La firma más codiciada

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Jesús Hernández

De los trazos de su mano depende la validez de cada uno de los $696 millones de dólares que cada día se imprimen en el Tesoro de Estados Unidos. Algo que Rosario Marín, la actual tesorera del gobierno estadounidense, nunca imaginó cuando llegó como inmigrante a ese país hace 31 años. Hoy, su risa franca y fuerte acompaña sus bromas: "Todo mundo quiere mi autógrafo, todo mundo."

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El hecho de que su firma aparezca en cada billete de la divisa de uso más extendido en el mundo o en los $6,000 a 7,000 millones de dólares que cada año se agregan al monto de $185,000 millones de dólares en bonos de deuda del gobierno del vecino país del norte es quizás el aspecto más conocido de su trabajo. Pero lo que pocos saben es el lado rudo de su labor cotidiana: la protección y salvaguarda de cada dólar o bono emitido y de cada lingote de oro y plata que se custodia en el Tesoro.

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Detrás de la sonrisa plena que distingue a esta mexicana, originaria del Distrito Federal, se esconde la firmeza de carácter que se necesita día a día para diseñar y coordinar estrategias que –conjuntamente con la Interpol, el FBI y otros servicios secretos del mundo– inhiban la falsificación de dólares en cualquier parte del planeta.

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Por si esto fuera poco, después de los ataques a las Torres Gemelas de Nueva York, Marín recibió una nueva encomienda: rastrear los fondos ilícitos que patrocinan a las organizaciones terroristas. Ella sólo comenta: "Es una responsabilidad enorme, porque con el honor de que tu firma aparezca en todos los billetes del país más poderoso del mundo viene el deber de proteger al máximo ese valor. Trabajamos arduamente en eso."

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Su cargo también le permite ir más allá. Inició un nuevo programa del departamento del Tesoro para proveer de educación financiera básica a grupos como ancianos, pobres o minorías étnicas, a quienes nadie les enseña cómo abrir una cuenta de cheques, conseguir un crédito, la forma de financiar una casa o prever financieramente su jubilación laboral.

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"Esa será mi meta para los próximos tres años y medio, si no es que en los siguientes siete, porque si el presidente George W. Bush es reelecto, lo más seguro es que yo mantenga mi posición. Así ha sido históricamente", explica.

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Cuando el 20 de diciembre de 1972 Rosario Marín y su familia abandonaron México sólo tenían en mente la "necesidad de salir de la pobreza en que nos encontrábamos". El sueldo de su padre no permitía que ella y sus dos hermanos alcanzaran más estudios que la secundaria y por ello buscó un empleo en Estados Unidos. Dos años después de conseguirlo, la empresa donde trabajaba hizo los arreglos para el traslado legal de la familia entera. En ese entonces Rosario tenía 14 años.

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Al cumplir 18, ingresó como asistente de recepcionista a un banco en Beverly Hills. Cursó la universidad por las noches y escaló posiciones en la institución. La vida de Marín cambió radicalmente cuando nació Erik, el primero de sus tres hijos, quien padece de síndrome Down: dejó su empleo, abandonó los estudios de maestría, vendió su casa y dedicó su tiempo a cuidarlo. Fue cuando se dio cuenta de que las leyes para personas discapacitadas eran poco representativas de los latinos.

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La política llamó a su puerta, pero también llegó la polémica. Luego de lanzarse en 1994 como alcaldesa de Huntington Park, California, trabajó como vocera y directora de Servicios Sociales del gobernador Pete Wilson.

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Pese a trabajar para él y militar en el Partido Republicano, Marín siempre se opuso a las propuestas 187 y 209 contra la inmigración mexicana. No obstante, en 1998, durante su campaña de reelección a la alcaldía de Huntington Park, sus contrincantes políticos y los periódicos intentaron utilizar su cercanía con el gobernador para restarle votos.

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"Él había terminado su gestión en malos términos con la comunidad latina, y la población para la que me postulaba era 99% latina y 80% demócrata. Sin embargo, la gente no se dejó llevar por los ataques, porque sabían quién soy y lo que he hecho por la comunidad. Votaron por mí porque mi integridad nunca ha sido cuestionada."

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Marín piensa que, "debido a la experiencia que tenemos las mujeres en la sociedad es que podemos humanizar la política. Tenemos una perspectiva diferente con la que podemos complementar muy bien lo que los hombres han hecho tradicionalmente."

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Sus jornadas de trabajo inician a las seis de la mañana y terminan pasada la media noche y, aún así, Marín hace lo posible por viajar de Washington, DC, a California dos o tres veces por mes para visitar a sus tres hijos y a Alex, el hombre con quien lleva casada 20 años y que hoy "hace las veces de Mr. Mom. Lo hace por el beneficio de los dos, porque él es el que se apellida Marín y 50% de mi firma le pertenece a él."

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De respuestas rápidas y ágiles, Marín no puede evitar hacer un marcado silencio cuando se le pregunta de qué lado está su simpatía cuando se habla de conflictos binacionales.

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"Lo que tenemos que hacer estadounidenses y mexicanos es reconocer la importancia de este momento histórico de buenas relaciones y exprimirle el mayor jugo posible. Los cimientos que se fundan ahora son fuertes y claros, ya no vamos a regresar a esas confrontaciones de antes. Si mi presencia tanto en Estados Unidos como en México puede afianzar esto, pues es todo un privilegio."

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