Escuela de pesimistas

Desastres, recesión, más ataques... Lo más fácil sería pronosticar lo peor y cruzar los brazos.

El escenario económico ya no podía empeorar… y empeoró con los ataques terroristas a Nueva York y las primeras reacciones belicistas del gobierno estadounidense. Expansión consultó a empresarios que han manejado crisis similares a la que ahora se vive y ninguno se mostró demasiado preocupado por el nuevo escenario. Si algo tienen en común es que han aprendido a ser pesimistas, mas no al grado de la parálisis.

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Muchos reconocen que tal vez antes de la devaluación de 1994 eran demasiado optimistas. Todos dicen ahora que lo primero que se plantean es que las cosas pueden empeorar. Televisa, por ejemplo, ya había anticipado un año difícil desde el final de los Juegos Olímpicos, por la caída en la venta de publicidad; Serfin no había dejado de reducir costos; Del Valle se preocupa por cuidar los gastos. Es igual en los demás casos: la austeridad es la fórmula más socorrida.

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Pero el elemento compartido más valioso es la capacidad de reaccionar ante el cambio de circunstancias. Ninguno de los estrategas entrevistados se atrevería a hacer que su empresa se embotara, por muy mal que estén las cosas. Todos recomiendan hacer rápido un diagnóstico y actuar de inmediato. Esta edición pretende servir como ayuda para dibujar el próximo panorama.

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Una vez asimilado el torbellino de los mercados financieros, habrá que ver cuáles son las fortalezas y debilidades de la economía mexicana y de su principal motor, la estadounidense, que ya muestra sus puntos flacos. La política monetaria empieza a resultar inútil. Por más que la Reserva Federal baja las tasas de interés para impulsar el crecimiento, no aparecen señales de recuperación. Hay quien sugiere que el Banco de México haga otro tanto: que promueva una reducción de los réditos para abaratar el crédito, bajar el valor del peso frente al dólar, impulsar el consumo y, por tanto, a la economía en general. Sin embargo, si la medida no ha tenido resultados en el vecino país del norte, será difícil que los tenga aquí.

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Al escaso margen de maniobra de la política monetaria se suman los añejos problemas estructurales de la economía real del país. En Estados Unidos –en un discurso que parecía escrito en Hollywood–, el presidente Bush pudo señalar que los terroristas habían destruido "un símbolo de nuestra riqueza, no la fuente de ella: el espíritu empresarial". En México, con ataques o sin ellos, la economía es vulnerable por dos elementos principales: una gran dependencia frente a la Unión Americana y unas finanzas públicas que no terminan de estar suficientemente sanas, porque derivan en gran medida del petróleo.

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Nada de nuevos riesgos por los ataques y la posible guerra. No, de lo que se habla en México es de la misma historia de siempre: se requiere una reforma fiscal realista. No se trata de tener contentos a los inversionistas internacionales, que la han puesto como condición para darle mejores calificaciones al país, sino de que el gobierno demuestre que tiene una fuente confiable de recursos para cumplir con sus tareas, sin amenazar la estabilidad a mediano plazo –es decir, que los empresarios y los consumidores no teman un súbito aumento en los impuestos– y sin pelear con los demás agentes económicos por los escasos capitales.

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– Los editores

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