El otoño de los capitales

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El aliento del dragón incendió todos los mercados financieros, incluido el mexicano. La ola especulativa provocó que, en un solo día, la bolsa de valores perdiera más de 1,000 puntos, el tipo de cambio sufriera presiones importantes y, por ende, las tasas de interés se fueran al alza.

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Si la catástrofe no fue mayor se debió, fundamentalmente, a que las presiones sobre el peso eran todavía controlables al momento de la turbulencia internacional.

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La primera gran lección que se desprende de este tsunami financiero que azotó a la aldea global a fines de octubre pasado es la necesidad de aplicar candados a los capitales especulativos. El mejor ejemplo de que un sistema de este tipo puede funcionar se encuentra en Chile. En ese país, la inversión financiera de corto plazo es neutralizada con el impedimento de salida de capitales en el lapso de un año; es decir, cuando se desata una turbulencia mundial, los inversionistas foráneos pueden retirar del mercado chileno el dinero que depositaron un año antes, pero no el que introdujeron ayer o -anteayer. Esta medida ha sido un factor clave de estabilidad para la economía del país sureño. La prueba está en que, mientras los mercados de valores de Argentina, Brasil y México cayeron a un ritmo similar o mayor que las grandes bolsas del mundo, el chileno mantuvo ligeros incrementos. Ciertamente, para lograr adoptar un esquema similar, México tendría que renegociar una de las cláusulas del Tratado de Libre

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Comercio con Estados Unidos y Canadá, la cual exige a los socios comerciales la garantía de salida de capitales en el momento en que los inversionistas lo consideren conveniente. Valdría la pena analizar los costos-beneficios de dejar de disponer una buena cuota de estos capitales, para luego, de ser procedente, revisar los mecanismos para derogar esta cláusula.

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Segunda lección: está más que comprobado –¿alguien puede olvidar al diciembre de 1994?– que la estabilidad anclada a los capitales externos es un mero espejismo. Lo grave es que la lógica del Banco de México apunta a que esos “bondadosos” recursos del exterior cumplen la noble tarea de financiar diversos proyectos en el país. Y sin duda lo hacen, pero no como todavía creen Miguel Mancera y su equipo: financian la compra de galletas danesas y de aspersores de riego taiwaneses, y de ningún modo la inversión productiva. De frágil memoria, olvidan que la crisis de deuda interna –que aún está lejos de resolverse– se debió fundamentalmente a sus políticas promotoras del consumo de bienes importados a través de dinero ajeno. Eso explica que el Banco de México se espante del déficit fiscal, pero le preocupe muy poco el déficit en cuenta corriente. El banco central no ha aprendido la sencilla lección de que no hay ningún control sobre los capitales volátiles.

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Tercera lección: la estabilidad no debe darse “a toda costa”, como hasta el momento lo ha practicado hasta límites insospechados la tecnocracia mexicana. Durante casi 20 años los habitantes de este país han vivido en una economía deprimida, pagando facturas de “errores de cálculo”. Aunque es improbable que la reciente crisis financiera internacional se transforme en una profunda depresión mundial, de darse una desaceleración en el crecimiento económico de Estados Unidos habrá repercusiones negativas en México. El libre mercado no resuelve todos los problemas. Hay buenos ejemplos en Europa de que puede conciliarse un esquema de libertad económica con el bienestar social. Los gobernantes mexicanos debieran asomarse un poco más al mundo tangible y menos a los pizarrones de Harvard y Yale.

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