La batalla de Tokio

México arremete en su mayor desafío de apertura comercial: firmar un tlc con Japón. A su favor, l
Alberto Cabezas / Tokio

Noviembre de 1998. El presidente mexicano de entonces, Ernesto Zedillo, habla ante la crema y nata de los empresarios japoneses de la Federación de Organizaciones Empresariales (Keidanren). Su voz es pausada y sin brío. De repente pronuncia la frase más importante de su discurso y los asistentes comienzan a mirarse unos a otros con sorpresa, enarcan las cejas y escuchan con pasmo la osadía presidencial: "¿Por qué no firmamos un acuerdo de libre comercio bilateral?"

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Los empresarios que escucharon a Zedillo hablar en el salón de conferencias de la Keidanren no daban crédito a esas palabras. Un Presidente latinoamericano se atrevía a retar a Japón, a echarle un pulso al único país, entre los siete más desarrollados, ajeno a la creación de zonas económicas comerciales en todo el mundo. Quizás el ex mandatario desconocía el efecto dispar que tendría esta propuesta, que los hombres de negocios comenzarían a acoger con interés poco después y que pondría cada vez más nervioso al gobierno japonés.

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La liberalización del comercio mundial es hoy, en la llamada "era de la globalización", el primer mandamiento de las economías avanzadas del planeta y de la institución que las abandera: la Organización Mundial del Comercio (OMC). "Sin ella no habrá progreso ni creación de empleo", repiten los economistas de los países industrializados con una fe ciega en un futuro que ven cargado de mejoras.

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Para las naciones fuertes la propuesta es atractiva, no así para las menos desarrolladas cuyo recelo nace de los desequilibrios que les impone desde hace décadas el esquema comercial actual. Este rechazo hacia la eliminación de fronteras al comercio quedó patente desde la cumbre ministerial de la OMC celebrada en Seattle, Estados Unidos, en diciembre de 1999, cuando, ante la protesta de miles de manifestantes –que dejaron sin palabras a los asistentes a aquella cita– las autoridades decidieron imponer el toque de queda en las calles de la ciudad.

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Un año antes, cuando Zedillo abandonó Japón, probablemente partió satisfecho por su atrevimiento. La propuesta de un tratado de libre comercio (TLC) con Japón pasó al titular de la entonces Secretaría de Comercio y Fomento Industrial (Secofi, hoy Secretaría de Economía), Herminio Blanco, quien puso todo su empeño en el plan de estrechar los vínculos económicos entre ambos países.

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Desconfianza

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Las relaciones diplomáticas entre Japón y México comenzaron hace más de un siglo y pasaron por varios grados de tibieza hasta llegar al momento actual, en el que ponderan un mayor acercamiento. Japón se convirtió en la segunda economía del mundo, en el líder económico asiático indiscutible y en una de las principales potencias tecnológicas. Sin embargo, su relación con América Latina ha sido discontinua. Pese a que penetró en la región hace más de dos décadas, la abandonó casi totalmente pocos años después –durante los años 80-, espantado por las frecuentes crisis. Luego, el retorno japonés en la pasada década se ha hecho midiendo cada paso.

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Las constantes preocupaciones por la seguridad personal de sus empresarios, la corrupción y la feroz inestabilidad monetaria y fiscal del pasado han creado en los hombres de negocios japoneses un rechazo hacia Latinoamérica difícil de desterrar. Inútil es creer que con una breve visita cargada de gestos y palabras los empresarios de aquel archipiélago cambiarán su percepción de México.

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Probablemente el mensaje que el presidente Vicente Fox repitió durante su reciente gira asiática, en el que calificaba a México de "país del futuro" y subrayaba que está dirigido con mentalidad empresarial, no va a ser tomado a la ligera por los hombres de negocios japoneses que juzgarán sólo por sus obras al mandatario mexicano. Además, la responsabilidad social que siente un empresario de esa nación hacia sus compatriotas es muy distinta a la que sienten sus contrapartes mexicanas por su gente.

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México ha tratado de explotar al máximo su adhesión al foro Asia Pacifico de Cooperación Económica (APEC, 1989) y al TLCAN (1994) para potenciar su comercio y liberalizar su economía. Necesita a Japón para abrir otro frente comercial que le ayude a diversificar su dependencia económica de Estados Unidos y afianzar su desarrollo industrial.

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Esta visión pragmática choca sin embargo con la de Tokio, que considera que el TLC no es un fin en sí mismo sino un medio para obtener nuevas conquistas económicas. En contrapartida, Japón espera seguir utilizando a México como vía de acceso a Estados Unidos, su principal socio comercial, con el que disfruta, además, de un superávit sonrojante de casi $51,100 millones de dólares en el intercambio de mercancías. Difícil es entonces creer que México es en sí el objetivo de los exportadores japoneses.

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Hagan cola

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No debe olvidarse tampoco que Japón ha convertido en rutina el proceso de elaboración de un TLC, lo que ha restado interés práctico al proyecto con México y lo ha transformado en una posibilidad distante, si no remota. Si bien la Keidanren apoya el tratado, comenzar un estudio al más alto nivel no supone un resultado positivo.

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En abril del año pasado, la Secofi y la Organización Japonesa de Comercio Exterior (Jetro, por sus siglas en inglés), de carácter semigubernamental, presentaron en Tokio las conclusiones de dos estudios favorables a la creación de un acuerdo de libre comercio bilateral. Sin embargo, se demoró hasta la visita de Fox el comienzo de las negociaciones gubernamentales de alto nivel, cuya fecha aún no ha sido fijada.

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A estas alturas, México no debe creer que está por delante de otros países que tratan de formalizar un TLC con Japón. Muy al contrario, es Tokio el que controla los ritmos negociadores y trata de extraer los máximos réditos de sus interlocutores.

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Quizá la presencia de varios cientos de empresas japonesas en el país aporte la diferencia más relevante frente a las demás naciones que esperan. "Para Japón un acuerdo de libre comercio no es perfecto, pero sería una manera de resolver los problemas de las maquiladoras", dicen fuentes de Jetro en Tokio. También indican que un eventual tratado entre los dos países no sería una solución a todos los problemas japoneses porque sus empresas en México importan muchos de sus componentes de lugares como Tailandia, Indonesia o Filipinas, a los que no beneficiaría una exención o caída en los aranceles entre México y Japón.

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Según el portavoz de la Organización de Comercio, las empresas japonesas establecidas en la República Mexicana sienten cierta desconfianza hacia el gobierno, sea panista, priísta o tecnócrata, desde que el año pasado se modificaron algunas de las regulaciones que afectan a las industrias maquiladoras, lo que ha reducido su rentabilidad. Por ese motivo, el acuerdo librecomercial podría convertirse en una concesión que Japón estaría dispuesto a hacer a cambio de mejoras para sus industrias, las que reexportan a Estados Unidos la mayor parte de su producción y dan sentido a su inversión en México.

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La ventaja geográfica

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Con todo, para Japón los acuerdos liberalizadores bilaterales tampoco son asuntos de sólo dos países. La primera economía asiática hasta el momento ha preferido analizar una por una las invitaciones a negociar y estudiar las características de sus socios potenciales antes de definir una posición oficial común para todos.

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En julio de 2000 la patronal Keidanren tomó una postura clara al publicar un amplio plan denominado Llamada urgente a la promoción activa de los acuerdos de libre comercio: hacia una nueva dimensión de la política comercial. En éste, los representantes del sector privado señalan que es el momento de que las autoridades japonesas empiecen a jugar simultáneamente sus cartas con varios países entre los que se encuentran Corea del Sur y Singapur, en Asia, y México, Canadá y Chile en América.

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Estos cinco interlocutores aspiran a estrechar sus relaciones comerciales con Japón, un país cuyo Producto Interior Bruto (PIB) asciende a $2.9 billones de dólares y que tiene una renta per cápita de $23,100 dólares. Todos ellos tienen ventajas e inconvenientes, pero en el caso de México su cercanía a Estados Unidos le hace más atractivo que, por ejemplo, Chile, cuya experiencia comercial con Japón es, no obstante, muy positiva y está bien fundamentada con esfuerzos promocionales periódicos y con una relación constante y estable.

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Un tercer convidado americano es Canadá, país con el que la ventaja geográfica mexicana desaparece casi por completo y con el que entran en juego factores a su favor como la seguridad ciudadana, la estabilidad económica y monetaria, o criterios de productividad, competitividad y capacitación de los recursos humanos, que México debe aún mejorar mucho.

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Quizá la clave del éxito de un TLC con Japón –además de la exclusión temporal o completa del capítulo agrícola que exigirían los asiáticos– esté en que los negociadores mexicanos no olviden que a esa potencia no le interesa sólo el mercado del país, sino las condiciones de acceso a su primer socio comercial, Estados Unidos, con un PIB de $8.5 billones de dólares y una renta per cápita de $31,500 dólares, frente a $570,000 millones y $5,800 en el caso de México, respectivamente.

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