Empresa y valores

El autor es profesor de la Universidad Panamericana y del Instituto Tecnológico Autónomo de Méxi
Héctor Zagal Arreguín

Actualmente se habla mucho de ética de los negocios. Libros, consultores, guidelines de Business ethics. Hablar tanto de ética me recuerda un chiste. Eran finales de los años 40; Viena todavía estaba ocupada por los soldados soviéticos. Dos ancianas viajaban en un tranvía al lado de un soldado del ejército rojo. Rememoraban golosamente los tiempos de la abundante repostería vienesa: se podían comer pastelitos, panqués, chocolates y toda clase de golosinas que hicieron célebres los cafés de la ciudad del Danubio. El soldado soviético, molesto y con aire de dignidad, reprende a las ancianas: “Ustedes los austríacos sólo saben hablar de comida. Deberían aprender de nosotros los soviéticos, que hablamos de literatura, de arte, de cultura”. Una de las viejitas cándidamente responde al joven oficial: “Tiene usted razón, es que uno siempre habla de lo que carece”.

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La ética se ha puesto de moda. Hablar de valores, corrupción, educación moral, virtudes, no está fuera de lugar, ni siquiera en lugares tradicionalmente reacios a todo planteamiento ético, como lo son el “cruel” mundo de los negocios y el mundo de la política, donde –según la frase célebre de un igualmente célebre premier británico– “no existe ni el honor”.

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Detrás del parloteo de ética y valores, charlatanería con sabor de “moralina”, hay escepticismo. A finales del siglo XX la ética es cuestionada teórica y prácticamente como nunca antes lo había sido. ¿No será ésta la razón por la que hablamos tanto de ética?

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El director general grita al gerente de Recursos Humanos: “Contrata a una persona que distinga el bien del mal, aunque tengas que secuestrarlo...”. Y es que, como bien dice un amigo, la sociedad de consumo es tan consumista que hasta la ética se cotiza a la alza. Una verdadera revolución en el “cruel y despiadado” mundo de los negocios.

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Una ojeada a la sección de Business de cualquier librería basta para constatar que la ética de los negocios está de moda. Los terribles Chief Executive Officers (CEOs) y los deans de las mejores escuelas de negocios están preocupados por el tema de la ética. Por ejemplo, no hace mucho se publicó el artículo “Reengineering the MBA” en la revista Fortune. El autor, Brian O’Reilly, incluye a la ética como una cualidad del MBA demandada por el mercado.

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Algo novedoso, si se tiene en cuenta que hace poco las convicciones morales eran consideradas un estorbo en los negocios. ¿No se repetía Business are Business?

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Hoy por hoy, existe mayor sensibilidad ética en el entorno empresarial. Pero es igualmente cierto que esta “sensibilidad ética” no es tan sólida como ingenuamente suponen algunos. La enorme cantidad de libros publicados sobre el tema no implica un aumento de moralidad empresarial. David Messick, profesor de la Kellog’s Business School de la Northwestern University, señala que a la mayoría de los estudiantes hay que obligarlos a asistir a los cursos de ética. Los alumnos ven estos cursos como pastillas de “moralina”. Si esto piensan los selectos estudiantes de Kellog’s, ¿qué podemos esperar de los menos selectos?

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Me temo que la Business Ethics es, en la mayoría de los casos, una moda. Así como en su momento estuvo de moda hablar del liderazgo japonés, de la administración por objetivos, de la excelencia y la calidad total, ahora se habla de ética. Dicho paradójicamente, el actual interés por la ética tiene mucho de frivolidad.

- -MUNDO VITAL Y MUNDO TECNOESTRUCTURAL
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El resultado de la modernidad es la ruptura de la vida humana. El hombre cortado por la mitad. Por un lado, se encuentra el mundo vital –el lebenswelt– donde tienen lugar las cosas amables de la vida. Es la esfera de las relaciones familiares, de las amistades y la vida de relación con Dios. El mundo vital está regido por la lógica del desinterés, pues ni la familia, ni las amistades, ni Dios, son una inversión económica. Cuando lo son, se convierten en matrimonio por conveniencia, en relaciones profesionales y en magia (Dios al servicio del hombre).
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Por otro lado, se encuentra la tecnoestructura, la lógica de la eficacia. La filosofía de los resultados gobierna el mundo tecnoestructural. Es el mundo de los asuntos serios, de las actividades productivas: Estado, Ciencia y Mercado. Es la esfera de la política, de la investigación científica y tecnológica, de los negocios. En el mundo tecnoestructural no hay espacio para el desinterés y la piedad. Gobierno, Empresa y Universidad están regulados por la lógica del mayor provecho posible. Lo importante es el máximo de utilidades con el mínimo de inversión.

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El fruto de la modernidad es la escisión de la realidad: dos sectores incomunicados, aislados, cada uno con su propia escala de valores, con sus reglas de juego. El mundo vital se construye en torno a la comunidad (familia, sociedad, Dios) y se rige por tres valores: a) solidaridad, b) compasión y c) dependencia. No hay mundo vital sin solidaridad. Sin actitudes solidarias no hay vida comunitaria, no hay familia ni amistad.

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La compasión es un valor aglutinante. Compadecer y ser compadecido son actos socialmente aceptados en el mundo vital. Todos debemos compadecer a quien sufre, y todos deseamos ser compadecidos cuando sufrimos.

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Y, finalmente, la dependencia. En el mundo vital, somos conscientes de que dependemos los unos de los otros. Ningún hijo se avergüenza de depender de sus padres y ningún cónyuge se avergüenza de depender de su pareja.

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Por el contrario, el mundo tecnoestructural se exige en torno al individuo. La tecnoestructura es individualista. Sus valores son el éxito, la competencia y la independencia. Es el mundo del cowboy, hombre independiente, autárquico que no necesita de nadie, que no gusta de pedir ayuda, que resuelve sus problemas solo y no mendiga compasión. Lo importante es el éxito, la autorrealización, ya en el mercado, ya en la ciencia, ya en la política. Al cowboy únicamente le interesan sus tierras y su ganado: su mundo termina en las fronteras de su rancho. Si llueve o graniza más allá, sólo le importa en la medida en que afecta sus intereses de vaquero.

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El mundo vital está desligado del mundo tecnoestructural. La familia se ha mostrado incapaz de funcionar racionalmente y de exigir a los hijos una sana independencia. El empresario, que es despiadado con sus empleados y competidores, no tiene arrestos para reclamarle a su hijo por reprobar una materia o por llegar borracho a casa. La familia se ha convertido en una escuela de sentimentalismo, ayuda de racionalidad, un nicho de pura compasión y de “apapacho” y proteccionismo.

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Paralelamente, el mundo tecnoestructural es árido: reacio a toda piedad, a toda dependencia. El fracaso en la tecnoestructura adquiere unas connotaciones morales. No tener éxito es un pecado. La competencia es un imperativo moral; la colaboración, una idiotez, una ingenuidad. La independencia es un ideal y la dependencia, una maldición.

- -LA ESQUIZOFRENIA MODERNA
- La consecuencia salta a la vista. El hombre moderno vive en dos reinos. De lunes a viernes, el mundo formal de los negocios, la ciencia y la política. El mundo suave, dulzón, almibarado, el fin de semana. La tecnoestructura es racionalista; el mundo vital sentimentaloide. Ambos son un desbordamiento, bien de la razón técnica, bien de la afectividad.
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El mundo vital se constituye en escuela de sentimentalismo, ausente de compromisos, sin reglas, sin deberes y sin autoridades. El matrimonio pierde su dimensión de contrato y queda reducido a un amancebamiento sentimentaloide. La autoridad paterna no se ejerce, pues todo mandato es una “imposición”. La amistad se considera como mera compañía para “pasarla bien” sin compromisos. La religión se reduce a un paliativo, más o menos azucarado, para tranquilizar los deseos de inmortalidad y aminorar el temor al sufrimiento. Se asiste a la iglesia para sentirse bien, y se adora a Dios para sentirse bien con uno mismo. El mundo vital es irracional y subjetivista, y rinde culto a lo espontáneo. Lo relevante en el mundo vital es que lo que hagamos “nos nazca”. Es el mito de la espontaneidad.

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La tecnoestructura, en cambio, se postra ante el mito de lo “hechos”. Es un ambiente inhóspito, de contratos y pactos legales, de procedimientos y reglas, donde el deber se debe cumplir por puro amor al deber (o al dinero); ahí la autoridad se afirma arbitrariamente, “porque sí”. La tecnoestructura es un mundo del qui pro quo, donde nada es gratis: toma y daca, donde sólo se da algo a cambio de otra cosa, donde todo tiene que estar pactado rigurosamente, especificado en un documento, donde no hay regalo, y todo se cobra, donde no hay que salirse de los caminos permitidos por la autoridad. La amistad, la solidaridad, lo amable, no tienen cabida ahí. Es el mundo frío y calculador de los negocios, en él no existe ni honor, ni Dios, ni moral ni familia. La tecnoestructura es racionalista y objetivista.

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El hombre moderno tiene la interioridad resquebrajada. Vive un mundo fragmentado e irreconciliado, un mundo alienado y alienante.

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El concepto de hombre y de mundo, requerido en cualquier ética, está expulsado del reino de la ciencia. Dios y la visión del mundo son tópicos sentimentales, de la fe, no de la ciencia, no de la razón sólida. Dios es un objeto de la afectividad –dicen los modernos–, no un objeto de estudio. El concepto del hombre y del universo no es un asunto público, es un asunto privado, como también la religión, de literatura, de superstición. La ley de la gravedad y el óptimo de Pareto, en cambio, sí son algo objetivo y “serio”. Sí puede haber acuerdo sobre ciencia y economía, sobre política monetaria y flujos de efectivo, pero no sobre Dios y nuestra visión de la vida.

- -LA ÉTICA EMOTIVISTA Y LA ÉTICA UTILITARIA
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Despojada de su justificación racional teórica, la ética –y con ella la política, la tecnología, la economía, la ciencia positiva, el derecho– queda aventada al ámbito de lo puramente práctico. Es transformación pura sin marcos teóricos. Las actividades de la razón práctica (ciencia, ética, política, economía) únicamente tienen sentido en la medida en que funcionan, en la medida en que reportan resultados, en la medida en que son útiles, y nada más.
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Una ética así construida es una ética endeble, una ética víctima de los vaivenes de los gustos personales y los altibajos del mercado. La ética neoliberal es un código de conducta postulado por la autoridad para salvaguardar las ganancias y utilidades de empresas y Estado, o cuando mucho una serie de consejos sentimentales, vividos irracionalmente en una comunidad afectiva (familia, amistades, iglesias).

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La Modernidad neoliberal –y con ella muchas empresas– es incapaz de entender la ética como algo estructural, como modo de ser, inherente a la naturaleza de toda actividad económica, técnica y política. El drama de la ética moderna es que no es un - modus vivendi anclado en un modus operandi sin más anclaje que la afectividad y las utilidades.

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La ética emotivista construye las normas éticas a partir de los sentimientos, de las emociones, de la espontaneidad. Es bueno lo que “nos nace”, lo que sentimos, lo que brota llanamente. Es una ética de la autenticidad, entendiendo por “autenticidad” la afectividad. La finalidad perseguida por esta ética es un estado de satisfacción subjetiva. La ética emotivista quiere que el hombre “se encuentre bien consigo mismo”, pero este “encontrarse bien consigo mismo” carece de parámetros externos y naturales de objetividad. No es un estado de satisfacción equivalente al cumplimiento de unos deberes universales, necesarios y objetivos; es el resultado de satisfacer espontáneamente –léase, “caprichosamente”– unos apetitos, tendencias, deseosos o inclinaciones. Tal justificación –salta a la vista– está difundida en el mundo vital. Familia, religión y amistad son espacios sentimentaloides, donde difícilmente puede entrar el sentido del deber y de la exigencia. Nuestras relaciones con Dios, con los familiares y con los amigos se guían por emociones y sentimientos, no por la razón. Así, ante la posibilidad del divorcio, no se argumenta racionalmente, sino que se exclama “pobrecito, ¿cómo va a echar a perder su vida?”, o ante el cumplimiento de una exigencia religiosa se dice, “yo no adoro a Dios, porque no siento nada”.

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La ética utilitarista se justifica por los resultados. Las normas éticas se legitiman por su utilidad. En un pueblo en el que nadie roba, se gana más dinero; en un gobierno sin corrupción, los procedimientos burocráticos son más expeditos; en una empresa en donde se confía en los demás, se fomenta la iniciativa de los empleados. La finalidad de la ética utilitarista es mantener en marcha la tecnoestructura, es una ética aceptada por su eficacia. Su finalidad no es “realizar al hombre”, ni “hacer mejores hombres”. Su meta es hacer óptimo el funcionamiento de los mecanismos políticos, económicos y sociales. La agilidad de estos mecanismos redunda en las ganancias de cada uno de los individuos que trabajan dentro del sistema, luego la ética –lubricante de la maquinaria– está justificada. El utilitarismo justifica a la ética como se justifica una inversión en tecnología: vale la pena invertir, porque el gasto se amortiza, porque genera utilidades.

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La ética no es obstáculo para la libre empresa, sino su condición de posibilidad. El éxito de una empresa no está en proporción directa a su falta de ética. La existencia de organizaciones que pueden funcionar sin ética es algo muy relativo y cuestionable. Doy dos razones:

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Ninguna organización ni persona carece completamente de ética. Incluso los delincuentes tienen unas normas éticas. Piénsese, por ejemplo, en la cosa nostra. Los mafiosos –cuyo negocio es esencialmente inmoral– funcionan y subsisten gracias a que tienen un sentido de lealtad muy hondo. La auténtica fuerza de El Padrino no proviene de las ráfagas de sus metralletas, sino de la cohesión interna –lealtad y fidelidad– de sus ahijados.

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Las organizaciones que programáticamente funcionan al margen de la ética, requieren de otras organizaciones o personas que sí funcionen éticamente. Un estafador difícilmente puede ganar dinero a costa de otro estafador. Si yo vendo a un sinvergüenza la torre Eiffel, muy probablemente me pagará con un cheque de hule.

- -PRINCIPIOS DE LA CULTURA ÉTICA EMPRESARIAL
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¿Cómo evitar que la ética en la empresa sea un conjunto de normas muertas, un código de conducta inerte, un sobrepuesto en la estructura? Dicho de otra manera, ¿cómo evitar que la ética empresarial sea como una gringa vestida de china poblana? La respuesta es sencilla: haciendo que la ética sea cultura viva. Incorporada a la estructura y operación de la empresa. La sencillez de la respuesta contrasta con la complejidad de su ejecución. ¿Cómo hacer que la ética sea cultura en una empresa? Para que un proyecto ético sea viable en una empresa, hace falta el respeto a varios principios elementales:
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Principio de totalidad. La ética sólo tiene sentido cuando se aplica al todo. No pueden existir dos morales: una interna y otra externa: o una moral para los trabajadores y otra para los ejecutivos; o una moral para clientes y una diferente para proveedores. La doble moral se aniquila a sí misma. La cultura ética de una empresa revienta cuando al gerente de compras se le exige que “jinetee” los pagos a proveedores, y al tesorero, una honradez intachable.

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Principio de consistencia. Se dice que un sistema es consistente cuando carece de contradicción interna. Consistencia es la coherencia entre principios y conclusiones, o entre el ideario corporativo y las acciones concretas de la dirección. No hay consistencia en las empresas que, por un lado, apelan a la lealtad de los individuos a la institución, y por el otro, importantes ejecutivos cuyos sueldos son establecidos sin transparencia en el procedimiento. Si la dirección exige lealtad a sus empleados, debe ser leal con ellos y mostrarles por qué las “nuevas adquisiciones” ganan más dinero que los empleados antiguos. Tampoco hay consistencia en la empresa que habla de dignidad humana, por un lado, y por el otro tiene preferencias raciales en sus contrataciones.

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Principio de gradualidad. Todo ser humano está obligado a comportarse éticamente. Cierto. Pero es igualmente cierto que a más educación corresponde más responsabilidad. En la empresa se debe esperar un comportamiento ético de todo empleado, pero esta exigencia debe ser gradual, es decir, mientras más importante es un cargo, más se debe exigir. El director general está obligado a ejercer sus gastos de representación con un cuidado exquisito, como también debe hacerlo un ejecutivo medio, pero en todo caso, lo que en un ejecutivo medio es reprensible, en un director general es imperdonable. A mejor sueldo, más exigencia ética. Paradójicamente, se suele hacer justo al revés. A la empleada de limpieza no se le permite que pierda los 10 minutos que un alto ejecutivo pierde boleándose los zapatos –por cuenta de la empresa– a la puerta de un restaurante de lujo. El principio de gradualidad no exime de responsabilidad ética a algunos empleados, sencillamente hace notar que la falta de formación y el entorno social y familiar deben tomarse en cuenta a la hora de exigir un comportamiento ético. Por supuesto, la contratación de un alto ejecutivo debe hacerse tomando en cuenta sus hábitos éticos. Es absurdo poner un patrimonio en manos de un corsario o pirata, por muy bueno que sea “haciendo negocios”. ¿Quién me garantiza que el primer buque saqueado no será mi empresa?

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Principio de ejemplariedad. Me he referido intencionalmente a la dirección general, porque en las organizaciones todo mundo mira hacia arriba, y si la ética no se derrama desde la cúspide, difícilmente podrá subir desde la base. Un proverbio chino recoge esta última idea: “Si el emperador es un dios, el imperio está poblado de santos. Si el emperador es un santo, el imperio está poblado por gente honrada. Si el emperador es una gente honrada, el imperio está poblado por ladrones. Si el emperador es un ladrón, el imperio ya no existe”. A pesar de tratarse de una idea obvia, en la práctica suele olvidarse. En el fondo, los hombres afirmamos el refrán popular: “Lo que en el pobre es borrachera, en el rico es alegría (o compromiso social)”. El ejemplo arrastra para bien y para mal, y los cargos directivos están a la vista de todo el mundo.

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Principio de cascada. Para transformar una empresa tradicional en una empresa de tercer tipo, es decir, en una empresa humana (ética y racional) el cambio debe arrancar de la punta más alta. Esto es especialmente importante en aquellas medidas que afectan intereses creados en la organización. Cercenar los comportamientos amafiados desde abajo o desde los sectores medios de la organización, provocará un malestar que será agravado por el contraste con la tolerancia con los directivos. El cambio cultural en una organización –no así en la sociedad civil– debe derramarse paulatinamente desde la dirección.

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Puede compararse la ética con el instructivo de funcionamiento de un auto. Cuando se compra un coche nuevo, el vendedor nos entrega un manual con indicaciones para el buen uso del vehículo. Se nos indica, por ejemplo, que no debemos correrlo a más de 80km/hr durante los primeros 1,000 kilómetros. Se trata, evidentemente, de una prohibición. El dueño puede molestarse con el vendedor y decirle “a mi nadie me dice que debo hacer con mis cosas, yo hago con mi coche lo que yo quiero”. Pero en tal caso, el auto se estropeará en poco tiempo.

- -PARA REFLEXIONAR
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La ética –y por tanto la ética de los negocios– es una guideline para el óptimo uso de la naturaleza humana. Sólo comportándonos éticamente podremos explotar todas las capacidades de la naturaleza humana. Equivocadamente se piensa que el comportamiento irracional, es decir el comportamiento no-ético, realiza al ser humano. Falso. La ética no es una lápida que aplasta la personalidad, como la piedra que cargaba el mexicanismo Pípila. La ética es una plataforma para desarrollar la personalidad, es un trampolín para un desarrollo pleno.
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Suele identificarse a la ética con los códigos prohibitivos. Esta es una visión reductiva y patológica de la ética. Ciertamente, los códigos éticos prohiben algunos comportamientos –por antinaturales– pero al lado de esas prohibiciones, la ética promueve una multitud de comportamientos positivos. Por ello algunos autores prefieren hablar de ética de virtudes, más que de ética de reglas. En la ética de los negocios se nos puede prohibir dar cierto tipo de regalos, pero junto a esa prohibición existe una dimensión positiva: sé justo. Y la justicia se puede vivir de muchas maneras: vendiendo automóviles, cobrando por reciclar basura, fabricando insecticidas, desarrollando software, capacitando secretarias. Las virtudes son un abanico inabarcable de posibilidades. Para los griegos y los medievales, la ética era el arte de lograr la felicidad de acuerdo con la propia naturaleza, y la naturaleza humana es multiforme.

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La ética no es algo que se añade a la empresa única y exclusivamente para incrementar utilidades. La ética es una dimensión natural del hombre, como lo es su cuerpo. Sin duda, vivir éticamente exige esfuerzo; comportarse habitualmente al margen de la ética lo exige también. Además, si guardar la línea exige privaciones (dieta, horas de gimnasio, etcétera), no debe extrañarnos que el desarrollo de los “músculos” éticos exija privaciones.

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En todo caso, debe escaparse a la tentación de legitimar la ética porque es útil, porque ahorra dinero. La ética se legitima porque es natural, porque es humana. Lo otro son refuerzos, retroalimentación. La ética se legitima porque es el camino por donde el hombre se realiza como ser racional y solidario. Mientras la empresa no asuma este principio, me temo que la ética seguirá siendo “una extraña entre nosotros”. Decía Baltasar Gracían, “lo bueno, si breve, dos veces bueno; lo malo, si breve, no tan malo”. Yo espero no haber sido tan malo.

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