Equilibrio de poderes

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Sergio Sarmiento

Mucho se ha dicho que el aumento de las facultades del poder legislativo ante el ejecutivo es un requisito indispensable para lograr una mayor democracia. Por ello han sido bien recibidas las reuniones del presidente Ernesto Zedillo con distintos grupos de legisladores y la iniciativa para crear una Auditoría Superior de la Federación, dependiente del poder legislativo.

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Sin embargo, hay dudas serias sobre la capacidad de los legisladores mexicanos para asumir con plena responsabilidad y capacidad lo que la democracia reclama del Congreso.

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Hubo un tiempo en que el poder legislativo era un camino para escalar puestos de creciente importancia política. El primer cargo de un joven con aspiraciones al mundo grande de la política era usualmente una diputación estatal. De allí pasaba a la Cámara de Diputados de la federación. Sólo cuando tenía ya una experiencia cumplida alcanzaba algún cargo en la administración pública federal, o una gubernatura.

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Este camino tradicional, sin embargo, desapareció a partir de los años 70. Gustavo Díaz Ordaz fue el último político que alcanzó la presidencia de la república después de seguir este ascenso gradual. Primero fue diputado federal (1943-1946) y senador de la república (1946-1952), antes de pasar a la Secretaría de Gobernación y, posteriormente, a la primera magistratura de la nación (1964-1970).

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Desde entonces, el poder legislativo ha dejado de ser el camino para los jóvenes aspirantes a la política. Hoy escogen el camino de la burocracia. Los cargos de diputados y senadores se consideran como un premio de consolación para los políticos ambiciosos que no han conseguido la colocación que esperaban en la administración pública federal.

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Lógicamente, esta actitud se ha reflejado en el nivel de instrucción de muchos diputados y senadores. Es tradicional que se piense que éstos carecen de iniciativa, porque su función ha sido simplemente la de proporcionar una aprobación automática a las propuestas de ley del poder ejecutivo, pero lo que más preocupa cuando se habla con muchos de ellos es su falta de preparación y de comprensión de las reglas más elementales de la economía, de la política o simplemente de la cortesía. El Congreso no sólo no atrae a los mejores, sino que suele ser el único lugar en que el sistema puede colocar a los peores sin causar demasiado daño a la sociedad.

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Hoy las cosas están cambiando. La responsabilidad que asumirá el poder legislativo con la creación de la Auditoría Superior de la Federación puede ser muy sustancial. De hecho, se convertiría con esa entidad en el verdadero organismo supervisor del poder ejecutivo.

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Es de esperarse que esta Auditoría se conforme por un equipo de profesionales que simplemente reporten a las comisiones respectivas del Congreso. Sería similar a la Contaduría Mayor de Hacienda, que ya depende del poder legislativo pero funciona de manera virtualmente independiente. Pero incluso para leer reportes de auditoria se necesita cierta preparación.

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Será importante que el poder legislativo esté dispuesto a asumir, dentro de su nueva función, una imparcialidad política que hasta ahora no ha mostrado. Hoy los legisladores del PRI aprueban todo lo que proceda del ejecutivo y los de oposición, con algunas excepciones, lo rechazan todo. De continuar las cosas así, y de mantener el PRI una mayoría en el Congreso, la función de auditoría puede verse nulificada por una aceptación a crítica de todas las actividades y gastos gubernamentales. De asumir la oposición el control del Congreso, lo cual es cada vez más probable, podría suceder que la auditoría se convirtiera en un arma política no para proteger el dinero del pueblo sino para hostilizar al ejecutivo.

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Para darle mayor responsabilidad al Congreso también hay que preparar más a los legisladores, y para ello es indispensable atraer nuevamente a sus escaños a jóvenes instruidos y deseosos de hacer una buena labor. Hay que considerar también la posibilidad de permitir la reelección de los legisladores. Hoy no existe en nuestro país una verdadera carrera parlamentaria porque no se permite servir más de un periodo, lo que lleva a una situación paradójica. Cuando un joven diputado apenas está empezando a adquirir experiencia en los asuntos del Congreso, lo obligamos a salir nuevamente al mercado laboral a buscar un nuevo empleo.

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Por último, no deja de ser significativo que hasta ahora las medidas para fortalecer al poder legislativo, como la creación de esta Auditoría, hayan surgido no de los propios congresistas sino del poder ejecutivo. Eso nos dice cuánto tenemos que avanzar para lograr un verdadero equilibrio de poderes.

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El autor es columnista del periódico Reforma y vicepresidente de Noticias de Televisión Azteca.

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