En buen plan

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El 31 de mayo el presidente Ernesto Zedillo Ponce de León presentó el Plan Nacional de Desarrollo 1995‑2000. De nueva cuenta, el gobierno de la república expuso a los mexicanos un documento que propone objetivos de largo alcance y que apuntan al desarrollo integral del país.

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Con un discurso elocuente aunque sobrio, Zedillo hizo lo que para muchos analistas fue su segunda toma de posesión. El mandatario, es cierto, había pasado los primeros seis meses de su sexenio como bombero tratando de luchar contra los rigores de la actual crisis económica. Una vez que la emergencia se encuentra relativamente controlada, el titular del poder ejecutivo pasa de lo reactivo a lo propositivo y busca empujar la batuta. No hay que pasar por alto que una de las principales críticas a la administración zedillista había sido el señalamiento de que carecía de objetivos de largo plazo, y no sólo eso, sino que le faltaba establecer un rumbo, demostrar a la sociedad que sabía a dónde va.

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Pues, bien, una vez que tiene oportunidad de tomar la iniciativa, el actual gobierno no escatimó recursos y esfuerzos para elaborar su plan de desarrollo. Hasta ahí las cosas parecen ir bien. El diagnóstico es bastante fidedigno, el tono del documento es realista y nadie puede estar en desacuerdo con el conjunto de propuestas ahí esbozadas. El pero ‑que nunca falta‑ es que ya conocemos el qué, pero nos falta determinar con detalle el cómo.

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El plan es irreprochable en términos generales. Por supuesto que todos los mexicanos queremos fortalecer el ejercicio de la soberanía, aspiramos a un pleno estado de derecho, así como a una mayor democracia, además de anhelar un amplio desarrollo social y el crecimiento económico. Lo que muchos analistas y ciudadanos comunes y corrientes han apuntado con insistencia es que el documento no convence en cómo se le va a hacer "para llegar de aquí, del infierno calcinante de la desocupación y el desaliento, al paraíso de sus promesas", como escribió Adolfo Aguilar Zinser en un artículo publicado en un diario capitalino. El problema no son las intenciones, sino el camino y los medios para llegar a ese estado ideal de bienestar para las familias mexicanas.

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Con todo, existen en el plan importantes novedades y aportaciones. Se fija la meta de crecer, luego que la economía mexicana habla sido sometida a un tratamiento para retraerla. Además, una de las claves para crecer es el aumento sustancial del ahorro interno, el de los mexicanos. En teoría, de aquí en adelante la propuesta es propiciar la inversión productiva y depender menos de los flujos de capital especulativo. Tal cambio de dirección es una buena nueva. Implícitamente se esta aceptando que el rumbo seguido antes ya no es válido y que hay que cambiar lo que ya no funciona. Finalmente, además de reconocer la realidad actual de la economía nacional, existen elementos en el plan que pueden generar certidumbre en los plazos mediano y largo, algo por lo que los mexicanos clamaban ya.

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Por lo pronto, y en buen plan, habrá que esperar a que las intenciones plasmadas en el documento se vayan reflejando en la realidad. Como se ha dicho tantas veces, hasta no ver, no creer.

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