El omnipresente Darwin

¿Sobreviven realmente los más aptos? Esta es una humilde invitación a que recorras hoy tu oficina
Javier Martínez Staines*

Si tienes un agudo sentido de observación, te habrás dado cuenta ya de que tu espacio laboral es un zoológico entretenido y didáctico. En esas jaulas modernas habita una bella colección de fauna humana que es un homenaje constante a la diversidad de la vida. Por donde se le vea, las mujeres y los hombres somos bastante más divertidos que los “animales no humanos” (María Elena Hoyo dixit).

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¿De verdad sobreviven los más aptos? Si entendemos por aptitud una mezcla de astucia, mañas y autopromoción, salpicada con una dosis de talento y olfato para rastrear las pistas, la respuesta es sí. En el reino del “nadie es indispensable”, algunos se las ingenian para ser vistos como ejemplares difíciles de sustituir.

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Presentamos a continuación una guía que puede ayudarte a comprender a tus colegas y a ti en la granja corporativa, ese espacio donde se confunden las teorías de Darwin con salpicones orwellianos y sabiduría popular.

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El rey sigue siendo el león. El jefe está ahí porque nadie ruge igual que él. Es el maestro de la cacería, pero su arte consiste en facultar a los demás para que lo hagan por él. Si lo sacas de quicio –y es muy fácil que esto ocurra– estás acabado.

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El león cree que todos son de su condición. ¿Tu jefe es workaholic y quiere que sigas su ritmo? Es inevitable: para él, todos bailan al mismo ritmo.

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Las gallinas de arriba se cagan sobre las de abajo. La frase no es muy fina, ciertamente, pero en el amanecer del siglo XXI continúa vigente. ¿Te sorprende ahora qué el CEO ocupe el piso más alto? La democracia es un asunto demasiado complicado como para llevarlo a la oficina.

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Los tiburones nadan donde quieren. Los resentidos les llaman “privilegiados”; el jefe les dice “líderes de proyecto”. Se mueven por donde les apetece, facultados –a veces temporalmente- para dar órdenes, lo que disfrutan con algarabía. Son peligrosos, pero fuera del mar no respiran.

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Perro que ladra no muerde. Aunque conozco a varias personas que sufrieron el ataque de perros escandalosos, la realidad es que el club de los bravucones quejumbrosos es honesto y leal. Se sugiere ser pródigo en apapachos y reconocimiento para mantenerlos tranquilos.

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Los dinosaurios no se han extinguido. Dado que el mundo corporativo moderno no suele ser generoso con quienes han acumulado varias décadas de experiencia, permanecen ahí porque el flujo de caja nunca es suficiente para acabar con ellos.

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El rebaño es siempre el rebaño. Las ovejas siguen al pastor a donde vaya, se dejan trasquilar y se refugian en la seguridad de su corral. A las descarriadas se las come el lobo.

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Los buitres comen carroña. Estas aves saben prever dónde y a qué hora se presentará un cadáver. La lucha entre ellas –que atacan desde arriba– y las hienas –que vienen de abajo– para llevarse la mejor parte es, en ocasiones, epopéyica.

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El perico donde quiera es verde. No importa cuánto invierten algunos en camuflar sus debilidades (“áreas de oportunidad”), éstas los acompañan de departamento en departamento, de piso en piso… y todos se dan cuenta.

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Las serpientes son ponzoñosas. Son los reptiles más peligrosos: el día menos pensado te inyectan su veneno. Aseguran su sobrevivencia arrastrándose. Conviene alejarse.

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Camarón que se duerme, ya no trabaja aquí. Sin necesidad de mayor explicación.

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*El autor es director editorial de Grupo Expansión y, aunque sueña con ser león, lo delata la cola de dinosaurio. Retroalimentación: jstaines@expansion.com.mx.

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