La finalidad de las empresas, en cuesti?

El autor es miembro del Consejo Editorial de Expansión. Además, es miembro del Consejo de la Comis
Carlos Llano Cifuentes

Todos sabemos que la finalidad institucional de la medicina es la prevención o restauración de la salud, y los médicos y los enfermos no discuten sobre ello. Esto ocurre con la mayoría de las actividades que se llevan a cabo oficialmente en la sociedad. Sin embargo, la cuestión acerca de cuál es la finalidad de las empresas mercantiles se encuentra aún en la mesa de debates, a pesar de que se refiere a una de las instituciones que ejerce en nuestro tiempo un claro protagonismo social.

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Se dice que el fin de las empresa mercantiles es generar o agregar valor económico, y ello parece admitirse pacíficamente. Incluso hay concordancia total acerca de qué se entiende por valor agregado: la empresa logra agregar valor, crear riqueza, es decir, cumplir su fin, cuando el total de sus ventas a terceros es mayor que el total de las compras a terceros. Se crea riqueza cuando se maneja o coloca lo comprado en condiciones tales que pueda ser vendido a un precio más alto, precisamente porque se logró agregar valor. Se diría que estas verdades no sólo son claras sino elementales. Pero no es así.

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El problema de la finalidad de la empresa comienza cuando establecemos la siguiente cuestión: ¿quiénes son los terceros que quedan fuera del cómputo del valor agregado y el dejarlos fuera me permite determinar el valor que se produce dentro? ¿Dónde está el adentro y el afuera de mi empresa? ¿Puedo considerar tercero a un proveedor que me vende 90% de su producción, lo cual compone a su vez 90% de sus compras? ¿Puedo considerar tercero a un cliente al que le vendo 90% de mi producción, la cual contribuye al 90% de sus adquisiciones?

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Estas preguntas han vuelto a ponerse sobre el tapete debido al auge adquirido por las redes de empresas que, siendo cada una de ellas jurídica o contablemente autónomas, establecen servicios mutuos decisivos para la vida de cada una de ellas. Las que se han llamado empresas virtuales, que se sirven de otras empresas a fin de contar con aspectos, factores o ingredientes fundamentales para el propio producto o servicio hace que aquellas cuestiones adquieran un sentido apremiante: ¿dónde empieza y termina -mi negocio, y dónde termina y empieza el negocio de todos aquellos con los que estoy asociado de una manera estrechísima y difícilmente remplazable?

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Lo mismo sucede por causa de un fenómeno enteramente paralelo, que acaba de aparecer con un nombre nuevo --aunque ya era para muchos viejo en la práctica-: outsourcing o subcontratación fuera de mi empresa de servicios que, aunque estén fuera, me resultaban antes o viceversa, sino de socio o, aún más, de maestro-discípulo, porque necesito enseñarles profundamente lo que requiero, así como necesito -aprender profundamente lo que n2h clientes me requieren, ya que me lo requieren como parte esencial d lo que ellos hacen.

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Pero estas preguntas son sólo preparatorias de la siguiente: ¿puedo considerar tercero a una persona que me vende 90% de su trabajo laboral, y esa venta constituye 90% de sus ingresos? La nómina del personal --directivo u operativo- que trabaja en mi empresa, ¿debe ser considerada como una mera factura de compra, una simple salida de gastos? Si el pago a mi personal lo considero como gasto, habrá de ser, como todo gasto, minimizado. Pero, en contrapartida, el trabajador podrá considerar el capital como un crédito cuyos costos habrían de ser también minimizados, como todo costo. Habremos entrado unos y otros en el juego de perder-perder, que es la entropía en la que se cae cuando la ganancia de unos constituye la pérdida de los otros.

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Estas cuestiones fueron planteadas hace 100 años, aunque nunca se resolvieron. Hace precisamente un siglo, León XIII, en su encíclica -Rerum Novarum, sugirió (hoy podemos decir "proféticamente") que los contratos de trabajo se suavizasen supliéndolos al menos en parte por contratos de sociedad. El trabajador no debería ser un asalariado por contrato, sino un socio. La propuesta se hizo sobre todo pensando en la persona del trabajador. Los empresarios fuimos ciegos al no percatarnos de que esta sugerencia sería potenciadora de la organización, porque unir fuerzas, empujar en un mismo sentido --esto es, trabajar en colaboración- es, en orden a la eficacia, superior a la competencia que se genera en un contrato de trabajo tensamente negociado.

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Pero esto no lo pensábamos hasta que el desplome de fronteras, con el Tratado de Libre Comercio, el rugido de los "tigres" del sudeste asiático y los gritos de nuestra propia crisis interna nos despertaron.

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