La capital de los negocios verdes

El Distrito Federal podría convertirse en el núcleo de un vigoroso mercado ambiental si consiguier
Gerardo Moncada

El deterioro ambiental que vive la ciudad de México es una realidad incómoda, incluso vergonzante, a menos que se le vea como oportunidad para hacer negocios. En tal caso, provoca un entusiasmo desbordado entre las autoridades ecológicas y varios sectores empresariales. Y es que las políticas oficiales que buscan sanear la capital auguran una extensa gama de lucrativas oportunidades.

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Las posibilidades son múltiples: todo lo relacionado con aguas negras, desechos, aire y suelos contaminados, eficiencia energética y los diversos servicios de consultoría.

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La Comisión Promotora de Inversiones Ambientales (Copia) estima que, a escala nacional, entre 1995 y el año 2010, tal conjunto de actividades podría representar un gasto de $29,092 millones de dólares. Al menos entre 25 y 30% de esa cantidad corresponderá al DF. Según la Comisión, el mercado ambiental será un vigoroso gigante digno de respeto. Lo cierto es que por el momento permanece en estado fetal. Sólo algunos de los negocios previstos avanzan, con pies de plomo; la mayor parte sigue en el difuso terreno de las expectativas.

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No obstante, Francisco Cerón, analista de la Unidad de Estudios de Mercado, adscrita al Departamento de Comercio de Estados Unidos, aprovecha cualquier foro para expresar su entusiasmo por el naciente mercado. Si se le piden más detalles no duda al afirmar: “En la capital están los proyectos más ambiciosos de inversiones ambientales”. Aunque comparte su optimismo, Luis Doménech, gerente de Investigación en Consultants Group/Latin America, señala que este mercado difícilmente madurará mientras no se instrumente un sistema ágil que permita verificar, en forma permanente y puntual, el cumplimiento de las normas ambientales.

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De una u otra forma, consultores y proveedores de bienes lo consideran un requisito para dar certidumbre a los inversionistas.

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NECESIDAD Y OPORTUNIDAD
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El gobierno tiene prisa por revertir las tendencias de deterioro ecológico. Así se lo exigen los compromisos internacionales suscritos con la OCDE y con diversos organismos de la ONU; es, asimismo, una demanda de las instituciones que le han otorgado donativos económicos; es un reclamo de la propia ciudadanía que ve caer progresivamente su calidad de vida. Más aún, a mediano plazo, las empresas mexicanas que no cumplan con ciertos estándares ecológicos verán acotada su capacidad de movimiento en el mercado internacional.

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Por todo ello, las autoridades necesitan impulsar el desarrollo de una vasta infraestructura ambiental, integrada por proveedores de bienes y servicios especializados. De esta manera prosperará uno de los nichos comerciales más promisorios: el mercado ecológico.

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La Copia ha identificado un amplio espectro de oportunidades. Destacan, por el monto de las inversiones que implican, el tratamiento de aguas residuales de uso urbano, el manejo de residuos industriales peligrosos, el tratamiento de las aguas que vierten las industrias, el manejo de desechos municipales y el control de la contaminación atmosférica. Cada rubro representa una jugosa oportunidad de negocios para las empresas constructoras, así como para los proveedores de equipos, sistemas de instrumentación y tecnología de monitoreo.

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Más aún, las actividades asociadas al agua y los desperdicios podrían transformarse en fuentes permanentes de empleo. Tan sólo crear la infraestructura necesaria para dar tratamiento a los 41,000 litros por segundo de aguas negras que expulsa el DF representará un costo aproximado de $4,850 millones de dólares, de ahora al año 2010. La operación anual de las plantas tratadoras ascenderá a $130 millones de dólares. “Es la oportunidad más grande de inversiones en tratamiento de agua de toda América Latina”, comenta Doménech.

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Más lucrativo a largo plazo será el manejo de los desechos. Edificar las instalaciones para procesar y confinar los dos millones de toneladas de residuos industriales peligrosos que genera cada año el parque fabril de la capital demandará una inversión de $1,750 millones de dólares. Es un negocio rentable, toda vez que el costo de manejo por cada tonelada de estos residuos es de $450 dólares, de manera que sólo el DF representa un mercado de $980 millones de dólares al año. Por ello, Cerón hizo recientemente un llamado a las firmas estadounidenses especializadas en reciclamiento de solventes y de combustibles, tratamiento de desechos con metales pesados o con sustancias orgánicas, oxidación térmica y confinamiento de desechos químicamente estabilizados y solidificados.

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La basura urbana es otro filón atractivo, siempre y cuando se concesione todo o una parte del sistema de limpia. Se estima que cada ciudadano genera un kilogramo de residuos diariamente, a lo cual se suman los desperdicios de comercios y oficinas. En total, 16,000 toneladas al día. Las tarifas son de $10 dólares por tonelada en la colecta, otros $10 por el transporte y $12 más por la disposición final. Esto representa un costo operativo de $187 millones de dólares anuales. Crear los sitios adecuados para sepultar la basura costará alrededor de $715 millones de dólares.

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REALIDADES Y UTOPÍAS
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La Copia refiere otros negocios de altos vuelos pero de dudoso porvenir, pues no los respaldan los hábitos ciudadanos y empresariales ni las políticas gubernamentales. Suenan utópicas las multimillonarias inversiones previstas para la generación de energía a partir de luz solar y viento, al igual que la producción de combustibles alternos, en especial el etanol. Asimismo, se habla de una derrama anual cercana a $800 millones de dólares, proveniente del reciclaje de los residuos sólidos urbanos del DF, una meta que se antoja ambiciosa de acuerdo al magro volumen que actualmente se recicla.

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El ahorro en el consumo de energía es un área más palpable pero igualmente incierta. Aunque las estadísticas relativas a la eficiencia energética muestran mejoras, parece demasiado optimista el pronóstico de la Copia al hablar de una inversión cercana a los $1,000 millones de dólares en la ciudad de México, entre 1995 y el 2010.

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Los demás negocios son las auditorías ambientales, los análisis de laboratorio, la descontaminación de suelos, así como estudios de diverso tipo: impacto ambiental, ordenamiento ecológico, descentralización y riesgo. En la ciudad de México, estos servicios tienen gran demanda por temporadas.

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Por ejemplo, cuando se aproxima la fecha límite para presentar reportes de operación a las autoridades, las solicitudes de análisis de aguas residuales, suelos, desechos y emisiones gaseosas son tantas que un 15% va a parar a Monterrey, a los laboratorios de Atlatec, empresa de Grupo Cydsa. Según consultores de esa firma, el mercado ambiental de la ciudad de México es buenísimo, pero sólo en potencia. Cantidad de empresas no cumple con lo que la ley le exige; otras simplemente no pueden, pues con dificultades subsisten. Además hay desconocimiento de los reglamentos ecológicos, aunque también renuencia a acatarlos. Salvo las grandes compañías, las empresas no planean la contratación de este tipo de servicios, que siempre les parecen caros, superfluos y lentos.

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En efecto, es un mercado potencial toda vez que la ciudad de México alberga millares de empresas. El DDF ha identificado 4,623 como dignas de atención. De ellas, sólo 30 han efectuado una auditoría ambiental en sus instalaciones. Ese rubro está casi intacto. El costo por auditoría oscila entre $10,000 y $60,000 dólares. De ese monto, hasta 50% corresponde a análisis de laboratorio. Tales auditorías suelen derivar en actividades correctivas. Es el caso del saneamiento del subsuelo de las gasolineras, contaminado con gasolina y lubricantes. Por la misma razón, la dirección del aeropuerto capitalino emprenderá en breve la limpieza de los terrenos donde almacena combustible y una labor similar deberá realizar Ferrocarriles Nacionales de México. El costo de la limpieza de suelos va de $40 a $60 dólares por metro cúbico.

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Es un espectro de oportunidades amplio y atractivo. Tan es así que las firmas consultoras y prestadoras de servicios ya son casi medio millar; en sólo un año, las empresas que ofrecen tratamiento de desechos pasaron de 70 a 140. Todas ellas anhelan dar un buen pellizco al apetitoso pastel de los servicios ambientales.

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AL ACECHO
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En 1995, el pujante mercado ambiental mexicano declinó a causa de la crisis económica. En opinión de Carlos Sandoval, presidente del Consejo Nacional de Industriales Ecologistas, este mercado ya recuperó su dinámica ascendente. “Al concluir 1997 México habrá destinado $2,500 millones de dólares a inversiones ambientales, 20% superior a lo gastado en 1996. Esto incluye todo, equipos, servicios, cambios en los combustibles y en los transportes. Ese monto representa nuevamente, como en 1994, 0.6% del Producto Interno Bruto (PIB). De mantenerse las tendencias, calculamos que para 1998 representará 0.7% del PIB y en el año 2005 podría llegar a 1.2%”.

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Sandoval estima que el DF concentra la cuarta parte de las inversiones totales y la proporción podría ser mayor si hubieran prosperado proyectos como el tren elevado y la privatización del sistema de limpia. A su parecer, las actividades que presentan mayor dinamismo son el control de desechos hospitalarios, las adecuaciones de las industrias para una producción “limpia”, la recuperación de vapores de gasolinas en los camiones de Pemex y en las estaciones de servicio, y el reciclaje de residuos industriales peligrosos.

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Pero el gran momento del mercado ambiental capitalino parece haber llegado, ahora que comienza la licitación del Proyecto de tratamiento de aguas residuales del Valle de México. Más de 10 consorcios están interesados en este paquete que será financiado por el Banco Interamericano de Desarrollo y la institución japonesa Fondo de Cooperación Económica de Ultramar. El proyecto comprenderá la construcción y operación de una planta en Texcoco para tratar 43,000 litros por segundo (el costo de la obra será de $259 millones de dólares), otra en Coyotepec que procesará 15,000 litros por segundo (con una inversión de $96 millones de dólares), una más de igual capacidad en El Salto ($75 millones) y otra para 500 litros por segundo, en Nextlalpan ($4 millones).

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Asimismo, está en marcha un programa para reforzar el sistema de drenaje. Incluirá las siguientes obras: 45 kilómetros de canales, dos plantas de bombeo, dos lagunas de regulación y mantenimiento en parte del río de los Remedios. El costo superará los $400 millones de dólares.

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Bajo la máxima de que quien pega primero pega dos veces, Cerón hizo un llamado para que las empresas estadounidenses aprovechen esta y otras oportunidades en el DF, como el combate contra la contaminación. En esta área, Cerón identifica tres opciones: la iniciativa oficial para adaptar más de 10,000 camiones de carga que usarán gas natural en vez de gasolina; la necesidad de equipos de control de procesos, filtros de aire y colectores de partículas en más de 3,000 industrias, y el programa para recuperar los nocivos vapores de las gasolinas en las instalaciones de Pemex, en las pipas repartidoras y en la gasolineras.

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Este último ilustra las dificultades que pueden enfrentar las iniciativas ambientales. De apariencia simple, el programa sería financiado con el “impuesto ecológico” que se aplicó a la gasolina a partir de enero de 1995. Sin embargo, desde el principio fue cuestionado por los propietarios de las 414 estaciones de servicio del DF y municipios conurbados. De autoritario, mal diseñado, burocrático e injusto no lo bajaron. Además criticaron la larga inexistencia de una verdadera competencia entre proveedores, lo que mantuvo alto el precio de los equipos a instalar. Para agosto pasado, cuando se pensaba que estaría por concluir el proyecto, apenas 7% de las estaciones de servicio habían cumplido. Si bien las autoridades confiaban en haber superado la etapa de aprendizaje, hasta septiembre todavía 92 gasolineras no aceptaban los términos del programa.

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Similar reticencia ha mostrado buena parte de los industriales. Varios sectores siguen engordando la nube color marrón que flota sobre la ciudad. Son los productores de minerales metálicos y no metálicos, electricidad, la industria química, las artes gráficas, madera y derivados, vestido y alimentos. La laxitud en la aplicación de la normatividad ecológica les permite tomar las cosas con calma.

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Consultores, proveedores y prestadores de servicios ambientales concuerdan en que la débil observancia de las normas ecológicas no da certidumbre al mercado ambiental. Sienten que las autoridades fijan plazos y límites de emisiones para luego olvidarse del asunto. La muestra es el reducido número de sanciones. “Emiten normas de papel que nadie toma en serio”, dicen.

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A su parecer, esto ocurre en todas las áreas. Ejemplifican: si en el DF se aplicaran como es debido los reglamentos y las normas ecológicas, no alcanzarían todos los laboratorios del país para hacer los análisis que por ley deben efectuar constantemente las empresas.

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Consideran que esta flaqueza actúa incluso en contra de la propia autoridad cuando intenta impulsar algún proyecto, como el de los confinamientos para desechos peligrosos. La ciudadanía se percata de la débil exigencia gubernamental para que la ley se cumpla, de ahí que no confía aunque le aseguren que los nuevos programas acatarán escrupulosamente la normatividad ecológica.

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Por otro lado, persisten inercias administrativas: un lento arranque de los programas ambientales, abundancia de trámites y papeleo, una tardía y en ocasiones inexistente respuesta a peticiones de información, autorizaciones de obras o licencias para operar, la necesidad de hacer cabildeo ante las autoridades ecológicas.

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La combinación de todos estos factores ha impedido conformar la infraestructura ambiental que pide a gritos una de las urbes más grandes y contaminadas del planeta. Tal infraestructura no es la solución a todos los problemas de una ciudad ahogada por el centralismo, pero ayudaría a poner un poco de orden y comenzar a sanear la región más transpirante del aire.

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