Algunas consecuencias provisionales: 1.Hay que poner un límite razonable a los costos de la redundancia (ejemplo: ¿cuánto cuesta una conflagración mundial a cambio de reducir las probabilidades de otro ataque terrorista?); y 2.¿Tenemos que aumentar el umbral de la incertidumbre tolerable so pena de paralizarnos?

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Administrar riesgos no es lo mismo que embarcarnos en la imposible y loca misión de obtener la seguridad absoluta.

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