El mundo de los líderes sin cabeza

Desde los albores de la historia, el ser humano ha tenido la preocupación y capacidad natural para
Alfonso Siliceo

La transformación del conocimiento no racional y no científico al conocimiento racional, científico y sistemático se debe a los griegos. La conciencia del “deber ser” se analiza y sistematiza a partir de las primeras reflexiones éticas y metafísicas. Tales de Mileto, por ejemplo, inicia este camino seguido de muchos grandes sabios y pensadores, culminando con Sócrates, Platón y Aristóteles. Los griegos formaron un cuerpo de doctrina que, basado en las esencias y primeros principios del ser, llamaron “filosofía”, siendo parte fundamental de ella la ética, que tiene como objeto de estudio la conducta humana, los valores y sus consecuencias.

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Parte importante de la filosofía y la metafísica es la axiología, que se refiere al estudio o tratado de los valores. Valor es un concepto analógico que se aplica con referencia a una necesidad y atracción hacia el bien. Un “valor” sólo puede existir en un ser libre, esto es, debe ser voluntariamente aceptado y vivido.

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Los valores, vistos en una perspectiva antropológica, representan las normas, principios y significados ideales de comportamiento sobre los que descansa la cultura como un modo de vida integrado. En ellos, consciente o inconscientemente, se refleja el modo como se desea vivir por considerarlo como el que más sentido y significado posee con relación a la realización humana del grupo y de los individuos dentro de él.

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El estudio de los valores tiene una doble dimensión: la ética universal, por un lado, y la ética fenomenológica que varía con el tiempo, espacio y necesidades específicas de los grupos sociales, por el otro. Por ejemplo, los valores de honestidad y respeto se consideran en una categoría universal, es decir, no se ven alterados en su esencia por las condiciones espacio-temporales. La productividad, la calidad y la capacitación, en tanto son estimadas, definidas y promulgadas como valores de una empresa concreta o como un ideal a lograr de una división o departamento, así serán aceptadas y compartidas.

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Desde un ángulo sociológico, jurídico, psicológico, fenomenológico e histórico, un valor lo es en tanto que la comunidad o grupo así lo defina. En este sentido, todo valor responde a un significado ético que contiene actitudes, motivaciones y convicciones, reflejándose en ellos una cosmovisión y un ethos, es decir, una ética o moral.

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Peter Drucker, el gran consultor de la administración y economía modernas, cuyo prestigio y sabiduría es reconocida mundialmente, dice: “El problema creado por la penetración del conocimiento científico en el corazón de la existencia humana no es político. Es espiritual y metafísico. Lo que necesitamos es un retorno a los valores espirituales y a la religión. La sociedad necesita volver a los valores espirituales, no para neutralizar lo material, sino para hacerlo plenamente productivo. Por muy remota que sea su realización en la gran masa de la humanidad, existe hoy la promesa de abundancia material, o al menos de suficiencia material”.

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Educación y valores
En 1973, la declaración para la educación, de la UNESCO, estableció que la educación del hombre moderno está considerada en un gran número de países como problema de excepcional dificultad, y en todos, sin salvedad, como tarea de la más alta importancia y prioridad. Por tanto, constituye la educación un tema capital, de envergadura universal, para todos los líderes que se preocupan por mejorar el mundo de hoy y preparar el de mañana.

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De ahí que las universidades analicen la manera en que la ciencia responde a la pregunta ¿por qué?, buscando el valor de la verdad; por su parte, la tecnología responde a la pregunta ¿cómo?, indagando en el valor de la utilidad. Los valores con un contenido ético responden a la pregunta ¿para qué?, y pretenden mostrar y exigir el “deber ser”. Enseñar para el bienestar en la vida es la preocupación de la educación en los valores y el reto de los líderes en todo ámbito social.

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La transmisión de valores también se lleva a cabo de una manera informal mediante la cultura y comportamiento en la familia, institución, escuela, universidad, empresa y nación, es decir, todo aquello que concurre en la vida, no sólo la enseñanza académica de una temática axiológica, sino la vivencia real de esos valores que resulta, sin duda, la mejor forma de enseñar.

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Habilidades de liderazgo y valores
Hoy, equivocadamente, se hace demasiado énfasis en la relevancia de las habilidades y talentos (skills) de los líderes. De hecho, casi 100% de los programas educativos universitarios (carreras, posgrados, diplomados y especializaciones) y los seminarios cerrados o abiertos destinados a “formar” ejecutivos de distintos niveles organizacionales se preocupan, fundamentalmente, de lo mismo. ¿Pero cuáles son aquellas habilidades directivas, gerenciales o de liderazgo que se deben desarrollar?.

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Sin embargo, una exigencia filosófica señala que todas las habilidades y talentos tienen carácter instrumental, esto es, son medios para lograr fines. Y todos ellos tienen congruencia con los esquemas axiológicos. Es decir, deben ser fines que persigan valores a través de los cuales se logre el bienestar del hombre en lo individual y en lo social.

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La falta de formación de líderes
Por otro lado, es preocupante que en la formación de jóvenes ejecutivos y empresarios no se enseñen y promuevan los valores trascendentes que otorguen sentido al ser y quehacer de toda empresa e institución pública o privada. En recientes investigaciones y contacto directo con ejecutivos, se sabe que en México y el resto de Latinoamérica, el interés fundamental de 80% de los jóvenes profesionistas es sólo la obtención de utilidades, es decir, “el negocio”. Este porcentaje no sólo es típico de esta región,  lo he podido corroborar en muchos países alrededor del mundo.

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Requerimos, entonces, de un nuevo líder que enfrente, en términos de la globalización, las necesidades socioeconómicas de este siglo, la competitividad, los niveles de calidad en el producto y la excelencia en el servicio en todo tipo de organización. Necesitamos un individuo capaz de conocerse, definir su misión y vocación en esta vida; de buscar permanentemente el mejoramiento de su salud física, psicológica y espiritual; que tenga una gran capacidad de aprendizaje y de cambio; que su quehacer en la vida lo juzgue a través de la calidad y que planifique su vida a futuro teniendo así una concepción proactiva. Alguien que prepare el mañana con base en su presente y en su pasado.

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Un código de valores no es un adorno, no es un maquillaje en el perfil del líder o en la filosofía o cultura de trabajo de una organización. Los valores constituyen la esencia del ser y quehacer del líder-ejecutivo; el perfil ético es un imperativo, una obligación moral y profesional de aquél que se ostente como tal.

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Los principales elementos en el perfil de todo líder son:

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  1. Integridad y honestidad.
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  3. Congruencia y credibilidad.
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  5. Ser un educador, capacitar y desarrollar a su personal.
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  7. Humildad y sacrificio.
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  9. Respeto a la dignidad humana.
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  11. Equidad y justicia.
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  13. Compartir, crear redes y apoyar el trabajo en equipo.
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  15. Cuidar la ecología y la naturaleza.
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  17. Búsqueda de la paz.
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  19. Amor a la humanidad.

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Recordemos las reuniones en Davos, Suiza, donde se dieron cita los empresarios más importantes del mundo para definir un código ético que evidencie los valores con los que la empresa se compromete. La revista Fortune, por su parte, publicó los resultados de una encuesta anual para nominar a la “empresa más admirada del mundo”, por segunda vez consecutiva, General Electric se colocó en el primer lugar entre 333 compañías en 24 industrias de diferente ramo. El encabezado de la nota del Wall Street Journal señaló: “La cultura de las empresas exitosas se distingue por colocar al liderazgo como el proceso más importante para la organización”.

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De ahí la necesidad, inaplazable, de contar con líderes visionarios, honestos y audaces que contribuyan en forma significativa al bien común social. Son ellos quienes tienen que emerger de nuestra situación de transición y de riesgo para conducir y guiar sabiamente a sus empresas, universidades, dependencias públicas, iglesias, organizaciones no gubernamentales, partidos políticos o sindicatos. Aceptemos el reto. 

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