La estabilidad económica no es un logro

Los niveles de reservas internacionales, tasas de interés e inflación, revelan que tenemos la econ
José Luis González*

En septiembre de 1998, México gozaba de relativa estabilidad macroeconómica y sin embargo sucumbió ante las presiones externas generadas por las crisis prácticamente simultáneas en Rusia, Sudamérica y el Lejano Oriente. Nuestra moneda se devaluó, las tasas de interés se dispararon y en algunos sectores la actividad económica se extinguió de un día para otro, provocando la pérdida de numerosas fuentes de trabajo en empresas pequeñas y grandes por igual.

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Hoy, al igual que hace cinco años, nuestros indicadores internos son sólidos y demuestran una economía sana. Como hace un lustro, vivimos un entorno externo sumamente adverso.

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Qué es más hostil que la incertidumbre provocada por la deceleración de la economía estadounidense y la inestabilidad en sus mercados accionarios, en el marco del ambiente de zozobra que ha prevalecido desde los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 y los graves casos de escándalos y fraudes corporativos en Estados Unidos, la crisis de ingobernabilidad y un fallido golpe de Estado en Venezuela, los conflictos monetarios en Argentina y dos guerras, la última en el corazón de la principal región productora de petróleo en el planeta.

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Es difícil imaginar tantos golpes externos en tan inmediata sucesión y, sin embargo, a diferencia de hace cinco años, nuestra economía hoy sigue en pie. No ha crecido, es verdad, pero tampoco se ha colapsado. De hecho, si consideramos los niveles de reservas internacionales, de tasas de interés y de inflación, podríamos incluso decir que tenemos la economía más sólida, en cuanto a sus indicadores fundamentales, en la historia moderna del país.

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Es verdad que esta solidez no se ha traducido en prosperidad generalizada, pero debemos ser realistas: no existe una receta mágica para lograr el crecimiento y mucho menos el bienestar anhelado.  Repitiendo una máxima utilizada en teoría económica, podemos decir que la creación de la riqueza no se logra por decreto y, como corolario, añadir que su distribución tampoco. La prosperidad se construye poco a poco, con trabajo y mucha disciplina.

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Por otro lado, una crisis económica es como un huracán: le bastan minutos para destruir lo que tomó años edificar; grandes daños que sólo muy lentamente y con esfuerzo pueden ser reparados.

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La estabilidad de los últimos años permite, por ejemplo, cotizar hoy un precio con horizontes de tiempo amplios, generando así certidumbre en las negociaciones tanto como en la planeación y proyección de rentabilidad de las empresas.

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En contraste, en un entorno inflacionario todos pierden. En prácticamente todas las familias del país se vivieron los efectos de la explosión inflacionaria y de tasas de interés ocurrida después del error de diciembre de 1994.

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Así como las espirales inflacionarias -que vivimos de manera constante en los años 80 y con mayor agudeza a partir de finales de 1994- prácticamente erradicaron a la clase media del país, la estabilidad de precios y tasas de interés que tenemos hoy en día permite que por primera vez en muchos años diversos segmentos de la población aspiren a mejorar su condición económica.

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Falta mucho por hacer, pero no por ello debemos restar mérito a la estabilidad macroeconómica que hoy vivimos.

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* Retroalimentación: jlg@ciertamente.com.

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