El hechizo del Caribe

Es un deseo permanente que los viajes de placer se alarguen, pero bastan dos o tres días para que e

El hechizo empieza a surtir efecto desde que el avión desciende. El gran Petén, la selva continua más grande de América después de la Amazonia, provoca una gran fuerza de atracción en la mirada, aunque sólo se pueda apreciar lo que la ventanilla permite. Pareciera que el avión no tendrá más espacio para aterrizar que las copas de los árboles, saturadas de un verde rugoso y excesivo.

- La mejor hora para caer en el encanto de esta región es el atardecer, cuando en julio y agosto es difícil no ver un cielo salpicado de nubes desdibujadas e intensos colores, pero lo que realmente marca la fuerza del encanto es oler esa combinación de salitre y selva, y sentir cómo ese aire limpio se acomoda confortablemente en el cuerpo. Una de las mejores bienvenidas.

- La piel empieza a latir y todavía falta tener el mar cerca y algunos días completos para disfrutar con calma las fases de este hechizo, momentáneo y permanente a la vez.

- La luna pintando el mar se convierte en otra luna, digamos que se mueve y cobra vida; en realidad, casi todos los elementos cotidianos que ignoramos en la rutina se transforman en pretextos del placer si un viernes a mediodía nos atrevemos a olvidar un poco todo y tomamos un vuelo hacia el Caribe, por ejemplo a un lugar que en su nombre lleva ya un poco de magia: Cancún.

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