El otro poder tras el trono

Conocí a la esposa del director general y... ¡nos caímos tan bien!
Max Clip

Se supone que, para nosotros los mortales, el presidente de una empresa es lo más parecido a Dios reencarnado. Casi una figura mitológica, el director general mora en las alturas olímpicas del último piso y, cual Zeus tonante, descarga su furia o su buen humor de manera arbitraria, sin tener que rendirle cuentas a nadie… Bueno, a nadie excepto a la junta de consejo, claro está.

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De lo que muy pocos se atreven a hablar es de la compañera de este Zeus y de su influencia en los destinos de la empresa y sus ejecutivos. Sobre todo cuando, como justo me pasó ayer, terminas compartiendo el pan y la sal con la esposa del director general, en una de esas reuniones de celebración.

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En efecto, anoche terminé de compañero de mesa de la mujer del patrón en una cena en su casa, y lo peor de todo es que ¡nos caímos tan bien! Lo digo sin ironía: Irma me pareció un encanto de señora, elegante, sensata, de trato fácil y conversación inteligente. Luego de la presentación obligada, nos lanzamos en una charla que se extendió hasta que prácticamente todos los asistentes se habían ido y don Carlos, el director general, nos miraba con cara de "a ver a qué hora terminan, que ya me quiero ir a dormir".

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Fue casualidad: cada año, por estas fechas, la esposa de nuestro presidente ofrece una cena con motivo del aniversario de la empresa. Se trata de un evento "social" –aunque ya se sabe lo que eso significa en la jerga corporativa–, al que sólo asisten de directores para arriba. Como mi promoción es tan reciente, resultó que la invitación me llegó retrasada y, peor aún, no tenía un lugar previamente asignado. Agréguenle que se me hizo tarde –por culpa de varios pendientes que debía dejar resueltos–, y entré justo cuando todos pasaban a la mesa. Irma se disculpó y tuvo el detalle de sentarme a su lado; y ahí me tienen: rodeado de todos los directores y plátique-y-plátique con la consorte de nuestro Zeus particular, para envidia de mis pares.

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En otra ocasión, en este mismo espacio, hablé del "poder tras el trono" que ejercen las asistentes (secretarias) de los jefes y, la verdad, debo confesarles que me fue como en feria. Tendrían que ver la cantidad de correos que recibí de las quejosas, quienes arguyeron maltrato e incomprensión de mi parte. Nunca creí que el tema levantaría tanta controversia. Es, por lo tanto, con extremada prudencia (y algo de temor) que ahora me atrevo a abordar un asunto tan delicado como la influencia de la esposas de los directores generales en una corporación.

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Por supuesto su influjo no siempre es directo, pero no por ello deja de ser tan efectivo como el que más. Se trata, más bien, de un predominio sesgado, indirecto pero real. Y como no quiero generalizar, voy a hablar de mi caso, que, subrayo, no necesariamente es ley universal: cada quien habla de la feria de acuerdo a como le va en ella. Si es coincidencia o no, ustedes dirán, pero durante el transcurso de la cena varios ejecutivos –para quienes hasta ayer por la tarde había sido poco menos que invisible– se acercaron a saludarme y aprovecharon mi cercanía con Irma para charlar un rato con ella. Da qué pensar, ¿no?

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Y luego, cuando en medio de nuestra conversación Irma –con voz audible para el resto de la mesa– se preguntó "¿cómo es que Carlitos tardó tanto en promoverte, si eres inteligente y tienes talento?", todos me mostraron su mejor sonrisa y cara de circunstancia, atentos a mi respuesta, que se redujo a agradecer el comentario.

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Hoy por la mañana, los directores se detenían a saludarme, me palmeaban la espalda y me preguntaban sobre detalles de mi trabajo. He recibido, al menos, una docena de invitaciones a comer y los VPS de varias áreas me copian en sus memoranda.

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Quizá sea una casualidad; si me lo permiten, yo tengo mis dudas.

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