El precursor de Giuliani

A él se le atribuye la invención de la política de cero tolerancia para acabar con el crimen en N
Joaquín Fernández / Nueva York

George Kelling paladea con gusto su éxito. Han pasado 20 años desde que este académico estadounidense escribiera junto con James Wilson Ventanas rotas, un corto ensayo publicado en la revista Atlantic Monthly que serviría de base para la teoría del mismo nombre, también conocida como cero tolerancia. Luego ampliaría sus ideas en un libro, Fixing Broken Windows, ahora la biblia de legiones de funcionarios en Estados Unidos. En él argumenta cómo sus ideas han servido para reducir de forma drástica los índices de criminalidad en varias de las principales ciudades del país, entre ellas, el muy citado caso de Nueva York.

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Catedrático de la Escuela de Justicia Criminal de la Universidad Rutgers, en Nueva Jersey, e investigador en la Universidad de Harvard, este experto en criminología dedica su poco tiempo libre a viajar de ciudad en ciudad para asesorar a aquellas autoridades que solicitan su consejo. Kelling habló por teléfono con Expansión desde Los Ángeles, otra ciudad que ha decidido aplicar su esquema.

-Durante estos días, el alumno más aventajado de este académico, el ex alcalde de la gran manzana, Rudolph Giuliani, está visitando la ciudad de México para también tratar de aplicar su experiencia a las indómitas calles del Distrito Federal.

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Tu teoría de las ventanas rotas es ahora más popular que nunca, ¿cómo se te ocurrió?
Wilson y yo no la inventamos, sino que la descubrimos mientras recorríamos los barrios de las ciudades de la unión americana y hablábamos con sus habitantes. Los ciudadanos nos comentaban que, si bien estaban preocupados por los robos, lo que en realidad más les molestaba eran delitos menos importantes, como la venta callejera de droga, las prostitutas agresivas, los borrachos, los graffiti..., todas esas pequeñas ofensas que desprecian el orden social. Esos comportamientos multiplican el miedo al crimen, lo que provoca que los ciudadanos se queden en sus casas y abandonen los espacios públicos. Cuando eso ocurre, los controles desaparecen y llegan los depredadores para cometer infracciones más serias.

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¿Esta teoría ya ha sido aplicada fuera de EU?
Aún no existen casos de éxito documentados como los de aquí. Actualmente en Inglaterra y Australia se plantean adoptar la política de ventanas rotas. En Francia acaban de recrudecer las penas para la prostitución y la mendicidad agresivas. La recuperación del orden en las comunidades es un tema que preocupa al planeta entero.

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¿Y crees que tus ideas funcionarán en la ciudad de México?
Sólo los mexicanos pueden responder a esa pregunta. Yo sólo he ido una vez al Distrito Federal, y por las enormes dimensiones que tiene, pienso que primero habría que instrumentar la teoría por áreas geográficas más pequeñas. Hay que ir barrio por barrio a preguntar qué es lo que más molesta a los vecinos y luego saber cómo identificar a ese pequeño número de delincuentes que está ocasionando tanto daño. Además, nuestro planteamiento no será siempre la solución para todos los problemas, como tampoco lo fue en Nueva York.

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Pero primero la policía tiene que ser muy efectiva, algo que dista mucho de suceder en la capital de México...
Tampoco sucedía en Nueva York. A finales de los años 80, cuando comencé a trabajar con las autoridades de la ciudad, los 4,000 agentes que controlaban el Metro sólo se interesaban por los robos y no se preocupaban por los demás actos ilícitos.

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Pero los policías mexicanos cobran $500 dólares mensuales y no tienen perspectiva de largo plazo para hacer carrera.
Soy consciente de ello. Otro problema es que existe una separación entre los diferentes cuerpos de policía que muchas veces se traduce en falta de cooperación para compartir la información que poseen.

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¿Cuánto tiempo implica formar a un policía para aplicar tus teorías?
Al menos dos años para que sea completamente operativo. Sería muy preocupante si un funcionario anunciara que a partir de hoy va a adoptar una política de ventanas rotas, porque es algo que no se puede hacer de la noche a la mañana. Se necesita formar a los agentes, establecer guías de conducta, educarlos para que sepan ejercer la discrecionalidad de forma adecuada y sin discriminación.

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¿Te parecen suficientes 34,000 policías para toda la capital?
No. Pero el verdadero problema no es cuántos policías hay, sino para qué se utilizan. Antes de que Giuliani y su entonces jefe de policía, William Bratton, se hicieran cargo de Nueva York, había más de 30,000 policías en la ciudad, un número similar al de ahora. Pero su tarea consistía en no meterse en líos. Ambos funcionarios supieron motivar a los vigilantes públicos para que hicieran su trabajo, y redujeron la corrupción y los abusos. Los Ángeles, la segunda mayor ciudad de Estados Unidos, sólo tiene 9,000 policías, mientras que Chicago, la tercera, tiene 14,000. No hay regla fija.

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El catedrático en derecho, Bernard Harcourt, ha criticado duramente tu teoría, argumentando que favorece los abusos policiales.
No existen pruebas estadísticas de que hayan aumentado los atropellos de la policía en Nueva York. En 1992, antes de que Giuliani llegara a la alcaldía, la institución mató a 14 ciudadanos. En 1998 el número de muertes se había reducido a 11. Si miras la cantidad de quejas presentadas, verás que desde 1996 la cifra se ha ido contrayendo de forma importante cada año.

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Harcourt también asegura que la baja de la criminalidad en Nueva York y otras ciudades del país se debe a factores diversos, como el boom económico de los 90, el descenso en el número de jóvenes y en el consumo de drogas violentas.
Tampoco hay pruebas para afirmarlo. No niego que la baja del número de jóvenes, los patrones de consumo de drogas o la economía influyan en la reducción de crímenes, pero es mucho más complicado que eso. Si uno se fija en ciudades como Newark y Nueva Orleans, en donde se aplicó la teoría y la expansión económica no fue tan notoria como en Nueva York, el crimen también se desplomó. Además, el argumento funciona en sentido inverso: en Harlem existen ahora áreas que viven una gran bonanza económica debido a la reducción de los índices de criminalidad.

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Si México se decidiera a imponer el orden en las calles, resultaría imposible erradicar la mendicidad…
Está claro. A mí nunca me ha obsesionado la eliminación de los pobres y mendigos de las calles. Pero puede cambiar la manera en la que operan algunos de ellos, porque una buena parte del fenómeno no es caridad, es extorsión. En el Metro y las calles de Nueva York sigue habiendo indigentes, pero ya no intimidan a los ciudadanos como antes. Lo mismo sucede con la prostitución o la venta de drogas: no se pueden eliminar, pero se pueden encauzar para que no aterroricen a la comunidad.

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Así que ¿cabe cierta tolerancia en la política de cero tolerancia?
La expresión “cero tolerancia” es errónea, porque da la impresión de que se puede eliminar la mendicidad, la prostitución o el tráfico de drogas, y eso no es verdad. Lo que se pretende es cambiar la manera en la que existen con el fin de que no resulten amenazas para la comunidad. Por eso creo más adecuada la metáfora de las ventanas rotas, pero por desgracia, fuera de Estados Unidos la expresión es poco utilizada.

-Si eres el “padre” de la teoría, ¿por qué no te asociaste con Giuliani para diseminar tus ideas por el mundo?
Mi relación con el ex alcalde ha sido amistosa pero distante, ya que soy un colaborador cercano de su ex jefe de Policía, William Bratton, y desde hace años los dos no se llevan muy bien. Sigo trabajando con la Policía de Nueva York, y no existe ninguna acritud con Giuliani. Siempre me ha dado el crédito de la idea, por lo que no tengo problemas con él.

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