El jefe telepático

A la hora de dar una orden, quién sabe qué mosca les pica y se tragan sus palabras.
Max Clip

La primera vez que me sucedió pensé de inmediato que, en ningún lugar, falta esa gente que cree que los demás podemos leer su mente. Sin embargo, estaba demasiado ocupado en mis cosas como para seguir poniéndole atención a un detalle que, de acuerdo con la experiencia general, casi siempre resulta insignificante.

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Luego le escuché decir a alguien más, entre dientes y con mal humor, algo así como: "Pues ni que fuera adivino…" Más tarde supe de otro compañero que, con mal talante, le hizo a su jefe la más común de las preguntas: "¿Y yo qué voy a saber?" (Bueno, en realidad no era una interrogación, sino uno de esos reclamos que, para ser más efectivos, hay que formularlos de ese modo.)

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Tiempo después supe de otro caso y de otro y de otro más… Hoy no tengo la menor duda: existen por ahí ciertas personas que suponen que son capaces de comunicarse telepáticamente y que, no contentos con ello, dan por descontado que la labor de todo subalterno es leerles la mente. Por una de esas ironías, tan propias del caprichoso destino humano, casi todos los que insisten en la realidad sustancial de sus tremendos poderes psíquicos terminan por ocupar algún puesto directivo en las empresas, y cuando no una vicepresidencia, una secretaría de Estado o, de perdida, se vuelven papás de un crío que desde su más tierna infancia ya se siente la reencarnación del Gran Houdini. Señoras y señores, les presento al jefe (o jefa, los hay de ambos sexos) telepático.

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Es muy sencillo reconocerlos: casi nunca dan una orden expresa. En cambio piensan que todos los demás somos nigromantes y que tenemos poderes extrasensoriales para comunicarnos con el trasmundo y hasta realizar enlaces intercontinentales, a través de unas muy mexicanas antenitas de vinil. En los casos de menor gravedad, este tipo de personas dan por hecho que un gesto ambiguo como alzar las cejas resulta tan claro como si dijeran: "Me urge que termines ese reporte que nunca te pedí, porque desde la semana pasada le prometí al presidente de la compañía que hoy se lo enviaba."

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Tampoco es que el jefe telepático sea tímido y le cueste trabajo decir las cosas. Muchos de ellos son extrovertidos, hablan hasta por los codos y, a veces, le cuentan a los demás su vida y obra. Pero a la hora de dar una orden, quién sabe qué mosca les pica que se tragan las palabras, no se dan a entender y suponen de un plumazo que el resto de la humanidad puede escuchar sus pensamientos, presentir sus deseos y pronosticar sus instrucciones.

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No voy discutir aquí si la llamada comunicación extrasensorial es posible o si es un asunto propio de charlatanes. Es más, voy a suponer que existe, porque si no habría que mandar al psiquiatra a casi todos los jefes, a varios políticos y a no pocos padres de familia. Seamos honestos: esto provocaría el caos generalizado y hay límites que incluso la organización horizontal debe respetar.

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Lo que me interesa argumentar es que este tipo de comunicación resulta poco práctica en el contexto corporativo, además de que inhibe el crecimiento económico y contribuye a elevar la tasa de desempleo. Un jefe que no expresa sus directivas desorganiza a sus subalternos, provoca retrasos innecesarios y hace que la firma se mueva más lentamente. Por efecto dominó, afecta a otras organizaciones, a la productividad general y deja sin empleo a mensajeros, telegrafistas, carteros, telefonistas y hasta desarrolladores de software (¿para qué se necesita un procesador de texto o correo electrónico, cuando las ideas se pueden manifestar telepáticamente?).

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Si usted, algún familiar o conocido suyo tiene tendencias de este tipo, piense bien en los terribles daños que provoca. Haga un esfuerzo, abra su boquita y dígale a los demás lo que piensa.

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