La guerra del EZLN

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Marco Levario Turcott

Desde 1994 Chiapas atestigua, con toda nitidez y dramatismo, la magnitud de la ineficiencia y el olvido del gobierno mexicano frente al reto de la pobreza extrema y la integración de los indígenas al desarrollo nacional. Aquel estado sureño, empero, también ha sido el epicentro de un diferendum político que, fundamentalmente, se ha librado a través de los medios de comunicación.

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Menos de dos semanas de enfrentamientos con el Ejército Mexicano le bastaron al EZLN para erigirse como un protagonista político que, permanentemente y gracias a una efectiva estrategia de propaganda, ha puesto en jaque al gobierno. Para precisar un ejemplo, remontémonos al 22 de mayo de 1993, poco más de siete meses antes de la arenga zapatista.

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Ese día, en una área despoblada de Ocosingo, “Patathé Viejo” se llama, hubo una escaramuza entre efectivos militares y algunos hombres armados; la reyerta fue comentada en la revista Proceso, en su edición correspondiente al 7 de junio de ese año. En la nota respectiva, se recoge una denuncia de varios indígenas de aquel municipio, quienes aseguraron que el Ejército atacó en esa zona mediante indiscriminados bombardeos; esa acusación no tuvo el eco mediático que, meses después, tendría el EZLN cuando acusó a las fuerzas armadas de perpetrar una masacre en Los Altos de Chiapas mediante el lanzamiento “inmisericorde” de bombas en la zona. Ahí comenzó a funcionar la ofensiva propagandística de Marcos que, como él mismo ha dicho, buscaba “colocar la sangre indígena en la bolsa de valores”.

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Distintos medios de comunicación, primero los electrónicos y luego los impresos, dieron como cierta aquella versión zapatista, conformando una auténtica convocatoria para quienes, en contra de la violencia, se manifestaran en repudio al Ejército Mexicano. Lo hicieron muchos de ellos al grito de “Todos somos Marcos”.

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Con ese recurso propagandístico, la atención se volcó en favor del EZLN aun y cuando días después los periodistas constataron que no se habían dado los bombardeos. Varios profesionales del oficio informativo asistieron al lugar para verificar, dado que los efectos de un bombardeo son inocultables, que eso no había ocurrido. Y no ocurrió, pero los periódicos que habían dado como cierta la especie zapatista mediante sus respectivas ocho columnas, publicaron el desmentido en páginas interiores.

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Este episodio es fundamental para constatar las insuficiencias periodísticas que se han expresado en la litis chiapaneca; es imprescindible también para constatar que la estrategia de propaganda del EZLN que, desde entonces a la fecha, sigue ganando reflectores denunciando ofensivas falsas. Y mientras, al paso de los años, los hechos y los dichos, los indígenas siguen igual o peor: en la miseria extrema.

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El autor es subdirector del semanario Etcétera.

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