El Napa Valley mexicano

En California, Muchas familias mexicanas producen vinos con buena crítica y ventas.
Óscar Santamaría

Una revolución silenciosa sucede en California. Puesta en pie con trabajo, pasión y afán de superación. Así se podría resumir la historia de la cada vez más notoria presencia de los mexicanos en la industria californiana del vino. En los últimos 10 años –y a un ritmo vertiginoso– han logrado escalar posiciones y ser reconocidos en un sector de fuerte competencia.

- Desde hace más de un siglo, los mexicanos han trabajado en los viñedos de California. El general Mariano Vallejo fue el primero que hizo una fortuna de sus tierras, allá por 1850. Desde entonces, el cultivo de la uva ha recaído en manos mexicanas, aunque durante décadas han sido ‘invisibles’. En la actualidad hay unos 30,000 hispanos, casi todos mexicanos, trabajando sólo en el condado de Napa. Se dedican sobre todo al cultivo y elaboración, dejando el marketing y distribución a los dueños de las bodegas, en su mayoría empresas estadounidenses.

- Si se tiene en cuenta la opinión de los expertos, quienes aseguran que la uva representa hasta 90% de la receta para lograr un buen vino, más de la mitad del crédito de cualquier botella que se despacha desde estas tierras tiene que ir, entonces, a los trabajadores mexicanos, encargados de mimarla. Un viaje a la región basta para darse cuenta de que la mano de obra tiene nombre azteca. Es ahí donde se encuentra la clave del éxito de las nuevas bodegas ‘en español’.

- Su conocimiento directo de la industria, desde abajo, su pasión por la uva y la tierra, su experiencia y el ánimo emprendedor hicieron que muchos de ellos decidieran dar el salto. Primero, vendiendo las uvas a grandes firmas para, después, abrir sus propias compañías. Y aunque los mexicanos han estado haciendo vino desde principios de los 90, no ha sido sino hasta la llegada del nuevo milenio cuando se desató el boom imparable del que hoy todos hablan. Se trata de alrededor de una docena de etiquetas, que ya hicieron que la crítica especializada se rinda a sus encantos y el público empiece a conocer sus nombres: Mi Sueño, Madrigal o Vinos de Ceja.

- “Sin los mexicanos, la historia del vino en California hubiera sido diferente”, afirma Sandra González, que a sus 35 años y después de trabajar en el Wine Institute de San Francisco, decidió apostar por el caldo con acento mexicano y creó hace tres años Vino con Vida, una asociación que promociona la cultura de la uva y la comida con etiqueta mexicana, a través de programas de radio, tastings (degustaciones) y conferencias. “La historia personal de cada uno se refleja en sus vinos y los mexicanos tienen historias asombrosas”, dice González, descendiente de inmigrantes mexicanos. La mayoría de los que ahora controlan sus negocios son hijos de migrantes o llegaron a California en su infancia, estando desde siempre en contacto con la tierra, creciendo entre la vid. Son historias de superación personal, sacrificio y determinación.

- Protagonistas
Gustavo Brambila fue uno de los primeros en abrir su propia firma a mediados de los 90. Su familia llegó a Estados Unidos desde Jalisco cuando él era un adolescente. Su padre era un conocido manager de viñedos. Pasó 23 años trabajando en la bodega Grgich Hills Cellar, de donde salió en 2000 para trabajar tiempo completo en su propia marca –Gustavo Thrace– que lanzó en 1996 con su socio Thrace Bromberger. Gustavo, de 60 años, también controla Napa Wine Merchants, una tienda especializada que organiza catas.

- “Si tienes un buen vino en una botella es porque detrás hay una buena historia”, dice Brambila. Compró 40.5 hectáreas de tierra para expandir sus viñedos, hoy le permiten producir unas 4,000 cajas anuales.

- Otro de los casos exitosos es el que construyó la familia Ceja. “Los vinos de calidad reflejan de dónde vienen”, dice Amelia, que llegó a California en 1967 junto a su familia, los Morán, procedentes de Jalisco.

- Un año en el que también iniciaron su aventura en la zona Pedro y Armando Ceja, emigrados desde Michoacán. Desde niños crecieron como amigos en el Valle de Napa. Cuando Amelia y Pedro se casaron en 1980 compraron seis hectáreas en Carneros. Con el tiempo se convirtieron en una de las bodegas que más ha crecido y cuyo nombre es sinónimo de calidad. En la actualidad, la familia posee 45 hectáreas y produce 6,000 cajas al año, aunque en sus planes está construir una bodega en los próximos dos años, con capacidad para producir entre 10,000 y 20,000 cajas de Pinot Noir, Merlot, Chardonnay, Cabernet Sauvignon y Syrah.

- Su marca, Vinos de Ceja, lanzada comercialmente en 2001, es la etiqueta mexicana-estadounidense que más y mejor distribución tiene. Se le puede encontrar de costa a costa en EU, los Ceja confían en que pronto puedan llegar a México.

- Sin embargo, de entre todos, hay un nombre que destaca. Alex Sotelo, que a sus 31 años ha logrado colocarse en lo más alto en un tiempo récord. “Siempre soñé con tener mi propia marca pero nunca imaginé que llegaría a donde estoy”, reconoce. Y es que Sotelo ha conseguido en sólo dos años que su etiqueta –Alex Sotelo Cellars– sea un referente imprescindible, habiéndose ganado el respeto de medios especializados, y de otros tan poderosos como The New York Times. “Vienen a pedirme consejos y yo siempre les digo que lo importante es ser profesional, estudiar y tener visión”. Ésta es, para Sotelo, la receta del éxito, que cultivó desde que aterrizó en el Valle de Napa, a los 18 años. “Vine como tantos otros a probar el norte, y me quedé sorprendido de las malas condiciones en las que vivían mis paisanos”, recuerda este joven que sin dudarlo aprendió inglés y se licenció en vitivinicultura y enología. Trabajó en la bodega Robert Pecota, donde escaló puestos hasta ser su director general. Entonces fue cuando hipotecó su casa, pidió prestado y abrió su propia bodega, en 2002. Sotelo cuenta cómo hace años, cuando iba a algún evento vinícola y le notaban un acento raro, le preguntaban si era chileno, argentino o español, pero nunca mexicano. “Ahora nos hemos ganado el respeto y no me canso de gritar que soy mexicano y que hemos llevado esta comunidad a un nivel al que muchos no se imaginaban, en una industria que es elitista y cerrada”, dice. A él le gusta definir su vino como “elegante y sofisticado”.

- Marcando diferencias
Sin duda, si hay un mercado conocedor de los mejores vinos del mundo, éste es el estadounidense. En ese escenario, los mexicanos empezaron a hacer la diferencia. ¿Cómo? “Gracias a todo el conocimiento que acumulamos, generación tras generación, tenemos muy claro lo que queremos, tenemos identidad propia”, argumenta Amelia Ceja. Lo que les distingue de las otras bodegas es, según ella, “que el control y el destino de los vinos está en nuestras manos, desde que escogemos y plantamos la uva hasta que lo embotellamos”.

- En este punto coincide Rolando Herrera, dueño de Mi Sueño, que cada año produce 3,500 cajas de Chardonnay, Cabernet Sauvignon, Pinot Noir y Syrah. “Nuestra ventaja es que nadie nos tiene que contar los secretos de este negocio, los conocemos todos porque hemos empezado desde abajo”, precisa. Rolando llegó con su familia desde Michoacán en 1975. Su historia es la de tantos paisanos que cruzaron la frontera de forma ilegal, cuando él tenía sólo ocho años. Comenzó trabajando en Stag’s Leap Wine Cellars, de allí saltó a otras compañías, hasta que en 2003 arriesgó por su propia bodega.

- Tras este camino andando, ahora los bodegueros mexicanos se proponen competir con los mejores, afianzados ya en una región que provee dos de cada tres botellas de vino que se consumen en Estados Unidos, y que se ubica como la cuarta productora mundial, detrás de Francia, Italia y España. La meta es consolidar la presencia del vino producido por mexicanos en una plaza de la que participan 1,300 bodegas.

- “El reto más importante para cualquier productor es abrir el mercado”, dice Amelia Ceja. “Aquí hay mucha competencia, no sólo estadounidense sino de todo el mundo”. Según detalla la bodeguera, “la clave para hacerse un hueco es conocer bien el mercado, los productos, el cliente al que se quiere llegar y qué mensaje se desea enviar, lo cual debe ser algo único y reconocible”.

- Van por un mercado que está creciendo en torno a 5% anual y valorado –por sus ventas sólo en Estados Unidos– en $15,000 millones de dólares al año. Se estima que desde California se despachan 1,620 millones de litros anuales al resto del país, y de las exportaciones de vino estadounidense (que fueron de $794 millones de dólares en 2004), 95% de las botellas proceden de este Estado. El impacto del sector en la región es de $45,400 millones de dólares al año y da trabajo de tiempo completo a unas 207,000 personas.

- Los mexicanos están seguros de poder ir por una parte de ese suculento pastel. “Hay sitio para otras bodegas, para otro estilo distinto al que ha dominado el sector en las décadas pasadas”, afirma Brambila. A lo que Rolando Herrera agrega: “A diferencia de otros sectores, en éste la lucha no es por vender más, sino por hacer el mejor vino”.

- Parte de ese nuevo estilo y concepto de hacer vitivinicultura lo permite también la explosión del turismo que llega a la región atraído por la industria y el paisaje que ofrecen las largas hileras de vid a ambos lados de las carreteras. Se desarrollan tours organizados (ya existe uno en español), con escalas en bodegas seleccionadas. El año pasado se acercaron a esta zona 14.8 millones de turistas (cuatro millones más que en 2003), lo que supuso una derrama de $1,300 millones de dólares.

- Aunque la meta es ganar mercado más allá de las nacionalidades, la etiqueta en español tiene en lo inmediato la fortaleza de ser una marca afín a la cultura del creciente mercado hispano en Estados Unidos. Son alrededor de 40 millones (13% de la población), y con un poder de compra que se ha triplicado en la última década hasta los $653,000 millones de dólares.

- Según un sondeo de 2003 del Wine Market Council, 22% de los hispanos bebe vino de forma habitual. De ellos, 48% señaló que consumía más cada día, comparado con 28% del resto de la población que admitía seguir esta tendencia. Este salto se debe, entre otros, a dos factores: el aumento de su poder adquisitivo y la aparición de etiquetas a precios cada vez más asequibles. A esto hay que sumar el creciente número de hispanos en la región, atraídos por las posibilidades de encontrar trabajo duro, pero bien remunerado.

- Próximos pasos
Como fue en un comienzo, el futuro de la industria bodeguera de origen mexicano en California está atado, en buena medida, al espíritu de cooperación que priva entre los productores. “Desde siempre ha habido entre todos un fuerte sentido de comunidad”, explica Elena, esposa de Joe Reynoso.

- Reynoso nació en Estados Unidos, pero tiene orígenes en Michoacán. Compró en 1994, junto a su mujer Elena, un rancho de 22 hectáreas en Cloverdale. Mientras él trabajaba en finanzas en San Francisco, ella se ocupaba de las tierras. Ahora, y con dedicación plena, sobre todo desde su debut comercial en 2001, tienen previsto aumentar su actual producción de 2,000 cajas, de Cabernet Sauvignon, Sauvignon Blanc, Syrah y Zinfandel, hasta las 10,000 cajas.

- La experiencia demuestra que, hasta el momento, todas las familias involucradas en el negocio pusieron el acento en la calidad, que es la fortaleza fundamental con la que están haciendo la diferencia. Pero, como reconoce Herrera, “hacer vino es un arte, venderlo es marketing”. Quizá sea eso lo que todavía les falta a las bodegas mexico-estadounidenses. Por ello, se han puesto manos a la obra y están a un paso de conseguir uno de sus objetivos a corto plazo, que tiene que ver con el sentido de comunidad y de ayuda del que hablan: crear una asociación de bodegueros y productores hispanos.

- Una de sus más activas impulsoras es, precisamente, Sandra González, de la asociación Vino con Vida. La joven especialista afirma que en un par de meses, antes de que acabe el año, ya estará constituida la nueva entidad que reunirá a los productores mexicanos. “Su misión principal será promocionar nuestros vinos a través de eventos, programas culturales y gastronómicos, aunque esto ya lo llevamos haciendo algún tiempo”. Productores como Chris Madrigal se muestran un poco más escéptico sobre el ritmo de las conversaciones. “Aún no sé qué dirección tendrá la asociación, aunque está claro que tiene que servir para apoyarnos”, apunta.

- La producción de Madrigal asciende a las 4,000 cajas anuales de Petite Syrah, Zinfandel, Merlot y Cabernet Sauvignon y tiene previsto multiplicarla en los próximos años.

- Tal vez sea pronto para echar las campanas al vuelo. Para los productores no sería bueno morir de éxito en forma prematura. Y eso que, según Sotelo, al final el mejor juez de un vino es el consumidor, a éste ya lo tienen de su lado.

- Pero esto es una carrera de fondo y no ha hecho nada más que empezar, aunque la mayoría están convencidos de que sus descendientes seguirán la tradición. “Estoy segura de que se abrirán más bodegas mexicanas en los próximos 10 años”, dice Elena Reynoso. “Lo que estamos viendo no es más que la punta del iceberg, los mexicanos en California están en marcha, queda mucho por crecer”, señala Sandra González.

- Según Herrera, “habrá que esperar unos años” para ver la consolidación de las bodegas. “Yo creo que en unos cinco años ya veremos 20 ó 30 etiquetas mexicanas en el mercado”.

- El optimismo que manifiestan no es en vano. “Ya vamos dos años adelantados según nuestros planes de negocio”, afirma Amelia Ceja. Para ellos, ahora el reto es conseguir una mayor visibilidad de sus marcas, poder ubicarlas en los mejores restaurantes, de costa a costa.

- Para eso necesitan aumentar la producción y expandir sus bodegas sin perder de vista su identidad. “Estamos haciendo ruido, sobre todo en los dos o tres últimos años, pero aún falta trabajo por hacer”, apunta Alex Sotelo. Y en eso están.

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