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Los neoliberales creyeron que todo iría bien y que los gobiernos no tenían que meterse. Y eso ha s

Paciencia. Estamos al principio de una enorme transición y conviene no perder la calma. Esa es la premisa de Jean-Pierre Lehman, un defensor apasionado de la globalización, aunque también alguien consciente de los peligros que entraña la progresiva desaparición de las fronteras económicas. Profesor de Política Económica Internacional en el prestigioso Instituto Internacional de Desarrollo Gerencial (IMD), el francoestadounidense Lehman tiene un enorme currículum en las más renombradas universidades de Europa, es autor de innumerables libros y artículos, sobre todo relacionados con la región asiática, de la que es experto y en donde ha fungido como consejero para varios gobiernos.

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¿Es correcto hablar de “globalización” o se trata de una moda?
La era global comienza realmente al principio de este decenio, con el final de la Guerra Fría y la caída del muro de Berlín en 1989. No suelo ser muy proclive a avalar modas o etiquetas, pero en este caso el término de “globalización” se adapta muy bien a lo que ocurre. Es la primera vez en la historia que el mundo está de acuerdo en adoptar los mismos preceptos básicos. Un ejemplo: la Organización Mundial de Comercio se funda en 1995 y ya hay 134 países miembros, mientras otros 30 están esperando su ingreso. En pocos años, el número de gente en el mundo que se ha unido a la economía de mercado ha pasado de 1,000 a 5,000 millones. El proceso es irreversible. Las únicas diferencias radican en el grado y tiempo en que esta globalización debe llevarse a cabo.

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Hablando de estas diferencias, ¿cree usted que existe una escuela de pensamiento llamada “neoliberalismo”?
El concepto existe. Es una escuela que ha tenido una influencia básica en las políticas de la mayoría de los gobiernos. A falta de una mejor teoría, los neoliberales encontraron terreno abonado para aconsejar a los gobernantes. Ahora han surgido dos tendencias enfrentadas: por un lado están los ideólogos de la economía de mercado, que creen que se debe seguir con los mercados totalmente abiertos, sean cuales sean las circunstancias. En el otro bando están los pragmáticos, cada vez más numerosos: ellos están de acuerdo en la apertura de los mercados como objetivo final, pero batallan por tener un mayor grado de flexibilidad y una mayor injerencia por parte de las instituciones.

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¿Es cierto que los gobiernos han ido perdiendo terreno frente a la iniciativa privada?
Por desgracia, la infraestructura institucional es extremadamente débil. Los neoliberales creyeron que todo iría bien y que los gobiernos no tenían que meterse. Y eso ha sido malo. Ahora nos damos cuenta de que es necesario un gobierno, tanto para instrumentar medidas que aseguren el cumplimiento de las reglas, como para rendir cuentas a la gran masa de población víctima de los abusos. Las multinacionales han conseguido un enorme poder en los últimos 10 años, pero no han asumido ninguna responsabilidad.

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Pero la clase política también puede ser un obstáculo, como es, en gran parte, el caso de México...
Claro. Una de las contradicciones más serias en el mundo es que apostamos por una economía global mientras los políticos siguen con su visión localista. En última instancia, los países tendrán que perder gradualmente su soberanía. En Europa está pasando y ha sido un proceso muy difícil.

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Primero vino la crisis de México, luego fueron Asia y Rusia, y ahora Brasil; ¿cuándo se detendrá el terremoto?
Estamos viendo algo sin precedentes en la economía mundial y hay que prepararse para vivir muchos más shocks. Tendrán que pasar por lo menos tres decenios antes de que alcancemos cierta estabilidad.

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¿Se favorece al capital especulativo a expensas del desarrollo social?
No conviene olvidar que los problemas en los mercados estuvieron precedidos por ocho años de ganancias extraordinarias. Y eso no hubiera sido posible sin la libre circulación de los flujos de capital. Naturalmente hay excesos que han derivado en mucha especulación y capital improductivo, pero no hay que divorciar el desarrollo real del mundo financiero. El mercado penaliza y los inversionistas están aprendiendo que tienen que ser más cautos con su dinero.

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Sin embargo, cada vez más economistas creen que es mejor frenar la llegada de capitales externos y sólo crecer con la economía interna.
Le pongo el ejemplo de Asia: Corea ha sido uno de los más afectados por la crisis, y eso a pesar de haber sido también la economía más exitosa de la región. Desarrolló su economía doméstica demasiado bien, en el sentido de que tenía una política de “competir afuera, proteger adentro”, con medidas restrictivas a la inversión extranjera. De este modo, los gobernantes creyeron estar a salvo de las crisis; contaban con un fuerte mercado interno, en caso de problemas externos. Al final, el país se volvió ineficiente por estar tan protegido, lo cual había favorecido demasiado a ciertas familias o empresas. Ahora los coreanos están de acuerdo en que tienen que abrir más su economía...

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El único mensaje coherente que los líderes deberían difundir es que no cunda el pánico: no hay que abandonar el barco aunque atraviese aguas turbulentas.

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O sea, estamos en plena transición.
El mundo vive una era revolucionaria. La mayoría de la gente cree que una revolución significa un cambio radical de 180 grados que ocurre de la noche a la mañana. Eso no es cierto: la verdadera revolución acarrea una transformación profunda y se necesitan 30 o 40 años para lograrla. Yo me críe en los 60 y en aquel tiempo proclamamos la revolución sexual: para nosotros, significaba dormir con gente del sexo opuesto sin tener que casarnos; 30 años después, la revolución sexual por la que batallamos plantea un nuevo tipo de interrogantes acerca del futuro de la familia o de las relaciones homosexuales, algo en lo que ni siquiera pensábamos entonces.

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¿La globalización es sinónimo de estandarización de un modo de consumo?
De ninguna manera. La cultura se mantiene muy fuerte. La diversidad es ahora más difusa, más compleja, ya no es una cuestión de nacionalidad. Es cierto que existe una invasión de la cultura estadounidense pero, al mismo tiempo, en Europa se está viendo un renacimiento de las culturas locales. La gente no se identifica con los dólares, sino con su región. Estoy convencido de que la revolución de las comunicaciones, como la ocasionada por Internet, provee una oportunidad fantástica para el renacimiento de las culturas que tienen menor representatividad. Lo que sucede es que la gente tiene miedo a la globalización. Por ahora los únicos que la están poniendo en práctica pertenecen a una pequeña élite que comparte los mismos valores con respecto a los negocios, ciertos intereses intelectuales... Pero hay muchísimas personas de todos los niveles que se sienten excluidas. Para ellas, la sola idea de aprender inglés los aterroriza. Y eso es comprensible. La gente tiene que sentirse segura de que no será destruida por la globalización.

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Está claro que, por ahora, ha faltado esa comunicación.
Es cierto, hay una parálisis por parte de las instituciones. El FMI es un buen ejemplo de un organismo que, al cometer muchos errores, ha destruido la confianza en lugar de crearla. Bretton Woods se creó en 1945 basado en las experiencias de los 30. De ahí surgieron el GATT, el Banco Mundial y el FMI, con la intención de formar una red de estabilización en el intercambio económico mundial. Ahora tenemos que actualizar estas instituciones. De los organismos globales, sólo hay uno que funciona razonablemente bien: la OMC, y eso porque fue creada en 1995.

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¿La democracia es necesaria para la globalización? Lo digo por China...
Visito China cinco veces al año y noto una mayor democratización de lo que se quiere reconocer. No se trata de una democracia a escala nacional, pero hay mucha mayor participación ciudadana : la gente ahora vota por los gobiernos locales y la censura ha disminuido enormemente, aunque de vez en cuando muestre sus dientes. Las presiones internas en favor de un mayor grado de transparencia y menor corrupción son irreversibles. Dentro de 30 años, China elegirá democráticamente a sus presidentes. Las sociedades tienen cada vez más presiones internas y externas para adoptar una liberalización económica y política. La revolución de las telecomunicaciones trae consigo la liberalización social.

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¿China tomará el relevo de Japón?
Durante 4,000 años China llevó la batuta en Asia. En el siglo XIX los chinos no respondieron a los tiempos modernos y los japoneses sí. Ahora China toma de nuevo el relevo. Es una transición lenta, pero Japón está en un declive irreversible en términos económicos y sociales. Es un retroceso sano: los japoneses no tienen de qué preocuparse porque acumularon enormes cantidades de dinero. Japón sigue representando 60% del PIB de Asia. China está tomando fuerza, aunque su transición tomará decenios. Este es uno de los síntomas de la globalización: Japón tuvo miedo al fenómeno y dejó pasar su tren. Los chinos se están mostrando más dinámicos, creativos y flexibles para adoptarla.

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La globalización también está creando inmensas diferencias entre ricos y pobres, con una clase media en franco retroceso.
Una tendencia clave no es la diferencia de riqueza entre los países, sino al interior de las naciones. Esto se ve en Estados Unidos, México o China. La diferencia no sólo está entre ricos y pobres, sino también entre los que creen que se pueden beneficiar de la globalización y los que se sienten oprimidos por ella.

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Lo que más me preocupa es que los políticos no están considerando este problema y, cuando lo hacen, lo encaran con perspectivas demasiado ideológicas. El rompecabezas de la globalización está dirigido por gobernantes que están en favor del liberalismo económico y de mercado pero, por afán de balancear, siguen reivindicando el antiguo discurso socialista. Ahora ha surgido la llamada “tercera vía” abanderada por la socialdemocracia europea: se trata de una teoría que no tiene todavía sustento, pero al menos pretende enfrentar la cuestión. Pensemos en el problema social antes de que haya crisis en las calles.

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Hablemos de México, donde se debate la dolarización. Muchos quieren implantar una convertibilidad peso-dólar parecida a la de Hong-Kong o Argentina. ¿Sería conveniente?
La dolarización sería prematura para México. Si se ve el ejemplo europeo, la unión monetaria ha sido fruto de más de 40 años de trabajo. Si bien Alemania y su marco ocupan una posición predominante en la canasta europea de monedas, no tienen, ni de lejos, el predominio que ostentan Estados Unidos y su dólar frente a México. Creo que los países tendrán, tarde o temprano, que perder cierto grado de soberanía, pero tiene que ser gradual. México tiene una situación particular: el TLC es bueno, pero falta mayor desarrollo económico y social antes de pensar en igualar las monedas.

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A pesar de su crisis, el sudeste asiático es aún una potencia económica. ¿Qué lecciones debe asimilar México de esa región?
Asia se ha diferenciado de México sobre todo en el rubro de la educación. Es un elemento muy importante que consolidó el “milagro económico asiático”. Tuvo un efecto enorme en el desarrollo social y la economía de sus habitantes. La educación no sólo significa aprender a leer, sino también tomar distancia sobre las cosas, no resignarse y aprovechar mejor las oportunidades. Es una lección muy importante que México debería aprender.

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Otra diferencia radica en la gran actividad del comercio internacional asiático. Sé que México tiene un alto porcentaje de exportaciones en comparación con su PIB, pero la mayoría proviene de la inversión extranjera. Eso está bien, crea empleos y vale la pena, pero no compensa la falta de una masa significativa de grandes empresarios locales muy activos en el exterior. Y eso es muy importante, porque lo que se aprende en los mercados internacionales luego se transfiere a la economía doméstica.

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