El reino milenario

La estructura corporativa está herida de muerte
Max Clip

Podrán decir que soy un alarmista o que se trata de una cortina de humo. Pero varios amigos míos me han insistido en que el mundo corporativo está en vías de extinción. Si tal es el caso, les recomiendo que comiencen a despedirse de su seguro social, de sus aguinaldos, sus cajas de ahorro, sus valesotes de despensa y sus bonos de vacaciones. Igual, todo lo que digo está de más. Pero, créanme: cuanto antes se hagan a la idea de que estos beneficios habrán de desvanecerse en el delgado aire de nuestros sueños de grandeza privatizadora, mejor para ustedes.

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Lo que me han dicho es que todo esto es consecuencia del avance de la tecnología, que actualmente una oficina virtual o casera –SoHo las llaman los que hablan inglés y les da por leer revistas en ese idioma– reemplaza sin problemas (y con muchas ventajas) a la oficina tradicional. Lo que falta es “un cambio en la cultura corporativa de las empresas” y, ejem, que el servicio de teléfono sea más barato y las líneas tengan mayor ancho de banda. Si he de ser sincero, tengo mis dudas, y no tanto por el asunto del teléfono.

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Pero no pasa un día sin que alguien me insista que la vieja estructura corporativa –con todo y sus salas de juntas, sus computadoras y recibos de nómina, sus edificios de oficinas repletos de mobiliario con intenso olor a roble, sus cuadrillas de engominados ejecutivos asalariados, vestidos con el infaltable traje cruzado a rayas y las ubicuas corbatas de Hermès, cada uno armado con documentos en original y cuatro copias– está herida de muerte. No sólo habrá de desaparecer ante el implacable avance de la llamada “nueva economía”, dicen; ahora mismo, enfrente de nuestras propias narices, los empleados temporales, contratados bajo el esquema de cobro por honorarios (trabajos freelance, para mayores señas), han empezado a adueñarse de nuestros cubículos; y no falta mucho para que comencemos a compartir los servicios secretariales con ellos.

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La razón parece sencilla: bajo el actual estado de cosas, los costos de contratación se han comenzado a elevar de manera sustantiva. Mantener un espacio reservado para cada uno de los empleados –cubículo, secretaria y PC incluidos– es un lujo que muy pocos se pueden dar. Y no hablemos de las cuotas al Seguro, los recibos de luz y teléfono, el aire acondicionado, los lugares de estacionamiento, la comida de fin de año, en fin… para qué le sigo. Quizá lo más importante es que, mientras que en nuestros trabajos formales, de nueve de la mañana a cinco de la tarde, tenemos que ocuparnos de cosas que casi nunca nos satisface hacer, en nuestras ocupaciones freelance hacemos lo que realmente nos agrada hacer. A la larga, todos habremos de ser felices, desempleados y haremos lo que nos venga en gana con nuestro tiempo.

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Tomen, por ejemplo, esta columna. Yo no soy empleado de la revista; tengo otro trabajo. Pero pregúntenme qué disfruto más hacer y la respuesta les llegará en estas líneas. El proceso (cuando entrego a tiempo) es de lo más eficiente: yo escribo; Federico –el talentoso ilustrador de este espacio– dibuja lo que se le pega la gana; mientras, los editores sufren cuando entrego tarde y se ven obligados a revisar mi texto, aunque el mismo no les cause la menor gracia.

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¿Lo ven? Ahora imagínense un mundo que, según los visionarios de la tecnología, estará dominado por el comercio electrónico, los procesos de manufactura virtual y los documentos digitales. Antes de que nos lo podamos imaginar, todos estaremos inmersos en un océano de incertidumbre laboral; y la culpa no la va a tener ni el gobierno ni la estabilidad de la moneda. Así son las cosas: el entorno ha cambiado y no nos damos cuenta de ello. La Corporación (tal y como la hemos conocido) habrá de ocupar un discreto espacio en los museos o formará parte de las toneladas del desperdicio industrial generado durante el siglo XX. Sin embargo, tengo una duda que, por más que trato, no logro resolver: en un mundo sin empresas, ¿para quién trabajarán los colaboradores independientes? Quien tenga la respuesta, mándemela por e-mail.

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Por lo pronto, necesito apurarme para acabar este texto. Ya van dos veces que me llaman de Expansión y es la hora que no se los mando. Además, son casi las 11 de la noche y el poli de la entrada se asoma a mi cubículo por tercera vez para ver si ya “me paso a retirar”. Así que, con su permiso, aquí le corto. Afuera llueve. 

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