La delincuencia económica organizada

Malos empresarios se aprovechan del poco seguimiento que da el gobierno a los casos de corrupción y comercio ilegal.
Xavier Ginebra Serrabou

Un nuevo fenómeno acaece en México, y como tal debe tratarse: la delincuencia económica organizada. Un estudio reciente de la Cámara Nacional del Acero (Canacero) titulado ‘Desarrollo de la cadena de valor metalmecánica', de julio de este año, junto con el diagnóstico de algunas cámaras empresariales, cuyos nombres omitimos, nos ilustran al respecto: detrás de la supuesta pérdida de competitividad de las manufacturas mexicanas, a veces existen algo más que empresarios ineficientes: auténticos criminales multinacionales.

Los números son alarmantes: En la última década, México ha perdido más de 700,000 empleos manufactureros (que contrasta con el millón de empleos en la industria prometidos tras la firma del TLCAN); entre 2000 y 2009, la participación de la industria manufacturera en el valor agregado nacional bajó tres puntos porcentuales (de 20 a 16%). En el comercio bilateral México-China, los datos son todavía peores: el déficit comercial, sólo en el periodo 2005-2010, se expandió de 16,600 millones de dólares (MDD) en 2005, a 41,400 MDD en 2010. Adicionalmente, China aumentó su participación en las importaciones no petroleras estadounidenses de 11.5% en 2002 a 22.0% en 2010, mientras que la participación mexicana se ha estabilizado (nosotros preferimos decir ‘estancado') en el nivel de 12%.

¿Qué hay detrás de esta pérdida tan significativa? Sin lugar a dudas, hay talento empresarial, un mayor número de horas trabajadas por las empresas asiáticas, y una mejor tecnología. Sin embargo, junto a esto, no todo es miel sobre hojuelas, hay ineficiencia de las empresas mexicanas.

China incumple las reglas del mercado; nuestro juego con este país no es parejo. Junto al gran tamaño de su economía, el sector gubernamental apoya con subsidios ilegales a sus empresas, que les permite vender en condiciones de dumping a múltiples países, incluyendo México; las empresas del gigante asiático incumplen la normatividad ambiental, lo que les permite competir con precios artificialmente bajos; exportan aprovechando indebidamente los tratados de libre comercio suscritos por México, triangulando sus mercancías desde otros países, para no pagar aranceles; los importadores mexicanos que los solapan falsifican facturas, eluden el pago del IVA y los impuestos a la importación, declarando falsamente en las aduanas. Muchos grupos empresariales tienen nexos con el crimen organizado internacional, en ocasiones tienen relación con la trata de personas, como ha identificado Loretta Napoleoni en Economía canalla; falsifican mercancías, no pagan los derechos legítimos de propiedad intelectual; incumplen la normatividad sanitaria, y el etcétera sigue. ¿Todo esto implica competitividad? Claramente no.

Obviamente, no todos los empresarios chinos son iguales, los hay legales y competitivos, pero hay que llamar las cosas por su nombre, diferenciar una cosa de otra, y tratarlos de manera diferenciada.

El gobierno mexicano debe asumir una política industrial más activa y desarrollar cadenas productivas integrales.

Junto a esto, debe disminuir el costo excesivo y con fines recaudatorios de la energía eléctrica, eliminando las tarifas excesivas en los horarios pico, aprovechando el aumento de las reservas energéticas; atender los problemas de la inseguridad y sus repercusiones en las empresas, especialmente el robo de mercancías; aumentar el grado de contenido nacional en las licitaciones públicas; establecer medidas fiscales para aumentar la inversión y, sobre todo, garantizar condiciones de reciprocidad en el comercio internacional.

A los delincuentes económicos, que podríamos denominar delitos cometidos por el crimen organizado económico, hay que combatirlos con las herramientas de persecución del crimen, máxime cuando desplaza a los empresarios mexicanos competitivos. No tener empresas lícitas y empleo bien remunerado es el mejor caldo de cultivo para el narcotráfico y la emigración a Estados Unidos.

Ojalá el gobierno reaccione antes de que sea demasiado tarde, y muchos de estos sectores -el del acero y metalmecánico, el textil, el calzado- desaparezcan, y nos convirtamos en un país bananero, completamente inviable. El estudio referido pone el dedo en la llaga. Ojalá Bruno Ferrari se dé por enterado.

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El autor es máster y doctor de la competencia, profesor investigador de la UAEM (Morelos) y consultor en competencia económica del despacho Jalife y Caballero.

Comentarios: opinion@expansion.com.mx

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