Engañoso superávit

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Sergio Sarmiento

El autor es columnista del diario Reforma y comentarista económico de Televisión Azteca.

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Después de registrar un déficit comercial de $18,000 millones de dólares en 1994, el cual se tradujo en un déficit de cuenta corriente de $29,000 millones en ese mismo año, el gobierno ha subrayado en 1995 el logro de un superávit comercial.

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Es lógico que en un año difícil busque resaltar los hechos que considera positivos. Su actitud hacia la transformación del déficit comercial en un superávit es particularmente significativa porque, como lo demuestran las declaraciones en ese sentido de los principales funcionarios, el actual gobierno esta convencido de que la devaluación del peso en diciembre de 1994 y principios de 1995 fue consecuencia de un peso sobrevaluado que generaba ese déficit. A sus ojos, el déficit era una enfermedad y la devaluación una medicina diseñada para tratarla.

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Hay razones para pensar, sin embargo, que el diagnóstico gubernamental no fue el correcto. Si la sobre valuación del peso hubiera sido la enfermedad, y el déficit su manifestación, la medicina devaluatoria habría tenido inmediatas consecuencias positivas.

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Y esto era lo que pensaban los funcionarios del gobierno que asumió el poder en diciembre de 1994. Si se devalúa el peso, argumentaban, aumentarán las exportaciones y se reducirán las importaciones. Esto disminuirá las presiones sobre la moneda y permitirá bajar las tasas de interés; se protegerán las reservas internacionales y habrá un mayor crecimiento de la economía una vez terminado un ajuste temporal.

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El escenario no se cumplió. Aunque la devaluación aumentó las exportaciones ‑pero apenas 10 puntos porcentuales sobre el ritmo de crecimiento (más de 20% al año) que teman con anterioridad‑ las importaciones se detuvieron, pero, todos saben que sólo por un tiempo muy breve, ya que la inflación que produce la devaluación pronto erosiona cualquier ventaja competitiva.

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Por otra parte, lejos de eliminar las presiones sobre la moneda, la devaluación las aumentó, por lo que las tasas de interés, en lugar de bajar, subieron a los niveles reales más altos de la historia. Las reservas internacionales las perdimos todas (hoy las que tenemos son prestadas). Ante esta situación, el crecimiento económico, en vez de aumentar y generar bienestar para la familia, se desplomó y abrió el camino a una de las recesiones más fuertes de la historia.

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Varios de los principales funcionarios gubernamentales que promovieron la devaluación se espantaron después por sus consecuencias. Pero varios economistas, incluyendo a Pedro Aspe, quien a lo largo de seis años en Hacienda se opuso a cualquier devaluación brusca, sí previeron la reacción.

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Quizá el problema es que el diagnóstico estaba mal desde el principio. Las autoridades estaban tan convencidas de que el mal era el déficit de cuenta corriente, que no se percataron de que en el pasado el país ha devaluado con superávit. La balanza de la cuenta corriente no tiene nada que ver con la estabilidad del tipo de cambio. No entendieron tampoco lo que el propio gobernador del banco central afirmaba: que para un país en desarrollo, un déficit de cuenta corriente es simplemente un indicador de que se están atrayendo capitales del exterior.

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La devaluación del peso se generó por miedos políticos: por la percepción de los inversionistas de que el régimen mexicano no era capaz de mantenerse en el poder después del asesinato de Luis Donaldo Colosio, de los pleitos internos del PRI y del levantamiento en Chiapas. Pero esta era una realidad que los doctores en economía, obsesionados con los déficit comercial y de cuenta corriente, no pudieron o no quisieron entender. Lo que se necesitaba era una reforma política y no una devaluación.

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Hoy, esos mismos funcionarios se entusiasman por el superávit comercial. Nadie se atreve a decirles que éste no durará mucho tiempo: que la competitiva por su valuación de una moneda se traduce necesariamente en inflación y en pobreza. Ya lo vivimos en los 80.

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Un país como México, sin suficiente ahorro interno y con una pirámide demográfica muy joven, no puede pretender crecer sin el ahorro externo. Pero éste no se puede lograr mientras persista la idea de que la competitividad es una consecuencia del valor relativo de la moneda.

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Hoy la gente común y corriente no entiende, como no lo entendía en los 80, por qué si el país tiene superávit comercial su situación es peor de la que existía cuando había déficit. Quizá durante algún tiempo se pueda engañar a la gente. Pero tarde o temprano alguien se dará cuenta de que el superávit en un país en desarrollo como el nuestro es producto de debilidad, de incapacidad para atraer capital externo, de falta de inversión y no de la fortaleza de los exportadores. En ese momento el país tendría que regresar al déficit comercial que ha tenido siempre que ha registrado crecimiento económico.

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