La cartera rota

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Sergio Sarmiento

Hasta hace un par de años, si un reportero le hubiese preguntando a un no especialista su opinión sobre la cartera vencida, la respuesta seguramente habría versado sobre el estado de la billetera en que el sujeto guardaba su dinero. Pocos entendían el término y virtualmente nadie lo relacionaba con su economía personal o familiar.

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Pero las cosas han cambiado de manera dramática. La cartera vencida, que en su momento fue campo de reflexión sólo para los expertos, se ha convertido en un verdadero problema de seguridad nacional. Si históricamente los bancos mexicanos registraban un índice de cartera vencida de 3% de los créditos totales otorgados, para mediados de 1995 esta cifra se había elevado ya a 15%. Si se aplicaran los criterios contables que prevalecen en Estados Unidos, la cifra ascendería quizá a 25% de los créditos. Estamos hablando de cifras dramáticas para cualquier economía.

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Los números por sí solos, sin embargo, no revelan la cabal gravedad del fenómeno. No nos hablan acerca del sufrimiento humano: del caso de quien, por ejemplo, ha venido pagando con regularidad las mensualidades del préstamo de su casa o de su automóvil y que, al cabo de los meses, debe más que en el momento de contratar el crédito. No nos dicen nada tampoco acerca de la angustia de quien está a punto de perder un patrimonio construido con esfuerzo a lo largo de muchos años.

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El problema se ha politizado porque se presta a la politización. Organizaciones como El Barzón y muchas otras han aprovechado la angustia de los deudores y han medrado con ella. Los dirigentes de estos grupos han presentado una visión simplista de la situación: según ellos, los banqueros son unos vulgares villanos interesados sólo en aprovechar la crisis para un enriquecimiento ilícito, por lo que elevan de manera artificial las tasas de interés.

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Estos líderes con aspiraciones políticas prefieren no prestarle atención a lo obvio. Los bancos no establecen las tasas de interés, sino que ajustan sus tipos a las condiciones del mercado. Los bancos no prestan el dinero de los banqueros, sino el de los ahorradores, a los cuales las instituciones de crédito tienen que cubrirles también crecientes tasas de interés. Las carteras vencidas y los impagos aumentan el costo de las transacciones bancarias, y se reflejan así en mayores tasas de interés para todos. Finalmente, los banqueros no se benefician de una situación en que aumentan las tasas de interés y se incrementa la cartera vencida.

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Siempre ha habido buenas razones para rechazar las posiciones populistas de grupos como El Barzón. El reducir artificialmente las tasas de interés o hacer quitas de capital a quienes se han retrasado en sus pagos equivale a castigar a quienes se han esforzado por cumplir puntualmente el servicio de su deuda. El prohibir la capitalización de intereses no pagados, una práctica común en todo el mundo, sería tanto como acabar con el crédito en nuestro país, porque esto daría un incentivo a la gente para no cubrir los intereses y ya nadie estaría dispuesto a otorgar financiamiento.

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Esto no significa que el Estado no deba tomar medidas para ayudar a resolver el problema. Así como el gobierno chileno rescató a la banca de su país en 1982 y el de Estados Unidos salvó de la bancarrota a las cajas de ahorro a principios de los años 90, el gobierno mexicano no puede cruzarse de brazos y permitir el desplome del sistema bancario nacional.

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De ahí que el 23 de agosto el gobierno haya anunciado un programa destinado a rescatar a muchos deudores del fuerte problema generado por la elevación en las tasas de interés y por la cartera vencida. El programa incluyó una disminución pactada en las tasas de interés, pero que beneficiaba a los deudores cumplidos sobre los que no habían cubierto los pagos de sus créditos.

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El nuevo programa no resolverá como por arte de magia el problema financiero al que se enfrenta el país. El otorgar tasas de interés más reducidas a ciertos deudores en un momento dado sólo puede funcionar si, después de cierto tiempo, bajan también los tipos generales de interés en el mercado. De lo contrario, en lugar de ayudar a los deudores se generarán pérdidas adicionales en la banca, las cuales perjudicarán a todos los usuarios del negocio bancario, incluyendo por supuesto a los ahorradores.

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Es tal gravedad del problema de las carteras vencidas, que las autoridades han asumido el riesgo. Después de todo, el peligro de no actuar es superior en este momento al de permanecer inmóvil.

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El autor es vicepresidente de Noticias de Televisión Azteca.

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