Filosofía Light

No soy un fanático de los consultores, sobre todo cuando, una y otra vez, recetan la misma fórmula
Max Clip

Vine a Tepoztlán porque me dijeron que acá encontraría al héroe que llevo dentro. Mi jefe me lo dijo: “Al director general se le ha metido en la cabeza que en esta empresa existe un serio problema de comunicación interna, lo que impide el trabajo en equipo. Para corregirlo, contrató los servicios de un despacho de consultores, dizque especializados en este tipo de problemas. Me dicen que son buenísimos: organizan convivencias en las que mezclan a ejecutivos de diferentes áreas y los obligan a trabajar juntos. Tú estás en el primer grupo que se reúne el próximo fin de semana.”

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Mientras mi jefe me decía estas cosas, por mi mente pasaban imágenes de reuniones al aire libre, fogatas, guitarras y viejas canciones de Mocedades... Un escalofrío me recorrió la espalda. “¿Es necesario que vaya?”, pregunté, temiendo ya la respuesta. “Es obligatorio”, me contestó, seco, aunque en sus ojos noté cierto brillo sarcástico.

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Quizá ya se habrá adivinado que no soy lo que se dice un fanático de los consultores, sobre todo de quienes pretenden elevar a calidad “filosófica” sus ocurrencias y recetan una y otra vez la misma fórmula, válida universalmente, según ellos. En lo personal, creo que (salvo excepciones) la mayoría son una punta de charlatanes, maestros del engaño, sofistas que se aprovechan del legítimo anhelo por mejorar que habita en el corazón de los crédulos directores generales. En casi todos los cursos y conferencias a los que he ido –o mejor dicho: a los que me han llevado–, los “consultores” se la pasan diciendo estupidez tras estupidez, organizan “dinámicas” de grupo y con el rostro iluminado balbucean perogrulladas como: “La excelencia es excelente.”

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En el mejor de los casos, en estos coloquios se dicen puras obviedades, eso sí, acompañadas por música muy “prendida” –el tema de Star Wars es uno de sus preferidos–. En el peor de los casos, la reunión es una miserable pérdida de tiempo. Mi humilde opinión es que se trata de eventos insustanciales, en los que los “coordinadores” sueltan sus “conceptos” light –ideas low fat, sugar free, no cholesterol – y arman discursos “motivadores”, plagados de lugares comunes.

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Se trata, creo, de meras terapias de grupo, mal disfrazadas, en las que uno está obligado a justificar su resistencia a trabajar en equipo con argumentos increíbles como, por ejemplo, que uno es hijo único –lo que provocó un agudo trauma, casi imposible de superar– o que me hice desconfiada porque siempre perdía mis estampitas en los “tapados” –y me hacían trampa–. ¿Qué se supone que se hace en estos casos, sobre todo cuando uno ya fue a psicoanálisis?

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Es curioso, este tipo de seminarios no sólo me recuerdan los manuales de autoayuda, sino libros de infame cursilería, como Mujeres que aman demasiado, Tus zonas erróneas y Las mujeres son de Venus...

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En fin, que me trajeron a Tepoztlán y, desde ayer, todos andamos buscando al héroe que vive dentro de cada uno de nosotros. Ya tuvimos nuestra “lluvia de ideas”, ya nos confesamos nuestros miedos y traumas, nos reconfortamos unos a otros y sólo nos falta que nos den un osito de peluche para poder dormir tranquilos y sin pesadillas. Como acostumbra decir una amiga: “Tanta confianza da asco.”

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Hoy nos llevaron a escalar el Tepozteco. Curioso, pregunté cuál era el objetivo. “Se van a dar cuenta de lo que son capaces”, respondió la coordinadora. Y tenía razón: a la mitad de la subida, casi vomito el pulmón izquierdo y descubrí que tengo verdaderos, auténticos instintos homicidas: me imaginé empujando a la coordinadora y a mi jefe, los vi volar y aplastarse contra las rocas.

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Y aquí estoy, en la cima de este cerro, mirando el atardecer y deseando que el curso se acabe ya: extraño la ciudad y el tráfico, extraño mi oficina, extraño mi celular. Ya se me olvidó cómo es que llegué hasta acá arriba. A ver si, en mi intento por bajar, no me voy de boca y me resbalo entre un montón de piedras.

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