El retiro: una decisión consciente

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Nació en San Andrés Tuxtla hace 60 años. Está casado, tiene tres hijos y se retiró hace apenas unos meses. ¿Sus mejores momentos desde entonces? “Viajar a Europa con mi familia, regresar varias veces a mi tierra, mudarme a una casa nueva y sentirme total y absolutamente independiente.” En el caso de Agapito Lara Posse, el retiro fue una decisión consciente y bien pensada. Saludable, con los ojos brillantes y una sonrisa que no lo abandona, recuerda los 32 años de labor como ejecutivo comercial de Vidrioplano de México. “Mi fuerte son las ventas, siempre me han fascinado; incluso a la fecha ejerzo la actividad.”

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Para muchos, 60 años son todavía muy pocos. Cualquier persona a esa edad tiene aún la suficiente energía y fuerza para continuar con su carrera y alcanzar nuevas metas. No obstante, la mera conservación de la salud y la claridad mental no implica, necesariamente, la obligación de prolongar la actividad laboral durante un tiempo indefinido, ¿o sí? “De ninguna manera. Decidí retirarme a los 60; fue mi propósito desde hace algunos años. Y mis motivos son sencillos: quería ser autónomo, libre. El descanso nunca fue una razón; jamás pensé en el retiro para dedicarme a hacer nada, al  contrario.”

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Y en efecto, en la actualidad ocupa su tiempo en manejar varios negocios y brindar asesoría a diversas empresas. Gracias a su experiencia en el área comercial, primero en Núcleo Radiomil, más tarde en Casa Madero y finalmente en Vidrioplano de México, cuenta con los recursos personales y profesionales suficientes para replantear su vida conforme a otros esquemas. “Ser independiente significa mucho para mí. Ahora no tengo horarios fijos ni debo elaborar reportes sobre lo que hago o dejo de hacer. Sobre todo, puedo dedicarme a mis pasatiempos favoritos sin ningún tipo de presión. Uno de ellos es viajar. Cuando yo trabajaba en la empresa, por ejemplo, me costaba mucho abandonar mis labores porque soy muy perfeccionista. No podía moverme de la oficina hasta asegurarme de que todo estaba exactamente como debía. Ya no. Al fin soy dueño de mi tiempo.”

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Como cualquier persona que se retira, también se encuentra con mucho espacio para el ocio entre las manos, “pero lo dedico a otras aficiones. Me gusta leer, escuchar música, ver a la familia, hacer composturas en la casa. Platico más con mi esposa y puedo viajar con mayor frecuencia a San Andrés, mi tierra, para ver a mis padres. Ni pensar en hacer esto hace unos meses, cuando todavía trabajaba.”

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Pero la decisión de retirarse no debe ser fácil, mucho menos cuando la actividad que se realiza es satisfactoria. “Tuve que prepararme en todos sentidos, mental, sicológica y económicamente. Me parece que en México la gente no piensa en el retiro y deja que el tiempo pase sin tomar sus precauciones. Muchos compañeros vivieron esta circunstancia: se jubilaron y de inmediato cayeron en una depresión tremenda. Algunos lograron salir y otros no. Yo, en cambio, empecé a convencerme de que en algún momento debía dejar mi empleo porque creo que en la vida siempre hay un tiempo y un espacio para todo. El apoyo de mi esposa fue fundamental. Entre los dos planeamos el futuro y juntos tomamos la determinación, una de las mejores de mi vida.”

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Cuestión de sobrevivencia

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El tema del retiro forzosamente trae consigo ciertas implicaciones que no pueden relegarse a un segundo plano. La economía encabeza la lista, sin duda. Sobre todo porque ¿quién puede dejar el trabajo tranquilamente cuando carece del patrimonio suficiente para procurarse una vida digna, segura y, dentro de lo posible, confortable? Ya no digamos la posibilidad de divertirse o viajar, privilegios circunscritos a unos cuantos. Hablemos, más bien, de las necesidades básicas que aparecen en esta etapa de la vida humana.

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Las personas en edad avanzada requieren una atención especial, misma que no se limita a una simple supervisión médica. Si se encuentra discapacitado, por ejemplo, es probable que necesite llevar a cabo ciertas obras de adaptación en su casa; tal vez deba hacerse diversos análisis, llevar algún tratamiento específico o someterse a una o varias operaciones. El costo de tales eventualidades es muy elevado y, en muchos casos, imposible de sufragar, sobre todo cuando no se cuenta con un seguro que lo cubra. Junto al peligro netamente físico que involucra la incapacidad para hacer frente a los gastos, el sentimiento de inseguridad juega asimismo un papel fundamental: el miedo a enfermar o morir debido a la falta de cuidados adecuados se convierte en una carga emocional difícilmente llevadera.

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Muchos hombres y mujeres de 60 años o más se ven obligados a recurrir a su familia para sobrevivir, una cuestión que normalmente genera sentimientos de dependencia no deseados, baja autoestima y pérdida de objetivos. “La depresión en el anciano muestra muchas y muy variadas manifestaciones clínicas”, escribe José de J. Valencia Rodríguez en su libro Los cuidados del anciano (Editorial Diana, 1998), “ausencia de confianza en sí mismo, baja autoestima, llanto fácil, cansancio, fatiga, pensamientos suicidas, repetidos pensamientos relacionados con la muerte, dependencia aumentada, pérdida de apetito (o aumento del mismo), insomnio, pérdida de interés en las actividades cotidianas, agitación, dificultad para comunicarse, palpitaciones, incremento de la sintomatología de sus enfermedades, entre otras.”

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La ilusión de una pensión

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Es una excepción llegar a los 65 años y contar con un patrimonio económico estable, que permita al individuo no sólo atenderse en el aspecto fisiológico sino sentirse verdaderamente tranquilo para gozar al máximo de su libertad. En el documento Situación demográfica de México 1998 el Consejo Nacional de Población (CONAPO) establece que “más de la mitad de la población económicamente activa de México no está afiliada a alguna institución de seguridad social que alguna vez le permita jubilarse”. Entre el grupo de desprotegidos figuran los trabajadores del campo, del sector informal y los desempleados. En estos casos, es frecuente que la persona continúe en la realización de sus actividades habituales, o bien que participe en algún negocio familiar.

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Por otra parte, el número de quienes permanecen en un empleo es sumamente bajo; conforme a los cálculos presentados por CONAPO a partir de la Encuesta Nacional de Empleo, la tasa de asalariados de la tercera edad es sólo de 20% entre quienes tienen de 65 a 70 años. Y sólo 18% de la población mayor de 60 años goza de algún tipo de pensión.

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Además, las pensiones por vejez que establece la ley no resultan, ni con mucho, suficientes para cubrir las necesidades más básicas del individuo: 96% de las pensiones que otorga el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) son equivalentes a un salario mínimo ($1,137 pesos mensuales aproximadamente), mientras que las otorgadas por el Instituto de Seguridad y Servicios Sociales para los Trabajadores del Estado (ISSSTE) y demás instituciones estatales tienen un monto promedio de 1.5 salarios mínimos (alrededor de $1,705 pesos mensuales), según cifras de CONAPO.

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Así, la mayor parte de quienes se encuentran en este rango de edad usualmente debe acudir a sus familiares en busca de ayuda o, en el peor de los casos, resignarse a la soledad de uno de los sectores más cruelmente marginados por la sociedad. Lo anterior constituye la realidad de miles de personas que, no obstante su derecho a un descanso tranquilo y seguro, se encuentran en un estado de absoluta desprotección.

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“En una sociedad como la nuestra, donde la desigualdad social es tan profunda, el nuevo sistema de pensiones (Afores) no resulta del todo justo”, opina Octavio Cantón, del despacho Álvarez, Cantón y Peters, especialista en derecho laboral.

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“El monto de una pensión se calcula con base en lo que gana cada trabajador. Tanto el estado como el patrón aportan un porcentaje fijo sobre dicha cantidad. Así, quien tiene acceso a las mejores oportunidades recibe, al final, una pensión mayor a la de aquel cuya situación personal le impidió alcanzar un nivel más alto. El régimen anterior, en cambio, se basaba en el principio de subsidiariedad: buscaba mayor redistribución de la riqueza. Ahora, quien gana más, recibe más.”

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¿Anticiparse a la vejez?

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En palabras de Edgardo Zavala Alarcón, fundador de la Consejería Internacional de Empresas, doctor Honoris Causa por la Universidad de Guadalajara, condecorado con la Orden Nacional de la Legión de Honor de Francia, entre otras, y autor de Las 7 biorutas para la salud, el bienestar y la longevidad, “la vejez se va construyendo día con día desde la juventud. Uno no la puede planear a los 60 como si planeara la construcción de un edificio”.

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Sin duda, nuestra cultura le otorga muy poca relevancia al tema de la vejez y sus implicaciones, a pesar de que el número de mexicanos que llegan a los 60 años o más es cada vez mayor. El 5º Informe de Avances del Programa Nacional de Población señala que uno de cada 20 mexicanos se encuentra actualmente en este rango de edad, mientras que en 2030 la proporción ascenderá a uno de cada ocho mexicanos y, en 2050, a uno de cada cuatro. Las cifras dejan en claro la importancia de revisar cuanto antes el sistema de pensiones y la seguridad social en general, además de la necesidad de adoptar una actitud distinta frente al fenómeno de la vejez.

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“Yo me puse el término de 60 años para retirarme –comenta Agapito Lara–. Me anticipé bastante a ese momento e hice lo indispensable para cumplir mi objetivo en paz y sin problemas monetarios. Por un lado, afiancé mis relaciones con los clientes para así continuar los negocios con ellos desde un esquema independiente. Por el otro, aseguré una situación económica lo suficientemente estable para sostener a mi familia. Durante mucho tiempo me dediqué a ahorrar, a invertir mi sueldo. Jamás contraje obligaciones que no pudiera cumplir y nunca arriesgué el  patrimonio.”

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La actitud frente a la cuestión monetaria juega un papel preponderante por lo que toca al futuro. La costumbre del derroche y el gasto excesivo generalmente conduce a una merma patrimonial no siempre subsanable, sobre todo, cuando se pierde la energía para trabajar al mismo ritmo de antes. “Mi retiro no fue planeado ni mucho menos”, confiesa Antonio Noemi: “Simplemente se presentó la oportunidad y la tomé. Trabajé 40 años de mi vida y logré ahorrar una cantidad considerable. Eso me dio la seguridad necesaria para abandonar el negocio. Sin embargo, creo que en el pasado las cosas eran más sencillas. Ahora, los jóvenes se enfrentan a una situación compleja y deben hacer un esfuerzo extra. Nunca me cansaré de decirles a mis hijos que trabajen y ahorren lo más posible.”  

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