El silencio de los electores

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Sergio Sarmiento*

La política debe servir sólo para una cosa: permitirle a la sociedad alcanzar un mejor nivel de vida. Cuando la política se convierte más bien en un foro en que se dirimen intereses individuales o de grupos cerrados, la gente común y corriente pierde interés en ella.

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Si hay una lección clara de las elecciones del 6 de julio es que los mexicanos se han desinteresado de la política. Sólo así puede entenderse que solo 42% de los ciudadanos empadronados haya acudido a las urnas. Es verdad que se trató de una elección intermedia y que éstas generan siempre menor interés por parte de los ciudadanos. Pero en los anteriores comicios intermedios de nuestro país, los de 1997, la participación ascendió a 57%; es decir, 15 puntos porcentuales más.

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No debería sorprendernos que los mexicanos no se hayan sentido atraídos por las votaciones. Para empezar, el entusiasmo generado por el presidente Vicente Fox al principio de su mandato –construido sobre la base de expectativas inalcanzables promovidas por un político que prometió todo a todo el mundo– hace mucho que desapareció. Fox sigue teniendo buenos índices de popularidad: a la gente le cae bien, pero eso no es suficiente para comprometer a los ciudadanos a salir a votar. Además, la cacofonía de 11 partidos compitiendo sin propuestas concretas, o haciendo promesas claramente disparatadas, alejó sin duda a muchos electores.

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Pero la real decepción de los votantes surge de que la economía lleva dos años y medio estancada. Quizá no sea culpa nada más del presidente. Las condiciones internacionales han sido difíciles y la oposición legislativa se ha negado a aprobar algunas reformas que habrían permitido un mayor avance económico del país. Pero la experiencia en cualquier nación demuestra que cuando la economía va mal, el ciudadano común tiende a responsabilizar al gobierno.

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Y quizá haya un grado de razón. Un presidente que entiende bien su función, especialmente cuando no tiene una mayoría legislativa, debe dedicar la mayor parte de su tiempo y esfuerzo al cabildeo. Pero el presidente Fox se dedica a las funciones ornamentales de su cargo, a las inauguraciones y giras. La falta de un trabajo eficaz de negociación ha sido hasta cierto punto responsable de que no se logren los acuerdos para impulsar las reformas que necesita el país.

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Ése es el problema de Fox. El de los ciudadanos es que no tuvieron razón para votar. Y cuando no hay razón para votar, los ciudadanos suelen dejarle la decisión a los demás.

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*Comentarista en TV Azteca y columnista en el diario Reforma.

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