Es un complot

Por qué es grave pensar que la economía no te deja pagar tu tarjeta de crédito o comprar seguros.
Adina Chelminsky

"Es que no es mi culpa. Te lo juro que las cosas me salen mal, pero no sé qué es lo que pasa. Yo hago mi mejor esfuerzo, pero las cosas no me salen bien en cuestión de dinero. La verdad es que antes era yo muy exitoso, pero desde hace 10 años que el mercado de distribución de textiles se empezó a complicar. El gobierno que no hace nada contra el contrabando, y mi vida financiera ha ido en caída. Mi socio me timó, mis hermanos no me quieren prestar dinero. Y llegó la crisis del 2008 y mis deudas se triplicaron".

Alberto vino a mi consulta instado por unos familiares a quienes, una vez más, había recurrido para obtener dinero prestado y que, en un acto de duro amor, dijeron que no le prestarían un quinto más si no se dedicaba a arreglar de fondo su vida financiera. Plagado de deudas, entre los préstamos bancarios, las cuentas de las tarjetas de crédito (que llevaba ya meses sin pagar) y el dinero que le debía a la gente cercana, sus deudas ascendían a 30 veces más de lo que ganaba en un mes. Hacía malabarismos para que sus ingresos mensuales alcanzaran para  pagar los intereses de las deudas de las que no se podía zafar y los gastos de la familia, con lo cual estaba viviendo al día. Teóricamente, no estaba desempleado sino mal empleado. A pesar de que su negocio llevaba en números rojos cinco años, jamás se le había ocurrido desempolvar su diploma universitario e ir a pedir trabajo a otro lado ("es que nadie me va a contratar").

Si hubiera cerrado los ojos y oído sus lamentos sin verlo, habría jurado que, más que con un jefe de familia, estaba hablando con un adolescente. Sin juzgar los lamentos, era un hecho que su actitud de eterna víctima lo habían puesto a él y a su familia en una situación muy precaria, rayando en lo peligroso. Contaba con cero protección en seguros, cero ahorros y una cantidad de deudas que, cada vez más, se comían el presupuesto familiar.

El victimismo financiero (por llamarlo de alguna manera) es quizás el más ‘moderno' de los errores financieros. Es esa capacidad que tenemos de deslindarnos de la responsabilidad de nuestras acciones, o de nuestra falta de acción, en lo que a nuestro dinero se refiere.

Este victimismo es producto de los tiempos que vivimos y es causado por tres factores. Un ambiente económico cada vez más complicado; una cultura en la que nos han enseñado que siempre hay un bueno (uno mismo) que lucha contra los malos (los otros); y por una falta de conocimiento sobre las finanzas personales.

Vivimos en la cultura del eterno otro culpable. La culpa siempre es de la báscula (mal calibrada), de mi jefe (que no se fija en mi trabajo), del gobierno (corruptos) y de los bancos (que cobran intereses carísimos). Jamás es culpa de los gastos extra, de mi falta de empeño en el trabajo, de las corruptelas que yo doy o del hecho de que me he dedicado a firmar con la tarjeta de crédito como si el mundo se fuera a acabar antes de la fecha de corte.

¿Quién cae en este juego de víctima? Le pasa sobre todo a la gente que enfrenta reveses financieros en su vida. Cuántos y de qué tipo se necesitan, eso depende del carácter individual. A algunas personas, una o dos situaciones difíciles les cambia la visión, las da por rendidas y las convierte en sacristanes del "todo me pasa a mí", "es que no es justo" y "mira lo que me hicieron"; mientras que otras personas son invencibles y, golpe tras golpe, se levantan sin pretextos ni lamentos.

La mayor parte de nosotros caemos en un punto intermedio. En ciertas áreas de nuestra vida financiera jugamos el papel de víctimas. Nos asumimos perdedores antes de empezar o pensamos que, hagamos lo que hagamos, los resultados van a ser malos.

El jugar el papel de víctima es quizás uno de los peores errores financieros, porque empaña todas las áreas del manejo del dinero y, también, por el efecto emocional que conlleva.

Es un hecho que el buen manejo del dinero se basa en una frase (y no, no es "imita a Warren Buffett): "Sé autorresponsable". Si queremos ser buenos con el dinero, tenemos que asumir que es nuestra responsabilidad, independientemente del estado del universo, aprender a manejarlo con cautela, cordura y previsión.

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El ser víctimas no es malo sólo porque la cantaleta aburre a propios y a extraños, sino porque se generan profecías autorrealizables. Si yo me creo malo en el manejo del dinero, o malo para invertir o malo para utilizar las tarjetas de crédito, automáticamente me deslindo de la responsabilidad de hacer las cosas bien y me vuelvo, en el mejor de los casos, crónicamente pasivo y, en el peor, un saboteador de mi propio éxito.

La respuesta para dejar el victimismo financiero tiene que ver con tres lecciones fundamentales sobre las que tenemos que reflexionar. La primera es que la vida no es justa. Buscar justicia en los movimientos de las instituciones o mercados financieros es ridículo; lo que cada quien tiene que hacer es aprender a navegar en el mundo del dinero de la manera más adecuada a sus necesidades y condiciones. La segunda lección es que la información financiera es poder. Entre más sepamos sobre el manejo de nuestro dinero, más capaces seremos de asumir la responsabilidad por nuestras acciones. Y por último y quizá la lección más importante es la de no darse por vencidos. Citando a Shakira (¡Dios santo, quién cita a Shakira en una columna financiera!): Que no duela el golpe, que no exista el miedo, quítate el polvo, ponte de pie y vuelves al ruedo.

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