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Al historiador y sociólogo Jean Meyer (París, 1942) con frecuencia le han perseguido, de alguna forma, los fenómenos de la fe. Desde la juvenil y sincera creencia en la legendaria figura de Ernesto "Che" Guevara, que le arrastró hacia México en 1965 para realizar su tesis de posgrado, hasta el reconocimiento adquirido después de su análisis de la Guerra Cristera (1926-1929). "México debe reconciliarse con su pasado", dice sobre el país que le dio prestigio como historiador. Tal es la razón por la cual el académico naturalizado mexicano insiste en la importancia de revisar el panorama religioso sin prejuicios y sí con ganas de arrojar luz sobre un tema en el cual es experto. Meyer recibió a Expansión en su casa de la Rue Charbonell, muy cerca de la Ciudad Universitaria parisina, donde goza de un año sabático junto con su esposa –también historiadora– y sus cinco hijos, todos ya universitarios. Autor de una veintena de estudios, Meyer es uno de los académicos que más de cerca han seguido el desarrollo del "mercado mexicano de la fe", surgido hace unos años a partir de las reformas constitucionales efectuadas en el pasado gobierno. Para Meyer, las 5,000 iglesias registradas en México, lejos de ser un peligro para las buenas conciencias, representan un claro símbolo de que algo está cambiando en el país: la democracia ha llegado.

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¿Hay alguna razón para mantener el velo sobre el llamado mercado de la fe?
-Necesitamos primero saber qué entendemos por mercado de la fe. Como un análisis del fenómeno religioso, en cualquiera de sus manifestaciones, no veo por qué no estudiarlo de la misma forma en que se estudia todo fenómeno cultural o social...

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Si nuestras sociedades se basan en un pacto social, ¿qué ocurre cuando alguna de las partes considera roto el acuerdo por diferencias religiosas?
-Hasta hace muy poco, por lo menos, grupos como los de La Luz del Mundo no tenían ningún problema con el Estado mexicano. Y no creo que hayan tenido ni en su ideología, ni en su posición política, una posición de ruptura o la inconformidad de un grupo social. Más bien, tenían un comportamiento de alineación total con el Partido Revolucionario Institucional (PRI). Yo vi con curiosidad el desarrollo espectacular de La Luz del Mundo porque, -casualmente, la parte de México que más conozco es la occidental. En toda la costa hasta la alta California observé el crecimiento de esa iglesia. Después me enteré que representaba un intento de iglesia cismática originada durante el gobierno de Plutarco Elías Calles, en 1925.

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El origen, ¿explica el matiz político de ese grupo religioso?
-No digo que eso me haya explicado el oficialismo de La Luz del Mundo. Pero, a lo mejor, habría que buscarle un poco por ese lado para entender que se trata de una institución que en política es totalmente conformista. Según dicen, en repetidas ocasiones, La Luz del Mundo hacía votar a la gente masivamente. Les decía a sus feligreses que el voto era una obligación cívico-religiosa y que había que votar bien...

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Que quería decir...
-...votar por el PRI. Eso, por lo menos hasta 1997, definió la línea política de esa iglesia. La Luz del Mundo, que quizá dentro de las nuevas instituciones religiosas sea la más numerosa en México, es, además, la que más recursos financieros tiene. Ese dinero –cuyo origen no conozco– sirvió para construir el edificio más imponente de Guadalajara. Entonces, y sin curiosidad malsana, podríamos investigar las acusaciones de las que ha sido blanco sobre malversaciones de fondos, robos y delitos sexuales...

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¿Por qué tales aspectos suelen acompañar la reputación de las nuevas iglesias?
-Desgraciadamente, la primera vez que se mencionó de manera crítica a La Luz del Mundo en la prensa mexicana fue después de unas acusaciones de abusos sexuales practicados por algunos de sus jerarcas. Cuando una organización moviliza a varios cientos o decenas de miles de ciudadanos resulta un poco inútil intentar desprestigiarla a través de la mala conducta de uno ó 10 de sus miembros. Por el contrario, creo que lo importante es que allí hay un fenómeno social y religioso interesante.

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¿Qué es lo que pasa con esos grupos religiosos que, fuera del catolicismo, causan escozor a la sociedad?
-Podríamos encontrar los mismos motivos de escozor en la respetable y antigua iglesia católica romana. Yo creo que es mejor dejar ese tema a un lado. Allí está un fenómeno que no deja de ser interesante: la diversificación de las instituciones religiosas. Y creo que esto corresponde a la globalización y diversificación de nuestra sociedad. Diría que, en el campo político, corresponde a nuestra democratización, al pluralismo por fin aceptado y reconocido ya no como una catástrofe. Las oposiciones dejaron al PRI en minoría en el Congreso y no ha pasado nada: el país no se ha derrumbado.

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¿Qué le hace pensar que la diversificación del mercado de la fe es un hecho que va de la mano de la democratización?
-En el terreno político y en el religioso ocurren hechos similares. A fines del siglo XIX ya había en México una minoría –chiquita pero muy importante– de la élite intelectual que se alejó y hasta rompió con la iglesia católica romana. Pero, no cabe duda de que, hasta 1960, la inmensa mayoría del pueblo mexicano siguió siendo, de forma monolítica, católica. Y por una razón muy sencilla: históricamente no había conocido otra versión del cristianismo. México es un país que no conoció la reforma protestante y que, por lo mismo, no conoció el pluralismo religioso.

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Entonces, ¿estamos ante un panorama inédito en el país, pero tardío para el contexto mundial?
-Sí y eso puede, de alguna manera, explicar el choque entre la iglesia católica y el Estado, porque éste cargaba con la responsabilidad de la religión en México. Los estadistas que a la mitad del siglo XIX atacan a la iglesia católica inicialmente son todos católicos. Dejan de ser católicos al toparse con una iglesia indiferente a las reformas que pedían. Vimos a un Juárez, sinceramente católico, que mientras fue gobernador de Oaxaca encabezaba ceremonias religiosas en Catedral, como una autoridad civil. Vivía en un país como de religión oficial. Y luego lo vemos, ya como presidente de la República, enfriarse y alejarse. No sabemos si se convirtió al protestantismo, pero sí apoyó cuanto pudo la implantación de iglesias protestantes en México.

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Sin embargo, su esfuerzo parece que fue infructuoso...
-Implantar el protestantismo en México, con todo el apoyo político del gobierno y de presidentes como Calles, tuvo sus vericuetos. Hasta 1960, jamás fueron tareas exitosas, como que no pegaban. Y, de repente, a partir de esa época, no por la presencia de misioneros extranjeros, sino por un fenómeno de adopción de múltiples versiones del protestantismo, vemos nacer formas mexicanas del protestantismo.

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¿Qué debemos leer en eso?
-Que en los años 60, cuando nació la exigencia de pluralismo político, también nace, si no una exigencia, por lo menos una necesidad concreta de probar otra cosa. Esos nacidos católicos que pasan al protestantismo siguen siendo cristianos y están haciendo vivir a México la experiencia de la reforma de Lutero y de Calvino cuatro siglos después que Europa.

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¿Por qué la iglesia católica reaccionó a esta aparición del protestantismo con discursos tan encendidos?
-Porque es un reto. Y ojalá la iglesia católica lo tome como reto para ser más cristiana. Esperemos que el libre mercado de la fe sea para bien del consumidor. Usted sabe que, si no hay monopolio, las compañías tienen que bajar los precios y subir la calidad. Si hay competencia, las iglesias tienen que ganarse al cliente...

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Qué deben hacer los católicos para ponerse a la altura de estas circunstancias?
-En lugar de asustarse por la presencia de otras iglesias, deben recordar que el propio Papa los llama "hermanos" y que la competencia es una llamada para que la iglesia haga su autocrítica y su reforma. Esa es la mejor forma de luchar contra los protestantes. No denunciarlos como lo hacen los diputados nacionalistas de izquierda y de derecha.

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¿Cuál es su recomendación para propiciar una reflexión acerca del panorama religioso actual en México?
-Creo que tenemos que cambiar por completo, renovar nuestra visión del fenómeno y no enfocarnos en los puntos espectaculares y escandalosos como el tráfico de dinero, las filosofías exóticas, las drogas, el sexo... Hay que dejar de lado ese aspecto minoritario y ver, más bien, lo interesante y positivo que significa la efervescencia religiosa en México. La gente pide más y está probando; es un poquito más complicado de lo que pensamos. Por lo menos hay libertad y pluralismo religiosos. Yo no veo por qué hemos de asustarnos por eso.

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¿Y cree que la sociedad mexicana pronto se acostumbre a esa pluralidad?
-Le puedo decir, por mi experiencia en la calle, que la gran mayoría de los católicos mexicanos ha cambiado radicalmente. Hoy en día son más tolerantes que los protestantes...

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Sus amigos protestantes van a saltar cuando lean lo que está diciendo...
-Sí, pero quiero decir lo siguiente: hace más de un siglo, 120 años, llegaban misioneros extranjeros –algunos ya naturalizados mexicanos– y entraban a un pueblo para predicar su versión del cristianismo. Los del pueblo se amotinaban, azuzados por el párroco local, y llegaban a linchar a esa pobre gente. Yo he asistido muchas veces a la llegada a un pueblo en el campo, o a un barrio popular de una ciudad de provincia, de un grupo de protestantes que comienzan a hacer proselitismo. Y la gente aguanta, no se enoja, no les golpea, no les echa. Cierto discurso ecuménico ha permeado y la gente se ha vuelto tolerante. En este punto debemos tomar en cuenta que las migraciones propician la tolerancia. Mucha de esa gente ha vivido la experiencia de la "migra", cosa que les ha permitido comparar y se dan cuenta de que en Estados Unidos, en cuanto a comportamiento, no hay mucha diferencia entre católicos y protestantes. Pero, los protestantes en México, como se acaban de convertir ayer –porque 30 ó 50 años en la historia de un pueblo es ayer– tienen toda la intolerancia de los recién conversos. Hablan muy mal de los católicos a los que consideran casi paganos, al Papa lo consideran el diablo y a la iglesia romana, la gran prostituta del apocalípsis babilónico.

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Pero, ¿no le parece que ahora hacen mucho más ruido los dirigentes políticos y religiosos?
-Gritan más los pastores, los sacerdotes, los obispos, los diputados, los senadores, que el pueblo... Los feligreses están buscando su camino. Se dan casos, que antes no ocurrían jamás, de matrimonios mixtos en donde alguno de los cónyuges se convierte a la religión del otro, o llegan a un pacto sobre la educación religiosa de los hijos. Hay algo importante que mencionar: muchas mujeres en las zonas más pobres del país se convierten al protestantismo por una razón muy sencilla: las iglesias protestantes luchan de manera implacable contra el alcoholismo. Esto significa que una familia pobre que se convierte al protestantismo mejora inmediatamente su situación económica. El hecho de que la iglesia católica se haya olvidado, en su vieja tolerancia, de acabar con el alcoholismo, le ha dado al protestantismo en México esa fuerza social tan tremenda. El hombre católico que se convierte al protestantismo se enfrenta a exigencias morales muy fuertes: deja de ser adúltero, tiene que trabajar y asumir los valores ascéticos del protestantismo clásico.

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En su conocida investigación sobre La Cristiada analiza un movimiento religioso en el cual no había caudillos. En el panorama actual, ¿las iglesias siguen carentes de figuras conocidas?
-En estos movimientos hay muchos líderes, pero lo son a pequeña escala. Es otra ventaja técnica del protestantismo sobre el catolicismo. La iglesia católica es una organización donde el clero tiene un papel fundamental. La formación de un ministro católico es muy tardada; puede durar una década y el compromiso es tan fuerte que muchos jóvenes desisten en el camino porque, así como tienen vocación sacerdotal, también tienen vocación para enamorarse y tener hijos. Mientras que usted o yo muy rápidamente nos podemos convertir en pastores. Y, si de casualidad nos peleamos con algún pastor, podemos salirnos y fundar nuestra propia comunidad. Y, si tenemos un poco de carisma, nos van a seguir 50 compañeros. Con ese número podemos, usted y yo, fundar otra comunidad protestante. Eso explica el famoso fenómeno de las llamadas sectas –etimológicamente secta significa "que corta"–, que impresiona de forma negativa a los católicos. Desde que nace la reforma protestante en el siglo XVI, jamás ha parado el movimiento de división. Eso es una debilidad estructural, si usted quiere, del protestantismo, pero le da una fuerza sociológica tremenda. En México hay un sacerdote por cada 10,000 católicos, o más, y creo que hay un pastor para 200 protestantes. Hablamos de 40 familias, lo que significa que los conoce personalmente a todos. El protestantismo presenta una superioridad técnica de atención al público, como un buen servicio posventa que no tiene la iglesia católica.

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¿Qué es lo que le llega a causar desconfianza al Gobierno de estas nuevas iglesias?
-Los hombres políticos son muy curiosos: a fin de cuentas yo creo que son miedosos. Y llama la atención porque lanzarse a la política es –como decía Calles– bajar al ruedo a exponerse a recibir cornadas. Pero los políticos, una vez que llegan al poder y se convierten en dirigentes de Estado, se distinguen en todo el mundo por su miedo. Miedo a la migración extranjera, a la apertura económica, a las libertades religiosas... Siempre intentan poner leyes para controlar las actividades religiosas. Denuncian a las "sectas" e insisten en los aspectos morales y escandalosos de esos grupos.

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¿Debe el Estado brindar un trato especial a las iglesias?
-En absoluto. El Estado no cobra ningún impuesto por concepto religioso y no da ni un centavo a ninguna iglesia. Les puede dar exenciones fiscales –reconociéndoles el mismo estatuto que a las asociaciones culturales– y eso no implica, ni requiere, una legislación especial. Lo que hemos visto históricamente es que, si el Estado intenta hacer una lista de las instituciones religiosas, como reconocimiento legal, siempre va a olvidar alguna. Es más sencillo no dar ningún estatuto especial a ninguna.

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En ese caso, ¿quién vigilaría la vida social de las iglesias?
-Eso le toca a la sociedad, pero sobre la marcha. Si de repente hay una secta cuyos dirigentes enloquecen y se transforma en un grupo peligroso para la salud social, o una secta apocalíptica capaz de lanzar gases mortales en el metro, porque piensa que va a venir el fin del mundo y hay que acelerarlo, entonces sí toca a la sociedad defenderse. Pero es muy ilusorio encontrar en una legislación, o en reglamentos de la Constitución, la solución a ese tipo de problemas.

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¿Qué panorama nos espera si apostamos todas nuestras esperanzas a una ley reguladora de cultos?
-Rusia nos acaba de dar el mal ejemplo de lo que no se debe hacer con su nueva ley que acaba de votar el Congreso y contrafirmar el presidente Yeltsin. La mal llamada ley de "organización de las instituciones religiosas" hace de la iglesia ortodoxa rusa una iglesia de Estado y le cierra la puerta a la iglesia católica, a las protestantes y a las ortodoxas que no tenían reconocimiento oficial en tiempos de la URSS. Esa ley dice que se reconocen como instituciones religiosas las iglesias con 15 años de reconocimiento oficial. Pues hace 15 años había muchos obispos ortodoxos que se encontraban en la clandestinidad y no tenían reconocimiento oficial. Así, la Rusia democrática acaba de cometer un error muy grave.

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Y, ¿qué pasa en el caso de México?
-Pasa que la iglesia católica vivió en la ilegalidad desde la promulgación de las Leyes de Reforma hasta 1991, cuando se reformó la Constitución en tiempos del presidente Carlos Salinas, de quien se puede hablar muy mal y criticar muchas cosas, pero, en ese aspecto, fue visionario.

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¿Es más sana la convivencia que el desconocimiento de las iglesias?
-Es más sano decir: el Estado no reconoce ni favorece a ninguna iglesia en especial. Eso es lo que se dice en la Constitución mexicana. La Constitución reformada habla siempre en plural de las iglesias y de las instituciones religiosas. Mantiene una ambigüedad para no utilizar el término "sectas" –que causa susceptibilidades– y habla de instituciones religiosas. Eso deja la puerta abierta para que usted registre una iglesia. Sin embargo, ¿qué tal si mañana, como es el caso muy propio de los protestantes, se divide en tres? , ¿cuál se va a quedar con la titularidad del nombre...? El Estado no se va a poner a decidir y dirimir en esos líos, pero tampoco debe tener miedo al pluralismo religioso.

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Sin embargo, en el caso de México siempre ha sido más cómodo tener una sola iglesia fuerte...
-Al Estado mexicano le gustaba, y todavía lo vemos, la nostalgia de que la religión era asunto sólo de la iglesia católica. Había un problema y uno iba a hablar con el arzobispo o con el representante del Papa y con ellos se arreglaba uno. Ahora se nos complica porque no sólo están los católicos, sino que hay protestantes, judíos, musulmanes... algunos grupos sin una cabeza visible. Y a los políticos les da flojera y miedo.

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Hasta dónde llega la responsabilidad del Estado frente a la vida religiosa de un país?
-Mire, mientras no represente una amenaza para la seguridad y el orden público, el Estado no tiene responsabilidad. Su responsabilidad sería garantizarles a los ciudadanos el libre ejercicio de sus libertades constitucionales. Por ejemplo, algunas veces he dado conferencias en escuelas normales. Cuando hablamos del problema de la tradición de anticlericalismo en las escuelas, son los propios profesores los que reconocen como un avance que haya profesores católicos o judíos. Sólo mencionan un problema concreto: los Testigos de Jehová. ¿Qué hacer con los alumnos que el lunes se niegan a cantar el himno nacional? ¿Hay que correrlos? Seguramente sí, pero como ciudadanos tienen derechos. Hemos comprendido que preocuparnos por el respeto a los símbolos patrios está por debajo de molestar a esa gente. Debemos dejarlos en paz.

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¿Por qué escogió México para realizar su tesis de doctorado?
-Por admiración a la figura del Che Guevara. Eran los años de la Revolución Cubana y cuando Fidel entró en La Habana yo tenía 16 años... Me entusiasmé mucho. Luego, cuando Castro soltó la carcajada y espetó que él siempre había sido un comunista, que había engañado al mundo, me decepcioné mucho. Pero, como seguía mi entusiasmo, descubrí la Revolución Mexicana. Yo quería hacer mi tesis de doctorado sobre ese hecho. Casualmente, en la universidad había un mexicano, un joven jesuita, Arturo López Moctezuma, que estaba en Francia haciendo su tesis de doctorado. Él me dijo que si me interesaba la Revolución no me metiera a estudiar a Zapata, Villa o esos temas muy conocidos. Me dijo que había un capítulo en blanco: La Cristiada.

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¿Ese tema inédito era lo que usted esperaba?
-No. Eso es lo bueno del oficio de historiador, que uno siempre parte de un punto y no sabe a dónde va a llegar; es una aventura. La verdad, el padre Moctezuma me metió un hilito en la mano y yo no sabía lo que iba a sacar. Resultó un mundo maravilloso.

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¿Es usted un hombre religioso?
-Sí, soy católico.

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¿Por qué ha dicho que la iglesia y el Estado desconfían del historiador?
-Porque en el momento en que investigaba La Cristiada, ni la Iglesia, ni el Estado me dejaban entrar en sus archivos. Hasta la fecha jamás he podido entrar a los archivos de la Secretaría de la Defensa para estudiar la guerra de los cristeros. Y mire que ya vamos para 70 años. Del lado de la Iglesia, hasta la fecha tampoco han abierto los archivos.

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¿Cómo se las ingenió para realizar la investigación?
-Me fui a entrevistar a los cristeros. Esa fue mi gran suerte: que no me permitieron hacer una tesis clásica, de archivos. En aquel entonces no se usaba lo de las entrevistas y por eso me convertí en periodista. Ahora ese género tiene toda la dignidad de disciplina, se llama "historia oral", pero en mi época decían: "Esa fuente no vale", es trabajo de periodista.

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En esa época usted era muy joven, ¿cómo asimiló el mundo religioso mexicano?
-Con mucho entusiasmo porque me encontré con un catolicismo que con todos sus defectos e insuficiencias tenía una base popular impresionante. De vigor, tumultos, participación... frente al frío y al silencio de los templos europeos. Luego, cuando conocí a los cristeros, conocí México por dentro. Encontré individualidades excepcionales, personalidades muy fuertes... Eso me hizo definitivamente católico.

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¿Sigue mirando a México con ojos de historiador?
-Sí.

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¿Piensa volver pronto?
-Estoy en año sabático. Mi esposa y mis hijos son mexicanos, pero en junio de 98, Dios mediante, me tendrá usted a sus órdenes en México.

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