Grado de inversión

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Samuel García

Este es uno de los trofeos financieros más codiciados entre los países en desarrollo hoy en día. Como lo fue en la lucha contra el narcotráfico, el grado de inversión es una especie de "certificación a la estabilidad y solidez económica" que garantiza el pago puntual de las deudas financieras contraídas. Ello da mayor seguridad al inversionista que adquiere títulos de deuda de un país y, a éste, le reduce significativamente el costo de su deuda financiera. Así el prestigio del grado de inversión se traduce en beneficios concretos: mayores flujos de capital a bajo costo.

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México lleva ya muchos años intentando sin éxito obtener el trofeo de manera unánime por parte de las empresas calificadoras de valores, que son las que lo conceden. En 1994 la deuda nacional fue una seria candidata a obtener el grado de inversión, pero la inestabilidad provocada por el asesinato de Luis Donaldo Colosio truncó ese sueño.

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El cambio de gobierno en diciembre de 2000, que por primera vez en 25 años no desembocó en una crisis financiera, alimentó las expectativas de obtener el ansiado nombramiento por parte de dos de las tres calificadoras de valores más importantes del mundo. No ha sido así por una razón de peso: México tiene una vulnerable estructura tributaria que descansa fundamentalmente en los ingresos petroleros del país, en una raquítica base de contribuyentes y en un sistema impositivo intrincado, poco eficiente y con un elevado nivel de evasión fiscal. Ello cuestiona la estabilidad económica del país en el mediano plazo, especialmente en una perspectiva de incertidumbre y volatilidad financiera internacional.

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El grado de inversión no llegó durante 2001 porque la reforma fiscal planteada por el gobierno del presidente Fox al Congreso tampoco dio señales de avanzar, reduciendo estas debilidades.

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La pregunta es si ello será posible en el año que comienza. La respuesta se inclina hacia un "no", porque las dudas no resueltas son las mismas que se plantearon hace un año. Y es que el grueso de las modificaciones que aprobaron los legisladores el 1 de enero pasado no resuelven de fondo los tres problemas fundamentales del sistema fiscal mexicano. Lo que queda es evaluar la evolución real de los ingresos, el manejo que haga la Secretaría de Hacienda del presupuesto y la eventual reducción en el déficit público a niveles cercanos a cero. Sin embargo ello tomará por lo menos el primer semestre del año en curso. Así que el grado de inversión para México seguirá siendo el codiciado trofeo que aún no podrá colocar en su vitrina.

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–El autor es economista y columnista de temas financieros.

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