La incertidumbre democrática

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Alfonso Zárate

Las elecciones del 2 de julio representan ya un parteaguas histórico. Lo que no queda claro es el sentido y la profundidad de la mutación. Dos bloques disputan el triunfo: el partido oficial, y su extensa red de aliados e intereses, y una extraña mezcla en la que cabe todo, encabezada por Vicente Fox. La pulverización del referente de centro-izquierda —PRD y grupos afines— reduce las opciones al horizonte gris de la vieja clase política o su reemplazo por los nuevos cruzados del conservadurismo envuelto en marketing.

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Las nuevas coordenadas del sistema político serán expresión puntual de las inercias, anhelos, expectativas, instintos, miedos y reclamos de la sociedad. Esto representa el elemento más novedoso y trascendente en la vida del régimen priísta: por primera vez desde 1929, el sufragio será efectivo (el IFE autónomo es una garantía), el titular del Poder Ejecutivo saldrá de las urnas (no de los arreglos palaciegos) y el Congreso representará la complejidad del país.

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La incertidumbre democrática es el dato mayor de las elecciones. No lo fue, cabalmente, en las presidenciales de 1994: no hay democracia plena sin equidad en la contienda, como reconocería Ernesto Zedillo, último beneficiario de los privilegios y las arcas del partido de Estado.

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Sería hasta los comicios de 1997 cuando el sistema político conocería la competencia en igualdad de condiciones y la pluralidad encarnada en curules, la pérdida del control priísta en la Cámara de Diputados y la multiplicación de espacios de poder. Estas elecciones fueron el preámbulo a la prueba de fuego de la transición democrática: la lucha por la Presidencia. No porque el cambio en la correlación de fuerzas en una cámara del Congreso fuera un elemento menor, sino por la centralidad incontrastable del Ejecutivo en un régimen presidencialista.

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Acotada, débil, desprestigiada, la institución presidencial sigue siendo la pieza maestra del poder político y sus vínculos con los poderes fácticos. Lo sabe el PRI, que no sobreviviría sin ese cordón umbilical. Lo entienden las oposiciones, que no logran ocultar con retórica pluralista la impronta de una cultura premoderna, vertical, caudillesca. Lo asumen franjas mayoritarias de la sociedad, que cada sexenio renuevan sus esperanzas en el poder unipersonal del prócer que conducirá el destino nacional.

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En ello radica la importancia del 2 de julio. Enfrentamos la disyuntiva de elegir entre la continuidad y la alternancia. En condiciones de legalidad, legitimidad y transparencia, cualquiera de las opciones fortalecería la institucionalidad democrática. No es poca cosa.

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