En la cresta de la ola

Rohm and Haas
Gerardo Moncada

El flujo y reflujo de cambios en los mercados y en los sistemas productivos suelen provocar escalofríos en las empresas.

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No es este el caso de Rohm and Haas; es más, el cambio es la piedra angular de su estrategia comercial. Para ello, dedica grandes esfuerzos para identificar las tendencias sociales e industriales que le permitan subirse oportunamente a la cresta de la ola y estar entre los primeros que se deslizan hacia los nuevos contextos.

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Parte del selecto grupo de las 500 empresas más grandes del mundo, sus ventas anuales de polímeros, acrílicos, agroquímicos y especialidades en electrónica superan los $4,000 millones de dólares.

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Esta empresa nació con el siglo y hoy cuenta con plantas en más de 100 países. En 1942 inició sus operaciones en México; 18 años después instaló una planta productiva en Apizaco, Tlaxcala, la cual marcha al día en lo que se refiere a certificaciones internacionales.

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En 1994 consiguió la certificación ISO-9002, por el control de calidad en sus procesos, y en octubre pasado la ISO-14001, por su sistema de administración ambiental.

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Y va por más. Hoy, Rohm and Haas anuncia que comenzará a trabajar para obtener el próximo año la ISO-18000, certificación que aún está en elaboración y que evaluará los aspectos de seguridad e higiene industrial.

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En esta charla, Carlos Estévez, vicepresidente y director regional de América Latina, subraya como fundamental que la firma se adelante al surgimiento de las normas. “Nosotros trabajamos con 15 o 20 años de anticipación. Cuando salen las normas nos resulta más fácil ajustarnos a ellas”, menciona.

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¿A qué obedece tal puntualidad en el cumplimiento de las normas?
A mediados de los años 80, Rohm and Haas adoptó los principios de calidad total y de mejora continua. Después apareció la ISO-9000. Esta norma, independientemente de que cada vez es más requerida por nuestros clientes, se convirtió en una garantía de la calidad de nuestros procesos, servicios y productos; además, como exige auditorías cada seis meses, nos fuerza a mantener vivos todos esos procesos. Lo mismo pasó con la ISO-14000 y lo será con la ISO-18000. Nosotros aprovechamos las virtudes de la norma para mejorar en forma permanente nuestros procesos y garantizar a los clientes la calidad de los productos y los servicios, así como para demostrarle a las comunidades donde están nuestras plantas que éstas son seguras y limpias.

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Esto implica gastos sustanciales: durante la última década se calcula que se gastaron $1,700 millones de dólares en el cuidado ambiental.
El gasto es independiente de la norma. Igual lo hubiéramos hecho. Durante los últimos 15 años hemos instrumentado programas para que nuestras plantas sean amigas del medio ambiente. Para obtener la ISO-14000 sólo invertimos tiempo en adecuar la documentación a la norma.

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Desde hace dos años, un grupo de empresas multinacionales llamadas Iniciativa Gemi comparte su experiencia administrativa con empresas mexicanas. ¿Ustedes se han planteado algo así?
Sí. Estamos abiertos a compartir nuestra experiencia con todo aquel que la requiera. Inclusive con empresas competidoras.

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¿Establecerían algún requisito?
Bueno, el requisito fundamental está dado en la seriedad con que la otra empresa esté dispuesta a actuar, que no sólo sea un ejercicio labial. Estamos dispuestos a mostrar qué hemos hecho, la manera como tratamos las cosas, cómo nos hemos preparado, cómo entrenamos a la gente, cómo hemos elaborado nuestros manuales...

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¿Cree que para las paraestatales mexicanas podrían ser una buena influencia el tipo de mejoras operativas que ustedes han desarrollado?
Es una buena experiencia para todos. De hecho, no tenemos la exclusividad en este tipo de acciones. En México hay una empresa química, Negromex, que ya obtuvo el certificado ISO-14000 para una parte de su planta.

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Mucho se ha hablado en México de la privatización de la petroquímica. ¿Creen que una acción de este tipo impulsaría medidas de cuidado ambiental?
Puede acelerar el proceso. La iniciativa privada se mueve mucho más rápido que las empresas estatales. Eso ocurre en todo el mundo.

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Generalmente, aunque México quizá sea una excepción, en las empresas estatales los principales cargos son políticos; de ahí que no existe mucha continuidad en la dirección. A su vez, las empresas dependen de cómo encajan dentro del presupuesto nacional, y sabemos que en Latinoamérica los presupuestos suelen ser deficitarios. En consecuencia, la actividad de estas empresas se encuentra limitada por su capacidad para endeudarse o para desarrollar acciones administrativas.

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Basado en las experiencias internacionales, creo que sí: conforme avance la privatización las compañías que adquieran las petroquímicas, ya sean multinacionales o empresas mexicanas, van a acelerar el proceso de cuidado ambiental.

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¿Tienen ustedes interés por participar en dicha privatización?
Tenemos interés en todo aquello que esté dentro del negocio de Rohm and Haas. Comprar compañías simplemente para vender más, no es nuestro objetivo.

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Nos interesa ganar dinero, pero estamos convencidos de que podemos hacer un trabajo mejor que sus actuales dueños y crear sinergias con lo que ya tenemos, de tal manera que uno más uno en vez de dar dos nos dé tres.

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Si logramos encontrar oportunidades, a través de la privatización o en la empresa ya privatizada, que nos permitan crecer de una forma rentable, Rohm and Haas está dispuesto a invertir.

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¿Cómo percibe Rohm and Haas el sector químico mexicano?
Va a continuar creciendo. Se están dando condiciones con la globalización, la apertura de las fronteras, el TLC y la asociación de libre comercio que se pretende establecer en América Latina.

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Vamos a llegar a un punto donde cada país producirá aquello para lo que tiene mejores condiciones. México tiene recursos naturales fantásticos, principalmente de petróleo; entonces, la petroquímica va a ser un factor importantísimo, como lo ha sido hasta ahora, del crecimiento mexicano.

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Las empresas químicas que dependemos del petróleo también se verán beneficiadas. Las oportunidades van a estar ahí. En áreas donde México no es tan competitivo a nivel mundial, deberá importar.

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En el mercado mexicano, ¿qué área de Rohm and Haas tiene mejores perspectivas?
El sector más atractivo es el de las emulsiones acrílicas, es decir, la industria de tintas, la textil, la del papel. Ese es el mayor negocio de Rohm and Haas.

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A pesar de que estamos avanzando a pasos acelerados en productos químicos para la industria electrónica, no veo que en los próximos tres o cinco años nuestro portafolios de productos mude sustancialmente.

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México importa agroquímicos...
En ese sector nuestra presencia es pequeña comparada con otros países. Producimos fungicidas, herbicidas y ahora insecticidas. Tenemos planes para México, pero el negocio de agroquímicos es muy regulado, exige registro de productos y otros trámites, como pruebas de campo. Estamos en ese proceso.

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Hoy nuestras ventas de agroquímicos representan aproximadamente 10% respecto de las ventas totales en México ($80 millones de dólares). Aspiramos a un mercado de $20 millones en dos o tres años más.

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La industria química se ha visto involucrada en diversos problemas como accidentes, contaminación de entornos naturales o fabricación de plaguicidas que han causado estragos. ¿Cómo enfrenta Rohm and Haas esta situación?
Son percepciones y es difícil trabajar con ellas. En primer lugar, tenemos una política de puertas abiertas. Todo lo que hacemos, así como su posible impacto en el ambiente está a disposición de las autoridades mexicanas y del público en general. En la planta de Apizaco, por lo menos dos veces al año efectuamos un open house: invitamos a los vecinos a la planta, para que sepan cuáles son los materiales que utilizamos y cómo tratamos nuestros desechos; eso los tranquiliza, elimina la sensación de que podemos perjudicar sus vidas.

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Se ha denunciado que algunas multinacionales venden en el Tercer Mundo agroquímicos proscritos en los países industrializados.
Eso se dice, pero realmente no es así. Sucede que las empresas creadoras de moléculas, como Rohm and Haas, a veces descubren cosas que no identificaron al principio. Conforme avanzan tecnológicamente se pueden topar con situaciones equis que llevan a la empresa a decir: “Este producto no se va a comercializar más”.

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Sucede a su vez que esos productos ya están fuera de patente y se conocen por su nombre comercial, de manera que otras empresas los producen y venden bajo el nombre genérico. Ahí ya es difícil mantener el control y a veces los justos pagamos por los pecadores. Creo que hay bastante desinformación en cuanto a la industria de agroquímicos.

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¿Alguno de sus productos está prohibido?
Ninguno. No voy a decir que no hemos tenido problemas, pero en tal caso hemos sacado los productos del mercado. Eso hicimos hace 25 años con un herbicida para arroz, llamado TOK; en otra ocasión lanzamos al mercado un raticida que, mal empleado, podía tener algunas consecuencias y decidimos retirarlo. Mantenemos una conducta muy consistente que viene desde el fundador de la empresa. Además, los productos están bajo revisión de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA), que los verifica cada cinco o 10 años. Eso ha hecho con nuestros productos Dithane y Macusete, sin problema alguno.

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