La debilidad de Ernesto Zedillo

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Alonso Lujambio

Por supuesto que Ernesto Zedillo es un presidente débil. Eso es obvio. Lo importante es saber en qué consiste su debilidad y si nos debe espantar que la presidencia se debilite.

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En primer lugar, Zedillo es un presidente débil porque no quería ser presidente, porque no se preparó para serlo. En marzo de 1994, había un "colosismo", había un "camachismo", no había un "zedillismo", eso es claro. Cuando a Zedillo le cae la papa caliente de la candidatura presidencial, se enfrenta irremediablemente a la realidad: está aislado de su partido y carece de un equipo-red que le permita tender puentes y armar coaliciones. Esto fue particularmente notorio en la confección de un heterogéneo gabinete. Difícilmente pudo ser de otro modo.

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En segundo lugar, Zedillo es un presidente impopular encuesta tras encuesta, y esto lo debilita. Prometió bienestar para tu familia, dijo saber cómo hacer las cosas. En diciembre de 1994 recibe ya no la papa caliente de la candidatura a la presidencia, sino la papa caliente del país; el manejo equívoco de un problema financiero mayúsculo lleva a la devaluación, al repunte otra vez de la odiosa inflación, a la duplicación en seis meses del desempleo. El presidente Zedillo es débil porque no puede articular un discurso de expectativas y esperanza. Nadie podría en su lugar.

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En tercer lugar, y más importante aún: no podemos tener un presidente fuerte a la vieja usanza del sistema político posrevolucionario si el PRI deja de ver en el titular del Ejecutivo al eje de la coalición política dominante. Me explico: un presidente comprometido, como Zedillo, a concluir de una buena vez la transición democrática; comprometido a terminar de una vez el litigio presidencia-PRD y a respetar las victorias electorales de dicho partido (si es que llegan); comprometido con un auténtico federalismo (que será una combinación de democratización en algunas regiones y de feudalización en otras, pero que en todo caso acotará el poder presidencial); comprometido con la legalidad y la rendición de cuentas en el manejo de los recursos públicos (en contra de intereses de todo tipo); comprometido con una auténtica procuración de justicia (con lo que se echa encima a muchos políticos, narcos y narcopolíticos): comprometido con la idea de una Suprema Corte realmente autónoma e independiente. En fin, un presidente así sencillamente no puede ser fuerte a la vieja usanza. Y qué bueno.

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Si el PRI tabasqueño se levantó en contra del presidente es porque percibió que éste estaba más comprometido con el cambio político que con los intereses del partido que lo llevó al poder. Si el presidente impulsa, como lo hace efectivamente a lo largo del crítico año de 1995, el reconocimiento de las victorias opositoras entonces su partido le regatea aún más su apoyo: más del 25% de la población es ya gobernada por un partido cuyo líder no es el presidente.

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Eso debilita a la vieja presidencia posrevolucionaria. Si no ha habido una ruptura abierta es porque ni al PRI ni al presidente conviene ese escenario; estamos al principio del sexenio, Zedillo necesita que el PRI no se le vuelque agresivamente en su contra (el PRI controla las dos Cámaras del Congreso), y el PRI va a pagar electoralmente si obstaculiza a un presidente que finalmente fue impulsado bajo las siglas del “tricolor”. Así, el presidente no puede echarse encima a su partido, pero tampoco puede ser ya el protector por excelencia de sus intereses más oscuros, ya que no quiere echarse encima a la oposición panista y perredista. Zedillo está entre dos aguas y va a caminar por un espacio estrecho a lo largo de todo su sexenio.

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Adiós a la Presidencia Imperial. Terminemos ya con la idea de que podemos tener un presidente igual de fuerte que siempre, con un federalismo potenciado, una suprema Corte poco sumisa y un Legislativo más activo. Este es un juego de suma cero. El federalismo se potencia ya sea porque la oposición gobierna varios estados (y no tiene por qué "obedecer" al presidente) o porque los priismos locales se yugoslavizan o se democratizan (en cualquier caso, ya no "obedecen" la directriz presidencial). La Constitución y las leyes, y la Suprema Corte como garante de la constitucionalidad de los actos de todos, se volverán, finalmente, el eje de la política mexicana. Con claroscuros si se quiere, pero para allá vamos. Tenemos ya una presidencia acotada. No hay democracia presidencial con presidente fuerte "a la mexicana". La democracia mexicana no tendrá por qué ser la excepción.

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El autor es maestro y candidato a doctor en Ciencia Política por la Universidad de Yale. Director de la licenciatura en Ciencia Política en el ITAM y editorialista del diario Reforma, está por publicar su libro Federalismo y Congreso en el cambio político en México.

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