El mundo en expansión

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Joaquín Fernández Núñez

Euros para el nuevo milenio
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Fue un parto largo y doloroso –11 horas de negociación–, pero es bastante natural si se tiene en cuenta que han sido 40 años de larga y angustiosa gestación. Con el acuerdo firmado el pasado 2 de mayo para poner fechas y paridades fijas al nacimiento de su moneda única, la Unión Europea da el último paso hacia la definitiva integración económica de sus países miembros. Los gobiernos de Alemania, Austria, Bélgica, España, Finlandia, Francia, Holanda, Irlanda, Italia, Luxemburgo y Portugal acordaron, sin posibilidad de dar marcha atrás, el definitivo lanzamiento del Euro para el 1º de enero del 2001 y, con él, la creación de una Banca Central Europea.

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Los que se quedaron fuera del acuerdo, al menos de forma temporal, han sido Dinamarca, Noruega, Reino Unido y Grecia, los tres primeros por decisión de sus gobernantes todavía temerosos –aunque se muestran proclives a integrarse más adelante–, mientras que el cuarto sigue siendo el díscolo incapaz de rectificar sus finanzas de cara a cumplir con criterios macroeconómicos exigidos por los acuerdos de Maastricht firmados en 1991.

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Los euroescépticos tienen aquí una gran oportunidad para dar libre pábulo a sus incredulidades. Según ellos, esta medida significará la estocada de muerte para el ideal europeo, puesto que acrecentará la desigualdad social entre naciones ricas y pobres. Para afirmarlo, se basan en lo ocurrido con la reunificación alemana, en donde los ex alemanes del este han experimentado un incremento del desempleo y una pauperización tremenda por su falta de esquemas competitivos. Al final, el descontento se ha traducido en una votación masiva (23%) por los temibles dirigentes políticos de extrema derecha.

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Algo parecido podría augurarse en los primeros años de la circulación de la moneda única: muchas empresas locales se verán arrastradas por su falta de competitividad ante la oferta de las grandes corporaciones. Las transferencias de los países ricos hacia los más pobres tendrán que aumentar para sufragar las descompensaciones sociales al tiempo que se incrementará el desempleo –baste mencionar los muchos trabajadores de casas de cambio y de las tesorerías internacionales de bancos o grandes corporaciones que perderán su puesto–.

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Pero de completarse con tino y eficacia, se crea el espacio económico más poderoso del planeta, capaz de plantar cara en términos económicos a la actual preponderancia del rey dólar (los países firmantes representan 19.4% del PIB mundial frente a 19.6% de Estados Unidos). Sea como fuere, los dados están echados. Lo cierto es que el viejo continente nunca ha estado tan cerca de aquellos “Estados Unidos de Europa” que soñó Jean Monnet, el principal impulsor en 1957 de la entonces llamada Comunidad Económica Europea.

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Megafusiones, ¿oligopolios del mañana?
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Sorpresas continuas: a principios de año se anunciaba la fusión entre Compaq y Digital de cara a crear la segunda empresa informática del planeta; un par de meses después llegaba la noticia de acuerdo entre Citicorp y Travelers para conformar el grupo financiero más grande del mundo... Y el pasado 7 de mayo el mundo amanecía boquiabierto ante el acuerdo de fusión entre las automotrices Daimler-Benz y Chrysler. La sorpresa no era únicamente porque se trataba de la fusión más grande jamás acaecida en el sector industrial –que conformará la quinta automotriz del mundo después de GM, Ford, Toyota y VW2, con ventas totales anuales por $130,000 millones de dólares–, sino porque anuncia una nueva tendencia a conformar matrimonios, no sólo transfronterizos, sino también intercontinentales, algo que ya se vaticinaba el año pasado con la fusión de la telefónicas British Telecom con la estadounidense MCI.

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Para la industria automotriz, el acuerdo Daimler-Chrysler significa la estocada definitiva para la supervivencia de los fabricantes regionales de automóviles, principalmente los europeos –Renault, Fiat, Peugeot...–, hasta ahora confortablemente instalados en la venta de modelos para sus mercados locales. Y el acuerdo entre estos dos gigantes traerá cola: ya se habla de pláticas entre esta nueva Daimler-Chrysler y la fabricante japonesa Nissan que, de llevarse a cabo, conjuntaría en una sola empresa las tres regiones económicas más poderosas del planeta: Estados Unidos, Europa y Asia.

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Pero hay algo más que plantearse acerca de la oleada de fusiones gigantescas que estamos viviendo: al igual que pasó a mediados del siglo pasado en Estados Unidos con los Rockefeller, Vanderbilt o Carnegie, ¿estaremos ahora asistiendo a la creación de los oligopolios globales del mañana? Se podrá argumentar que no, que ninguno de estos nuevos colosos ostentará una posición tan dominante como para imponer sus condiciones al mercado. La cuestión es que, en un mercado ya casi global, las fronteras de lo “dominante” se están difuminando de tal manera que lo importante aquí es la cada vez más lejana posibilidad para los pequeños competidores de alcanzar una posición de actor predominante en algún sector.

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