La brevedad y los formularios

Las explicaciones tediosas y complicadas siempre resultan sospechosas.
Max Clip

Dicen que lo bueno, si es breve, dos veces bueno. Y en efecto, al menos en el mundo corporativo, nada parece tener mejores resultados que exponer, digamos, un plan de acción de manera concisa y yendo al grano, como si se tratara de una lista de supermercado. Quizá por eso ciertos programas que facilitan el dar una presentación durante alguna junta sólo permiten redactar cinco o seis líneas en cada "diapositiva" digital, antes de obligarnos a crear una nueva. Parece que la carrera ejecutiva no es precisamente la mejor opción para los que tienden a elaborar complejas teorías por cualquier detalle. Conclusión: rolleros y filósofos de café, manténganse en el ámbito académico.

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Nuestra tendencia por la brevedad es mucho más general y no sólo implica al medio corporativo. Los dichos populares y casi todas las enseñanzas fundamentales de los grandes maestros pueden formularse utilizando sólo frases simples. Claro que lo mismo se puede decir de los enunciados publicitarios. Me parece natural: cuando ciertos mensajes van dirigidos a una audiencia tan general, de nacionalidades y estratos sociales diversos, para ser efectivos deben ser necesariamente parcos. Así, no sólo garantizamos que se nos entienda, sino que lo que decimos pueda aspirar a ser una verdad universal, casi automáticamente.

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En cambio, las explicaciones tediosas y complicadas siempre levantan sospechas. Una buena prueba es cuando debemos decir a alguien por qué llegamos dos horas tarde a la oficina. Respuestas del tipo: "Se me ponchó una llanta", o "Tuve una emergencia familiar", a pesar de su brutalidad, son mucho más seguras que las elucidaciones sobre el complejo tráfico citadino, los problemas en la familia o con la pareja, o tratar de ilustrar los efectos de una depresión, provocada acaso por un cuarto menguante lunar.

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La brevedad y la economía de recursos van de la mano. Si no, ¿cómo explicar que a los empleados de tropa se les asigne cubículos de trabajo más pequeños que una celda de Almoloya, lugares de estacionamiento que permiten acomodar el auto pero no salir de él, un sueldo que cada año pierde poder adquisitivo y seis lápices del número dos, inventariados con escrúpulo?

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Pero, ya se adivinará, esta frugalidad no domina en todos los ámbitos de la empresa. No voy a abundar sobre el generoso y derrochador sistema de bonos reservado a los altos directivos. Tampoco sobre esas oficinas con doble ventana, en las que es posible patinar, o de las limosinas ejecutivas, grandes como un campo de golf. No, mi problema es otro y tiene que ver con los llamados formularios para medir el desempeño del personal.

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Ya sea que uno tenga que evaluar o ser evaluado, el proceso resulta un verdadero martirio, inspirado seguramente en las torturas que se ejercían en algún campo de exterminio o, peor, en los formatos de las declaraciones de impuestos. Largos como la cuaresma y complejos como la teoría de la relatividad, estos machotes pretenden ayudar a "medir objetivamente" la productividad de los empleados para justificar o no las promociones y los aumentos de sueldo. Tengo la impresión de que el sólo hecho de sobrevivir a su aplicación ya debería ser prueba de que se tiene capacidad suficiente para llevar a cabo cualquier tarea.

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Ayer me tocó evaluar a uno de mis subalternos y casi no sobrevivo la prueba: más de 30 páginas con preguntas y en ninguna de ellas se formulaba la sencilla, breve, escueta interrogación: "¿Fulano realizó bien su trabajo?"

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Por supuesto, cuando acudí al departamento de personal a entregar el formulario, pregunté por qué el proceso resultaba tan complejo. El subgerente me recetó una teoría sobre variables y estadísticas, apoyada en hipótesis acerca de la incertidumbre y los cursos de la excelencia. Ya lo sé: mi error fue haber preguntado. Tres cuartos de hora después, mareado, pude regresar a mi cubículo.

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