El gran año que viene

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Ricardo Medina Macías

Los cínicos y los maliciosos conjeturan que éste es un año de -Hidalgo anticipado. El razonamiento es el siguiente: sabedores de que en el verano de 1997 perderán su hegemonía, algunos integrantes de la -familia revolucionaria aprovechan estos últimos meses de disfrute del poder y de la impunidad.

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Esto suena demasiado fuerte y podría ser injusto. Empero, la conjetura tiene su dosis de verdad. Llámese como se quiera (últimos coletazos del dinosaurio herido de muerte, el postrer graznido del zopilote o proceso de transición hacia la democracia), a pesar de las penurias de una estúpida crisis económica, es probable que vivamos los albores de una vida verdaderamente libre y democrática en México.

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Como decía el inolvidable Maquío: “El cambio se dará con nosotros, sin nosotros o a pesar de nosotros; pero se dará”. Tal vez sea un signo de esta metamorfosis el renovado ímpetu con que algunos de nuestros preclaros funcionarios hacen gala de necedad y sordera. Quizá sea anticipo de nuevos tiempos el descaro con que otros mienten, roban, estorban el cambio, hacen trampa, amenazan, humillan a los ciudadanos.

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¿Dónde se está gestando el cambio? En esa inasible pero muy viva entidad que algunos llaman sociedad civil, los antiguos bautizaban como pueblo y los cursis posmodernos denominan “Geceu” (fonética de las siglas GCU, “gente como uno”). Esto se refleja parcial e imperfectamente en los medios de comunicación, en los debates de la gente grande; es decir, en las más o menos ceremoniosas conversaciones de los políticos, en las estrategias de los partidos de oposición. Pero no es un cambio diseñado o impuesto desde las alturas por aquellas célebres “300 familias” de don Agustín Legorreta, tampoco es (lamento informárselo a los corifeos del “señor presidente”) una visionaria iniciativa del primer mandatario. Es más sencillo que eso y más difícil detenerlo.

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Cada cual a su modo. España, Polonia, Chile, Argentina, Sudáfrica, la República Checa..., han vivido procesos similares. Si los protagonistas de la política han tenido astucia y humildad para sumarse al cambio, las cosas han salido con mayor tersura; si no..., peor para ellos.

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Es emocionante ver que un pueblo lejano a los reflectores, Huejotzingo, se resista a dejarse despojar. Es bueno que haya políticos sensibles que entiendan que carece de sentido hacer conversaciones solemnes de gente grande en la Secretaría de Gobernación, si se siguen robando los votos de la gente en cualquier municipio.

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Es aleccionador escuchar a vecinos ordinarios (la democracia, como decía Chesterton, es asunto ordinario para gente ordinaria, como sonarse uno las propias narices), reclamar los abusos que antes se toleraban con servil resignación. Esa gente ordinaria se indigna cuando los automóviles de los muy bien pagados funcionarios —plagados de pistoleros mal encarados— perturban el tránsito, envilecen la convivencia, cierran avenidas (incluso en sentido -metafórico) y repiten el espectáculo del uso privado de las funciones públicas.

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Es bonito percibir a ciertos funcionarios públicos avergonzados de serlo, -porque se asocia su función con el engaño y el abuso. Al menos, les sucede a los menos insensibles entre ellos. Otros, pobrecitos, pequeñitos como son, se alimentan de adulaciones bien pagadas y sueñan que el incienso los mantiene a buen resguardo del desprecio de la gente ordinaria.

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En medio de la crisis florece la esperanza. No el mezquino cálculo de que “la economía se recuperará y el PRI volverá a ganar”, sino la auténtica confianza de que este deleznable estado de cosas caerá por su propio peso.

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El próximo año la ciudad de México elegirá a sus gobernantes. No hay de otra. No puede haber nuevo engaño costeado por los contribuyentes, votando por gestores a sueldo público. Se acabará para los capitalinos esa afrenta, la regencia, que en su mismo nombre apunta hacia la minoría de edad en que nos desea mantener la -familia revolucionaria.

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En 1997, más les vale a los partidos de oposición postular a sus hombres y mujeres mejor preparados para el Congreso, porque deberá ser un poder legislativo a la altura del cambio; unas cámaras de diputados y senadores que contrapesen con inteligencia y valor al Poder Ejecutivo. Esa es la verdadera acotación al presidencialismo, la que le impone la sociedad, no la tramposa “auto acotación” ofrecida como dádiva.

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Más les vale a los políticos de oposición prepararse. La demagogia no será útil, ni las soluciones mágicas y populistas. No basta el entusiasmo ni la buena fe, se requiere estudio y humildad. Más les vale recordar que la sociedad los llamará a cuentas. Más les vale acostumbrarse al escrutinio y la crítica.

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El autor es periodista y director editorial del diario EL Economista

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