Jorge Arturo Piñón <br>El vuelo de la

Piloto comercial, este empresario aterrizó en la pista de los servicios en cómputo

Una charla con Jorge Arturo Piñón difícilmente podría calificarse de aburrida o lenta. Las palabras, las ideas, pero sobre todo el ánimo lo impregnan todo. Es difícil aceptar que él —como se describe a sí mismo— haya sido alguna vez un niño callado e introvertido. Su infancia, recuerda, quedó marcada por un padre enérgico y exigente: “Nueve no era una buena calificación”. Sin embargo, siempre -compartieron plenamente el delirio por la tecnología.

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Piñón también recuerda que desde muy pequeño sabía lo que quería ser cuando creciera: “Nunca me confundí, no quise ser ni bombero ni astronauta, siempre pensé en ser piloto aviador”. Cuando llegó la hora de iniciar la carrera de piloto, debió enfrentar una disyuntiva: pagarse él mismo los estudios (piloto comercial) o entrar al ejército para no gastar ni un centavo. La decisión no fue difícil: a trabajar.

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“Hice de todo para ganar lo que me costaba la escuela —explica Piñón—, desde limpiar ventanas hasta lavar baños”. Durante un año tuvo que viajar cada fin de semana a Tampico para sus prácticas de vuelo. “No era una obligación, sino un placer hacerlo.”

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En 1982 obtuvo su licencia de piloto comercial y se desempeñó como tal hasta 1985. Sin embargo, una temporada en la que no tuvo oportunidad de volar lo hizo aterrizar en el área de informática del Departamento del Distrito Federal. Ahí se reencontró con un mundo que ya no abandonaría: la computación.

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Las pistas del hardware y el software
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Desde 1980 Piñón tuvo contacto con las computadoras, incluso había traducido un manual y dado un curso, pero nunca se sintió tan atraído como para dedicarle todo su tiempo. En 1986, cuando se inicia en la venta de equipo de cómputo por comisión, vuelve a ver a una excompañera del Colegio de Bachilleres: Martha Íñiguez. El encuentro fue definitivo (terminó en boda), no volverían a separarse.

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Buscando obtener más conocimientos, en 1990 cursó un diplomado de sistemas en el ITAM. “La necesidad de brindar un valor agregado a los clientes y no vender simplemente computadoras, me hizo decidirme a fundar un negocio con algunos amigos.” Sin embargo, las cosas no resultaron como estaban planeadas.

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“Descubrí que mis socios estaban más interesados en otras actividades y no en el servicio a los clientes. A mediados de 1991 decidí pagarles su parte y quedarme solo con la compañía”, explica. Ese mismo año empieza a dar cursos de capacitación en informática a personal de Citibank y a brindar consultoría. “A mis clientes siempre les he dado primero asesoría y después les he vendido el equipo, nunca al revés”.

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Piñón bautizó a su compañía como Integral de Sistemas y empezó a dar sus primeras asesorías en redes de PC en 1992. En esos años, realmente eran pocas las firmas que podían ofrecer soluciones en este campo, por lo que se posicionó rápidamente en ese mercado.

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El año siguiente fue de crecimiento acelerado: “Tuvimos oportunidad de capacitar en diversos programas a casi todo el personal de la cementera Apasco, en varias partes de la República y durante varios meses.” También prestó servicios de procesamiento de información a Banamex (“todo se hacía en las instalaciones del mismo banco, aunque el personal estaba contratado por mí. Lo que en un principio calculé requeriría alrededor de una docena de personas, se multiplicó por cinco”), y atendió, entre otras instituciones, al entonces Banco Mexicano Somex. Ese año, su facturación rebasó por primera vez la cifra mágica de $1 millón de nuevos pesos.

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No obstante, un crecimiento tan rápido no es fácil de manejar. Antes de terminar 1993, diversos problemas hacen que deje de dar servicio a Banamex y tenga que reducir drásticamente el número de empleados. Durante 1994 el trabajo de capacitación no disminuye: la cadena de restaurantes Kentucky Fried Chicken y la fábrica de cereales Maizoro también reciben los cursos de este emprendedor y sus instructores.

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El ingeniero Juan Luis Medina Coeto, gerente de Informática de Maizoro, recuerda que en esa época inició la migración de sus equipos medianos a redes de PCs, debiendo enfrentar algunos problemas. “Descubrimos que el cambio nos había convertido en islas de información —cuenta— porque trabajábamos con muchos tipos de -hardware y software . La estandarización no existía y fue precisamente ahí donde más nos ayudó Jorge Piñón.

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“Los obstáculos pudieron ser superados gracias a que él y su gente se -adentraron en el problema con gusto y bastante experiencia. En poco tiempo lograron estandarizar toda el área de informática y nos dejaron más que satisfechos”, comenta Medina.

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La clave de la diversificación
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Piñón explica que en 1994 debieron enfrentar un crecimiento importante de la competencia, con el surgimiento de numerosas compañías que ofrecían sus cursos de capacitación a un precio muy bajo, aunque con una calidad también reducida.

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Para el fundador de Integral de Sistemas no cualquiera puede dar un curso, aunque sepa algo de computación. “Se trata de una actividad que empieza con la preparación de los manuales, continúa en la sala de capacitación y se extiende más allá de la clase.”

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Piñón es muy cuidadoso para aceptar un instructor en su firma: “Para nosotros tiene tal seriedad el trabajo que realizamos, que no ponemos a nadie a dar un curso si no ha pasado por lo menos un mes preparándose para ello en nuestros propios cursos.”

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Así, este emprendedor no se quedó cruzado de brazos viendo crecer a la competencia y buscó diversificarse: “En 1994 nos convertimos también en distribuidores de diversas marcas de -software: Autodesk, Santa Cruz Operation (SCO), Novell, etcétera.” De esa forma aumentaron su participación en la solución de problemas con redes de PCs.

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Divertido, Piñón comenta que muchos de sus clientes se los debe a sus competidores. “Son éstos quienes los hacen acudir a mí, porque son incapaces tales proveedores de brindar el servicio que el cliente requiere. Luego de comprado el equipo, la clientela no quiere saber nada de mi competencia.”

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Un año para triunfadores
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Aunque en 1994, su facturación rebasó los $1.3 millones de pesos —30% más que el año anterior—, este emprendedor reconoce que sus ingresos durante el primer semestre descendieron 20% respecto del mismo periodo del año pasado. Sin embargo, no ve con pesimismo el futuro. “Creo que este es un momento para demostrar quién es un triunfador. La meta debe ser mantenerse en el mercado, sin reducir el nivel de servicio, aunque no se gane. Quien lo logre, habrá triunfado.”

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Así, las actividades de este empresario para el presente año están dirigidas hacia la integración de sistemas, que es la faceta más completa del servicio: análisis, venta de equipo, instalación, capacitación y mantenimiento. Otros planes de Piñón para el futuro inmediato no son deleznables. “Estamos en pláticas para dar capacitación al personal de dos bancos, de una cadena de restaurantes y de una firma embotelladora de refrescos. Además, está casi listo un plan para ofrecer paquetes de capacitación a precios bastante competitivos en Centroamérica.”

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Entre otros proyectos a mediano plazo se encuentra el desarrollo de cursos de capacitación para ambientes multimedia y esperan convertirse pronto en ingenieros certificados por Novell.

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Piñón, quien también es miembro del consejo consultivo del Conalep, reconoce que lo que ha logrado le hubiera sido imposible si no contara con una socia insustituible: su esposa.

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Martha y Jorge han trabajado juntos desde hace 10 años y aunque ella admite que “en un principio era difícil compartir las 24 horas juntos, pronto cada quien descubrió cuál era su especialidad”, por lo que a la postre forman un buen equipo. Padres de dos hijos totalmente inmersos en el mundo de la tecnología, se sienten orgullosos de lo que han logrado.

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