Justifico, luego existo

Hay países donde no es necesario firmar un contrato. Se sabe, de antemano, que con el solo hecho de
Javier Martínez Stainez*

Sucedió en Pretextolandia. Más bien, sucede todo el tiempo. Como dice un buen amigo, en este país podemos hacer lo que nos venga en gana en todos los órdenes y, al final, casi todo se resuelve con una buena justificación.

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Al escuchárselo por primera vez me puse a pensar en que cuando la extensa galería de excusas se mezcla con el muy mexicano cinismo, el resultado es catastróficamente kafkiano, con ese inigualable saborcito agridulce del absurdo. Nada raro en una nación donde los abogados estudian para evadir la ley, los contadores para evitar al fisco y los economistas para eludir la realidad. Al momento en que le dije esta última frase mi amigo, que es abogado, reviró: “Y no lo olvides: los periodistas lo hacen para esquivar la verdad.” Por supuesto que esta opinión me dolió, por lo que procuro no sumarla a la lista. Ni hablar.

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De vuelta al tema: con pretextos no se construye prosperidad para una nación. Antes, se pone un freno (no necesariamente al cambio, como ahora insisten en los frecuentes espots radiofónicos diseñados en Los Pinos) a toda posibilidad de asumir, cada quién, las responsabilidades que nos corresponden. Justificar es transferir el compromiso a alguien o a algo más.

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Seamos sinceros: ¿cuántas veces no hemos recurrido a la artimaña de la honrosa coartada salvadora? Si llegamos tarde a una cita, fue porque había mucho tráfico. Si no entregamos a tiempo el proyecto solicitado, fue porque se atravesaron otras urgencias. Si no pagamos a los proveedores, fue porque los gringos invadieron Irak. Si no ganamos la licitación, fue porque el otro hizo trampa. Si no pagamos impuestos, es porque el dinero se lo van a robar.

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En realidad, lo que hay detrás del ficticio imperio de la recurrencia al pretexto es el escaso (o nulo) valor que en México tiene la palabra. Hay países donde no es necesario firmar un contrato para establecer un compromiso. Se sabe, de antemano, que con el solo hecho de comprometer la palabra, hay un acuerdo de honor de cuyo cumplimiento nadie duda, y que no se inventarán pretextos y justificaciones para evadirlo.

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*El autor es director editorial de Grupo Expansión y no encontró una buena justificación para evitar escribir sobre este tema. Retroalimentación a: jstaines@expansion.com.mx.

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